Miguel Echavarría Vásquez

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@Migueevam

Dependiente de la imaginación, amante de los buenos personajes y las buenas historias. Cuando no lee saca a su perro Perseo a caminar o a jugar.

Envigado, Colombia Katılım Ekim 2016
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Miguel Echavarría Vásquez
De repente vuelvo a flotar por la ciudad, a sumergirme en los túneles, a ver la ciudad por una vitrina, a sentirme libre. De un momento a otro me doy cuenta que siempre estaré explorando, explorando mi memoria; pero que cuando vuelvo a cruzar tendré un mapa y una bienvenida.
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El país que ya no se estremece Por: @ramondelosrios ¿En Colombia ya no sentimos? Esa pregunta me quedó rebotando en la cabeza durante todo el fin de semana, después de asistir a la Feria del Libro de Bogotá. Escuché a Gilmer Mesa hablar de su nuevo libro, Los espantos de mamá, y, al referirse a él, lo describió como una puerta sin regreso para dejar de ser indolentes. Según él, uno de los grandes males de este país es precisamente ese: la incapacidad de sentir el dolor ajeno, de conmovernos ante el sufrimiento que han dejado décadas de violencia en esta patria. Lo que menos esperaba era que esa pregunta se hiciera tan vigente apenas unas horas después. Al llegar a mi casa, entré a X para actualizarme sobre las noticias del día, revisar las reacciones de los políticos en campaña y leer a algunos líderes de opinión. Lo que encontré fue lo de siempre: cada quien atrincherado en su mundo, cubierto por sus propios sesgos y con muy poca disposición para abrirle espacio al dolor ajeno. Al menos 20 colombianos fueron asesinados y decenas resultaron heridos por un artefacto explosivo en la vía Panamericana, cerca de Cajibío, Cauca. Esto, además, en medio de múltiples acciones terroristas que, durante apenas 72 horas, golpearon al suroccidente del país. Miedo, desazón, desesperanza e incertidumbre son, quizá, las palabras que podrían expresar lo que siente el país, pero, sobre todo, lo que sienten quienes habitan el sur de Colombia. Sin embargo, como expresión de esa indolencia que cubre a nuestra patria, aparecieron las reacciones de quienes nos representan. Desde una orilla, se insinuó que “las guerrillas son funcionales a la derecha” y que frente a “la campaña de bombas de la derecha” había que responder con esperanza. Desde la otra, la tragedia fue reducida a munición electoral contra el Gobierno: “la paz total de Iván Cepeda y Petro sigue avanzando”, escribió un representante electo; “el resultado de la paz cocal de Petro y Cepeda”, publicó una senadora. Y, para completar el cuadro, apareció un trino del presidente de la República, con no más de un día de diferencia frente a la masacre, en el que escribió: “He celebrado mi cumpleaños el 19 de abril, que coincide con el aniversario del M-19, con mis amigos…”. Ahí es donde uno se da cuenta de que Gilmer Mesa tenía razón. La indolencia no es una idea lejana ni una frase bonita de feria del libro. Es algo que se ve en la forma en que reaccionamos ante la tragedia, en la rapidez con la que convertimos el dolor en argumento político y en la facilidad con la que los muertos dejan de ser personas para convertirse en noticias, cifras y argumentos. La indolencia que permea a nuestro país nos lleva a instrumentalizar muertos antes que a llorarlos, a sacar provecho de las lágrimas ajenas y a olvidarnos de lo que significa el dolor. Nos ha hecho creer que es normal lo que la guerra nos escupe. Nos ha hecho aceptar ruidos indolentes antes que silencios respetuosos. Cuando el dolor se respeta, a veces el mejor camino es el silencio.
