Maria Constanza Meji retweetledi

Capturaron en Estados Unidos a Beto Coral, activista y creador de contenido de la izquierda colombiana, y su pareja denuncia que habría sido sometido a tratos que podrían constituir tortura.
Tumbaron el canal de María Jimena Duzán, una de las periodistas más reconocidas de Colombia, después de publicar una columna sobre el candidato de ultraderecha Abelardo de la Espriella.
Un abogado de este candidato anunció que la revista Cambio había quedado «perfilada» tras revelar que la campaña abelardista registró pagos por 1.299 millones de pesos a una empresa fantasma.
El propio De la Espriella perfiló públicamente al periodista Daniel Coronell, lo llamó «difamador empedernido» y dejó claro, con su publicación, que sigue y vigila su trabajo.
Y ayer, mientras los comediantes y creadores del programa Por la ventana entrevistaban en directo al candidato presidencial de la izquierda Iván Cepeda, alguien intervino la transmisión, borró el vídeo e intentó tumbar una cuenta que tiene cerca de un millón de seguidores.
Todo esto ocurre dentro de un clima de hostigamiento creciente contra voces de izquierda, periodistas críticos y creadores de contenido que incomodan al poder. Pero señoras, señores, esto no es novedad.
El candidato Abelardo de la Espriella lo dijo claro:
«Sepan ustedes, señores de la izquierda, que en mí tendrán siempre un enemigo acérrimo, que hará todo lo que esté a su alcance para destriparlos como corresponde [...]. A esa plaga hay que erradicarla».
Los grandes medios y el periodismo que determina la conversación pública desde las mesas de radio mañanera fueron —y siguen siendo— escandalosamente laxos frente a estas declaraciones. Las trataron como una bravuconada electoral y cada vez que el candidato emite una nueva amenaza o advertencia, la tratan como una frase pintoresca o un un exceso retórico sin más.
El candidato presidencial ultra promete «destripar», «erradicar», y nos regresa al lenguaje del exterminio de un sector político. Desde ya, esta convirtiendo al adversario en una plaga, lo deshumaniza y está legitimando su eliminación.
Y la amenaza no está escondida. Está a la vista de todas las personas que hacemos parte de la esfera de la comunicación: periodistas, comunicadores, activistas, creadores de contenido y voces políticas. Aun así, demasiadas personas han decidido dejarla pasar.
Esto no resulta extraño. Hay personas que saben que la libertad de prensa y la libertad de expresión nunca se cercenan por igual. Los proyectos autoritarios persiguen a los medios y a las personas críticas mientras protegen, premian y amplifican a quienes les son funcionales.
Esa gente —ustedes ya la han visto tuitear— aplaudirá o justificará la persecución, el acoso, el encarcelamiento y el silenciamiento de un periodista, un youtuber, un opositor o un ciudadano cualquiera por el simple hecho de pensar diferente. Incluso encontrará la manera de justificar que alguien haya prometido «destriparlos».
No me dirijo a ellos.
Me dirijo a quienes están dejando pasar el hostigamiento emprendido por Abelardo de la Espriella contra la izquierda y contra el periodismo que le resulta incómodo. A quienes, en el fondo, saben que todo esto está mal, pero están eligiendo mirar hacia otro lado.
Me dirijo también a quienes hacen campaña por el voto en blanco mientras se acumulan las señales de una nueva persecución contra la izquierda colombiana y de una amenaza directa contra la libertad de prensa, la libertad de expresión y el derecho mismo a ejercer el control ciudadano o la oposición política.
A ustedes solo quiero recordarles las palabras que escribió George Steiner en su célebre ensayo Lenguaje y silencio:
«Nos hacemos cómplices de todo aquello que nos deja indiferentes».
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