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¿Paloma o Abelardo? Por: @danysernam Esta semana vi un post en Instagram que me dejó impresionada. El post decía así: “¿Abelardo o Paloma? La decisión es sencilla: el que esté mejor en la última encuesta tendrá mi voto. No tengo mucho más que pensar, ninguno de ustedes tampoco”. No es solo esa frase. Es la idea de que basta con mirar un número para decidir quién debe dirigir el país. Delegar el voto en una encuesta hecha sobre una muestra del 0,013% del electorado (alrededor de 2.741 personas frente a más de 21 millones que votaron en el 2022). La responsabilidad de elegir es más grande que eso. Define el rumbo del país y el futuro de millones de personas. Para la mala suerte del autor, el domingo salió la última encuesta de Invamer. @IvanCepedaCast aparece con alrededor del 44% de intención de voto, mientras Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia están prácticamente empatados, con diferencias dentro del margen de error. Y con ese empate, no hay forma de tomar la decisión a la ligera. Ahora toca comparar. Y para eso, vale la pena revisar algunos puntos clave. El primer punto es el aporte concreto al país. @PalomaValenciaL lleva más de diez años en el Congreso. Ha impulsado subsidios al gas para hogares de bajos ingresos, medidas para facilitar crédito en el campo, esquemas como el bono escolar para la educación y reformas para reducir trámites a las empresas con el fin de fomentar la formalización y el empleo. También ha propuesto regular el uso de sustancias peligrosas en la agricultura por sus efectos en la salud y el ambiente. En seguridad y justicia ha defendido endurecer penas para delitos graves, cambios en la estructura judicial y ha cuestionado aspectos de la implementación de los acuerdos de paz, sobre todo en materia de sanciones. @ABDELAESPRIELLA viene de otro camino. Ha sido la defensa de clientes frente al Estado, en procesos de alto impacto donde lo que está en juego son sanciones, responsabilidades legales y, muchas veces, recursos públicos. Ha representado a personas vinculadas a casos de corrupción, testaferrato, estafa, contrabando y otros delitos económicos, altamente controvertidos. Su rol, en esos escenarios, ha sido cuestionar a las instituciones, desvirtuar decisiones de las autoridades y proteger los intereses de sus clientes. Ese es su oficio. Es legítimo y hace parte del sistema. Pero no es lo mismo operar desde la defensa de intereses particulares que asumir la responsabilidad de dirigir el Estado. Más aún cuando él mismo ha planteado públicamente que la ética no es un eje central en el ejercicio del derecho penal. Luego están los cuestionamientos. A Paloma Valencia la critican por sus posturas, sus votos y su cercanía al uribismo. En el caso de Abelardo de la Espriella, los reparos tienen que ver con los casos que ha asumido y los entornos en los que ha ejercido. En el proceso de David Murcia Guzmán hay testimonios e interceptaciones sobre pagos por cerca de 760 millones de pesos para influir en el Congreso, que su defensa ha sostenido que correspondían a honorarios. Además, su propio cliente lo acusó de haber recibido cerca de 5.000 millones de pesos que, según él, no fueron devueltos. Otro punto es la recolección de firmas para su candidatura: de más de cinco millones presentadas, solo cerca del 38% fueron válidas según la revisión de la Registraduría. Eso también deja preguntas sobre el proceso. También vale la pena comparar su relación con la democracia y su disposición a debatir. Paloma Valencia lleva años defendiendo sus ideas en el Congreso: debatiendo, votando, negociando y perdiendo también. Abelardo de la Espriella ha tenido una presencia más mediática y, hasta ahora, no ha aceptado debates directos con otros candidatos. No ha puesto sus propuestas a prueba en escenarios donde no controla las condiciones. Por último, y no es un tema menor, está la viabilidad. En una eventual segunda vuelta contra Iván Cepeda, la diferencia no es la misma: frente a Abelardo de la Espriella la brecha es de cerca de 12 puntos, mientras que frente a Paloma Valencia se reduce a alrededor de 4,6. Esa diferencia no es menor: en un caso hay una contienda abierta; en el otro, una distancia difícil de remontar. Después de ver esto, ¿a quién le confiarías algo que de verdad te importa? Algo tuyo. ¿A quién le firmarías un contrato sin sentir la necesidad de revisarlo diez veces? ¿Con quién harías un negocio? ¿Quién te da la tranquilidad de que va a estar bien rodeado? ¿Quién te da la sensación de que jugaría limpio incluso cuando podría no hacerlo? ¿Quién ha demostrado respeto por las reglas no solo cuando le convienen, sino cuando le cuestan? ¿Quién ha estado dispuesto a dar la cara, a debatir y a sostener sus ideas frente a otros, sin descalificar ni evadir? Porque la confianza no se construye con lo que alguien promete hacer, sino con lo que ya ha hecho cuando ha tenido poder o cuando ha estado cerca de él. El voto no es una simple apuesta por el que va primero en la encuesta. Es una decisión sobre confianza, responsabilidad y ética. Y esa decisión —si es realmente una decisión— no se puede tomar con un pantallazo a un gráfico.
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Solo algunos libros por Medellín Por: @CamilaAvril Por supuesto que los libros son peligrosos. Ni más faltaba. Una vez, leyendo 84, Charing Cross Road de Helene Hanff, un libro en el que la autora se envía cartas con su librero, lloré desde las diez de la noche hasta las tres de la mañana. Estaba en una tusa tremenda y ese libro me abrazaba. Me lo había recomendado ese mismo día el librero del man por el que lloraba, y lo había comprado con el man por el que lloraba. Otra vez, cuando era niña, descubrí en la biblioteca de la casa, en la que, en el último estante estaban los libros izquierdosos del papá asesinado —como El capital de Marx—, Poemáquinas, una antología de iniciación a la poesía que compiló Darío Jaramillo Agudelo. Desde entonces, nunca se me han ido las ganas de escribir. Supongo que la vida sería más fácil queriendo ser otra cosa. Ahí conocí a Nicanor Parra, ese que escribió, por ejemplo : Y antes que se me olvide/ al propio dios hay que cambiarle nombre/ que cada cual lo llame como quiera:/ ese es un problema personal. Mi mamá me confiscó a Alejandra Pizarnik a los dieciséis porque yo llevaba ese libro morado a todas partes y escribía poemas tristes y repetía que se había suicidado el mismo día de mi cumpleaños, el 25 de septiembre, pero catorce años antes. Le dio miedo que me asomara tanto al vacío. Desde que descubrí que una vez unas monjas en Medellín censuraron el final —o quizá todo el libro, es que ya no me acuerdo de la historia completa— de El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez, por allá en los años 80, es mi libro favorito. No entiendo por qué les parecía tan terrible la palabra mierda. Nunca terminé leyendo El capital de Marx, sin embargo. No pasé de la primera página, pese a tenerlo tan a la mano, mirándome. Nunca he querido ser una líder social ni sacrificarme por nadie. Porque los libros son peligrosos, pero no por las razones de los censuradores. Tenía un amigo, muy lector, que leía de todo, y sin embargo nunca cambió sus ideas derechosas sobre el mundo. Tremenda lección: los libros no nos cambian de las maneras que pensamos. Los libros nos amplían el mundo, pero nos dejan escoger. Al final todo se reduce a lo mismo: el problema somos los humanos y lo que hacemos con los libros —o con la tecnología, y etcétera. Y ahí es cuando leer un libro —o no leerlo— no nos pone de un lado u otro de la historia. En Colombia tenemos que hablar de lo que pasó: el M-19 es parte de la historia del país, en la violencia y en la política. No hay que ser negacionistas: hay que discutir y entender y conversar de lo que no nos gusta. Porque el silencio es lo que hemos impuesto para enfrentar, incluso, las consecuencias de la guerra. En este país negamos hasta a las víctimas. Censurar un libro —como lo intentó hacer el alcalde @FicoGutierrez esta semana con un evento de presentación de un libro sobre el M-19— es debilidad, incapacidad de batallar con las ideas diferentes, de argumentar.  Prohibir lo que nos incomoda no puede ser la manera de gobernar: eso no es democracia. Es lo que pasa en las dictaduras: controlarlo todo. Nunca es un acto de poder, pero sí contra las libertades de expresión y pensamiento y a favor de la ignorancia. Eso es lo importante: cultivar la ignorancia para que sea más fácil ser poderosos. Pero que no se nos olvide que en una misma ciudad —y en un mismo país y en un mismo mundo— los ciudadanos pensamos distinto, y hay que convivir con ello. Lo más difícil es aprender a vivir en la diferencia. Que está bien pensar distinto. Ojalá leyéramos más, para aprender a argumentar mejor. Ojalá nuestros gobernantes leyeran más, para que gobernaran mejor —solo por empezar. Medellín ha sido ejemplo en su relación con los libros y la lectura, en un trabajo conjunto de muchas personas e instituciones. De sus ciudadanos. Y esa es la defensa que debe unirnos: respetar la libertad de leer. De elegir nuestros propios peligros lectores. Porque no, Medellín no puede ser la capital mundial de solo algunos libros.
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Federico el Censurador Por: @mariod2118 «¡Este evento se cancela!», trinó el mandatario enardecido, anteponiendo su sesgo, sus prejuicios. Se acata, pero no se cumple. Igual habló el escritor, escuchó el auditorio. Afuera, la policía rondó a la espera de capturar a los culpables de cometer el delito de no pensar igual que el alcalde, Federico el Censurador. Dijo más el mandatario. «En Medellín nunca tendrá espacio la apología al terrorismo», porque enceguecido por sus propios odios, prejuzgó la portada sin conocer el libro. Y agregó: «Nuestra ciudad respeta la memoria de las víctimas, no la propaganda de quienes empuñaron las armas» y el chiste se cuenta casi solo al mirar la mercadería del narco convertido en estrella pop que inunda la venta de recuerdos que compran los extranjeros para rememorar su paso por esta tierra. Pero obviemos la ironía, quedémonos en el ejercicio torpe y tonto del poder: el intento de @FicoGutierrez, alcalde de Medellín, de censurar la presentación del libro El M19. De la guerra a la política, del investigador Jaime Rafael Nieto López. Se paseó al otro día por varios medios de comunicación donde lo trataron con candor, lo dejaron hablar, repetir sus argumentos falaces: quieren reescribir la historia, clamó aquí y allá. No, alcalde, los libros como ese del profesor Nieto López sirven para entenderla. Reescribir la historia se parece más a sus actitudes negacionistas: mandar a tapar murales que cuentan una parte del relato que usted prefiere desconocer, primero. E intentar que no se escuche la voz de quienes se han detenido a estudiar a uno de los protagonistas de nuestras violencias y de su camino hacia la legalidad, después. Diría que los libros no necesitan defensa. Están ahí, circulan, incluso los prohibidos han encontrado forma de moverse de mano en mano, de llegar a más personas. La suerte del texto académico en cuestión cambió y se leerá más, sin duda, gracias a la intervención del alcalde Gutiérrez, que le gusta escoger bando. «Yo sí sé de qué lado de la historia estoy», escribió y repitió ante los micrófonos. Allá el alcalde Gutiérrez y su propio Índice Expurgatorio, que le sirve como piezas de vaqueta para no ver más allá de lo que le permite su ideología. Pobre de él. Tal vez necesitemos defender con más ahínco que a los libros, a las libertades. Porque detrás del vergonzoso intento de censura del personaje con poder, lo que se esconde es una idea del mundo, del deber ser de las cosas, donde solo tendrán espacio aquellos y aquello que sientan algunos que es lo correcto, que relaten y retraten lo que consideran su lado de la historia. Que no se pase por alto que el alcalde Gutiérrez le cerró (y fue secundado por los funcionarios a cargo del espacio) la @BPPiloto —un lugar para la «participación de la palabra viva, el diálogo intercultural y la pluralidad de puntos de vista», como lo señaló la Biblioteca Nacional de Colombia y la Red Nacional de Bibliotecas Públicas al rechazar la intentona de censura— a un grupo de ciudadanos reunidos en un evento cultural, académico y sí, político, que no es lo mismo que proselitista, como confunde a sabiendas el alcalde. Y si no es capaz de distinguirlo, peor aún. Lo que hizo Federico Gutiérrez desde su poder como alcalde de la ciudad —de la capital mundial del libro, reconocimiento de la Unesco que él tanto celebró— fue estigmatizante y deslegitimador del debate académico, como se lo recordó la @FLIP_org. «Su deber como funcionario es garantizar el ejercicio pleno de la libertad de expresión y promover un entorno libre y seguro para el debate público con el fin de fortalecer la democracia», agregó la Flip. Y vale la pena resaltar eso de democracia, porque es una palabra que Gutiérrez utiliza con frecuencia, aunque en el fondo parece no entenderla del todo bien. Puede ser que al mandatario lo distraen los aplausos de sus aúlicos. O quizá la comodidad con que lo tratan en los medios de comunicación. Será acaso que se siente elevado como bastión opositor y por eso reacciona fácil ante el color de una bandera —como un toro provocado por el movimiento del capote— y se le olvida pasar sus acciones por la razón. Y embiste, entonces, sin pensar. Que no se le olvide que usted es alcalde, no rey que decide lo que se lee y lo que se dice en su feudo.
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Usted no puede decir que su prioridad son las víctimas y apoyar a De la Espriella a la presidencia. El cuento del alcalde para sustentar su censura es insostenible y en extremo manipulador. En eso se parece a sectores de la izquierda que solo defienden a ciertas víctimas.
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Un diagnóstico como acto político Por: @Migueevam Cuando tenía trece, en una cita con mi psicóloga de ese momento dibujó una línea recta y como a la mitad de esa línea escribió una palabra que era nueva y rara para mí. Una palabra extranjera, dura, que marcó mi vida para siempre, más de lo que era consciente: «Asperger». En ese momento decía que era excéntrico, me gustaba quedarme solo un rato jugando con un palito en la tierra, buscaba a los adultos para hablar y leyendo; tarareaba, movía las manos cuando me exaltaba, memorizaba datos de libros, reyes, animales y pintores y no tenía filtro con la mitad de lo que decía, por lo que sufría mucho por ser imprudente. Muchas veces me enredaba con cosas que la gente me decía, como si me desconectara del sentido de las cosas, y cuando trataba de hacer chistes o comentarios simplemente perdía el hilo de la conversación, del contexto de las cosas (todavía me pasa). El Asperger fue una marca en mi vida, en ese momento era algo que tomé con fuerza y cariño porque me confirmaba que era especial, y, sin embargo, es una condición llena de retos, y que todavía me confronta con mis límites y mis habilidades. Desde hace un tiempo el Asperger es un trastorno que tomó notoriedad con figuras de la cultura pop como Sheldon Cooper, o celebridades como Greta Thunberg o Tim Burton, conocidos por su genialidad, inteligencia y talento; pero existe mucha desinformación sobre el trastorno del espectro autista (TEA) que al final margina y estigmatiza a quienes hacemos parte de él. El diagnóstico que me dieron cuando tenía trece se derrumbó hace unos años, y de los escombros todo se redujo a uno solo que abarca todo: el autismo. Así como se han tumbado monumentos en el mundo por ser estatuas que representaban a tiranos o genocidas (un ejemplo claro es el de la comunidad Misak tumbando la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada en 2021) el síndrome de Asperger fue cuestionado por razones parecidas: En 2013 el diagnóstico del síndrome de Asperger fue rebatido porque no había diferencias claras entre el asperger y el autismo, así como por una reivindicación histórica y política: Hans Asperger era un nazi que clasificó a niños autistas y separó a los que consideraba más “útiles” para el sistema de los demás, por lo que desde el activismo han pedido activamente que se deje de hacerle un homenaje a un hombre al que nunca le importaron esos niños a los que estaba tratando, sino que los descartaban apenas dejaban de ser útiles. Otra razón que ponen es que el Asperger parecía ser una especie de “autismo light” y parecía poner al Asperger como un síndrome más “normal y funcional”, mientras que ser autista, así solito, parecía una condena a un ser aislado de la sociedad. Así, de una manera fuerte y contundente algo esquemático y cuantificable pasa a ser político, pues el cambio de la evaluación psicológica ha traído varios debates en las neurociencias. A pesar de que la distinción de los trastornos era muy compleja por sus síntomas casi idénticos y hasta contradictorios, hay especialistas que cuestionan los actuales métodos de evaluación y creen que posiblemente hay un sobrediagnóstico de autismo, pues las cifras de personas autistas han aumentado de manera drástica. Es irónico que en medio de un mundo tan polarizado e indiferente ante el dolor humano busquemos separarnos de personajes históricos que hicieron tanto daño. Actos como un simple cambio de nombre eliminan una barrera de tratamiento y amplían el panorama, pero ¿Podemos decir que el mundo nos da cabida a la gente neurodivergente, de verdad podríamos creer que hay avances en esos intentos por ser una sociedad más justa y empática? Llevo preguntándomelo muchos días, recordando momentos de mi vida, pensando en cuales han sido algunos de mis mayores retos que, con mi condición, puede que tuvieran un nivel extra de dificultad. Relacionarme con muchos de mis compañeros, a lo largo de mi vida, ha sido un reto, así como amarrarme los cordones, montar en bicicleta, manejar o tener una pareja. Cosas como la convivencia en mis grupos han sido un desafío frecuente en mi vida, y la sensación de que puedo llegar a incomodar a la gente es algo frustrante, algo que me da cierta ansiedad o inseguridad. Aunque lleve varios años de terapia, en los que he podido procesar y entender mejor varias situaciones cotidianas en las que practicaba cómo conversar con personas de mi edad, trataba de pensar cómo poner límites a situaciones que me molestaban a veces pienso que el ser autista a veces pienso ya no me va a afectar, que ya tengo muchas herramientas psicológicas para manejar cualquier desborde, para relacionarme mejor con las personas, pero siempre hay un nivel nuevo de dificultad. Es verdad que la vida es así, pero que el reto sea constante puede llegar a ser duro, y en muchos momentos de mi vida, en los que he tenido problemas y situaciones entra en juego la duda: ¿Será que yo lo busqué? ¿Por no parar ni decir mejor las cosas es que tuve tal y tal y tal problema? Es difícil, porque muchas veces es tratar de entender un panorama borroso, porque hay situaciones que no entiendo. No sé si sea mi lugar preguntármelo, pero ¿qué tanto pensamos en inclusión, realmente nos importa entender y apoyar a estas personas, o simplemente respetamos las diferencias hasta el punto en el que nos llegamos a sentir incómodos cuando esos otros ponen a prueba la visión de normalidad que tenemos? ¿En la educación, en la familia, en los trabajos, realmente hay un esfuerzo como sociedad en romper barreras invisibles que hacen que la convivencia y el desarrollo de las personas neurodivergentes sea tan complejos? Después de muchos años en los que ha habido cosas buenas y cosas duras de saber de mi diagnóstico puedo decir varias cosas: Yo sigo diciendo que tengo Asperger, por costumbre, por hábito…porque es el síndrome que me diagnosticaron y que llegué a querer y aceptar como parte de mí.  Esta condición no es algo en lo que nunca me ha gustado que se me encasille. De hecho, contarle a la gente que lo tengo por lo general es un gesto de confianza, y por primera vez hablo de ella de esta forma. Hace poquito fue el día de la concientización del autismo y todos estos cuestionamientos me hicieron tener la determinación para hablar de esto. Aunque el Asperger es una condición que me ha retado muchas veces también es algo a lo que le agradezco, porque ha sido una motivación para ser fiel conmigo mismo y no pretender ser una persona que no soy.  Así como ha sido difícil relacionarme he podido encontrar gente sincera que me valora y me quiere, y que mi forma de ser, mis rasgos, mi Asperger me ha dado perseverancia para esforzarme en buscar mostrar mi mirada del mundo, de lo que puede ser el mundo.
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#CulturaEAFIT | ⏳En 2026 el mundo conmemora 270 años del nacimiento de Wolfgang Amadeus Mozart 🎶, y nosotros lo celebramos como merece: con una de sus obras más personales, imponentes y enigmáticas. 🎶❤️‍🔥 📜El Réquiem de Mozart llega al @tmetropolitano junto a la @SinfonicaEAFIT e #Iberacademy, acompañadas de los coros 🎙️ Iuventus de la Fundación Sirenaica, el @epolifonico, Voces Oscuras de Medellín y estudiantes del pregrado en Música-Canto de nuestra Escuela de @ArtesHumEAFIT. 🪄Director artístico: Alejandro Posada. ¡No te pierdas esta excepcional obra del repertorio sinfónico-coral! 🎶🎼 📆 Miércoles 25 de marzo ⏰ 7:00 p.m. 📍Teatro Metropolitano. 🎟️ Boletas disponibles en @Tuboletaoficial y en la taquilla del Teatro 🔗tuboleta.com/es/eventos/req…
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El problema no son ellas. No solamente Por: @MariantoniaRG Hace unos días, una influencer fue expulsada de un reality por sus comentarios racistas. Esta semana, otra influencer, sin sonrojarse, proclamó en sus redes que las mujeres le debemos “sumisión” al hombre, así como —según su interpretación— los hombres le deben sumisión a Jesús. Otra vez la indignación, la tendencia, el linchamiento digital, las disculpas tibias. Otra vez el espectáculo. Estoy de acuerdo con lo que ya se ha dicho: que monetizan el escándalo, que juegan con discursos de odio para mantenerse vigentes, que disfrazan el racismo y el machismo con palabras suaves, con supuestas convicciones religiosas, con una narrativa de “libertad de opinión”. Y, cuando las enfrentan, no reflexionan: se justifican. No escuchan: se victimizan. No rectifican: reformulan el mismo prejuicio con un envoltorio más elegante. Pero el problema no son ellas. No solamente… El problema es el ecosistema que las produce, las amplifica y las premia. El problema es la audiencia que convierte la ignorancia en tendencia y la violencia simbólica en contenido consumible. El problema es la ausencia de criterio al decidir a quién seguimos, a quién compartimos, a quién le damos autoridad moral para opinar sobre la vida, la dignidad y los derechos de otros. ¿Cuándo empezamos a creer que la fama es equivalente a la lucidez? Que alguien tenga millones de seguidores no significa que tenga millones de ideas valiosas. Que alguien facture cifras obscenas no convierte sus prejuicios en argumentos. Sin embargo, seguimos otorgando legitimidad como si el algoritmo fuera una instancia ética. Tal vez el asunto no sea el argumento. Tal vez, en medio de tanta frivolidad, lo que se consume no es la idea, sino el personaje. Son el clasismo disfrazado de “estándares”; el racismo maquillado de “sinceridad”; el machismo reciclado en “valores tradicionales”. Hay un aspiracionalismo que seduce: la fantasía de pertenecer al mundo de quien tiene fama, dinero y reflectores. Y en ese deseo de cercanía simbólica, muchos terminan defendiendo lo indefendible. Porque no se trata solo de influencers diciendo barbaridades. Se trata de miles de personas comentando “por fin alguien lo dice”, compartiendo, riendo, validando. Personas que consumen esos discursos como si fueran brújulas. Se trata de una cultura digital que convierte la provocación en estrategia y la polémica en modelo de negocio. Las dos protagonistas de estas semanas pasarán. Serán reemplazadas por otros, con nuevas frases escandalosas y nuevas disculpas ensayadas. El ciclo continuará mientras sigamos confundiendo influencia con autoridad y popularidad con verdad. Por ejemplo, para el final de esta semana ya tenemos una serie de influencers que están monetizando sus redes de cuenta de la tragedia en el departamento de Córdoba: no es solidaridad, es la más ruin transacción por visibilidad y dinero. Tal vez la pregunta incómoda no es qué tan ignorantes son ellas, sino qué tan cómodos estamos nosotros con esa ignorancia. Qué tan dispuestos estamos a cuestionar a quienes seguimos. Qué tan exigentes somos con los discursos que amplificamos. Porque seguir a alguien es un acto político, aunque lo disfracemos de entretenimiento. Cada clic es un voto. Cada reproducción, una validación. Y mientras el aplauso siga siendo más rentable que la reflexión, siempre habrá quien esté dispuesto a vender prejuicios envueltos en filtros y frases motivacionales.
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El mundo que nos tocó Por: @juanabotero Niños mutilados en guerras justificadas por políticos; fuerzas estadounidenses asesinando y hostigando civiles en la calle; dictadores latinoamericanos provocando migraciones masivas, separando familias y obligándolas a perder la dignidad como migrantes rechazados en los lugares a los que huyen. El mundo que nos tocó es horroroso. Y aunque la idea de que “los buenos somos más” nos permite respirar un poco, la verdad es otra: frente al poder y las armas no cuentan las mayorías, cuenta la fuerza. Y cuando esa fuerza bruta e injusta es legitimada democráticamente, la esperanza de ser muchos no nos pone a salvo: nos deja en desventaja. Le tenemos miedo a la fuerza pública. No les creemos a los políticos. Apenas nos queda algo de fe en los jueces y en el Congreso. Y a los líderes que prometían salvación con discursos valientes, los vemos después arrodillados ante el imperio, como ha ocurrido con María Corina Machado. El mundo que nos tocó es difícil de explicarle a alguien que recién aterriza en él. ¿Cómo explicar este bucle de crueldad y despotismo? ¿Cómo decir que avanzamos si las noticias están llenas de retrocesos? ¿A quién creemos engañar cuando defendemos, con cifras y gráficas económicas, a gobernantes autoritarios, asesinos, guerrilleros, narcisos y abusadores? Me avergüenza el planeta en el que vivimos. Me duele decir que habitamos un mundo donde salir a la calle es un riesgo y donde, por ser negro, homosexual, latino o mujer, se puede perder la vida en cualquier momento. No es una exageración. Ninguna de las personas que murió bajo el arma de una “fuerza legítima” creyó que eso le pasaría. Hoy ya no pueden contar su historia. Para seguir viviendo, muchos hacemos como ese padre de La vida es bella: inventamos un relato, contamos un cuento infantil que nos permita ponernos lentes de fantasía. Pero la vida no es solo como nos la contamos: también es lo que es. Y por más ficciones que construyamos, es imposible acallar el ruido de las armas que no dejan de disparar contra inocentes. Se nos están agotando los relatos y las narrativas positivas. Parecemos dementes haciendo como si nada pasara: riéndonos segundos después de ver videos de violaciones, asesinatos y bombas, como si fueran escenas de una película. Me preocupa tanto la violencia abierta —exhibida y viralizada ante nuestros ojos— como la indiferencia y el silencio de esa mayoría. Tal vez sea un mecanismo de defensa frente a este mundo que nos tocó, pero ya se parece más a una enfermedad: una demencia colectiva que termina siendo permisiva y cómplice. Una sociedad que no quiere sentir tristeza, frustración ni indignación; que huye de las emociones “de baja vibración” y compra una falsa paz retirándose de la realidad. No sé exactamente qué deberíamos hacer. Pero, al menos, antes de un evento público, una reunión o un encuentro laboral, deberíamos lamentar lo ocurrido la noche anterior, la semana pasada, el mes pasado. Hacer como si nada estuviera pasando nos está convirtiendo en negacionistas patológicos: personas que acomodan la realidad a su antojo, que niegan la evidencia, que reescriben los hechos para sentirse cómodas. La gente es inmadura y, como los niños, prefiere no ver. Porque ver implica hacerse cargo. Y hacerse cargo implica cambiar. Eso es cosa de adultos conscientes. Pero en este mundo que nos tocó —obsesionado con la eterna juventud— cada vez hay menos adultos. El mundo que nos tocó está patas arriba. Se cayeron las ficciones que sostenían una tensa calma y ahora cualquiera puede ver, en tiempo real, lo que ocurre en cualquier esquina del planeta. No sé cómo vamos a recuperarnos de los traumas constantes a los que estas generaciones han sido sometidas: del miedo a una tercera guerra mundial, del pánico que sentimos al pasar por un aeropuerto, de las imágenes de niños en Gaza asesinados brutalmente. ¿Cómo se recupera la humanidad del terror del que está siendo testigo?
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De la Espriella 'Style’ Por: @juancarbolivar Colombia atraviesa un nivel de degradación política tan profundo que hoy los dos personajes que puntean en las encuestas no representan proyectos de país, sino expedientes. Ambos han orbitado —con mayor o menor descaro— alrededor de estructuras criminales de alcance nacional y transnacional. Uno lo ha hecho bajo el disfraz de Honorable Senador; el otro, con la máscara flexible del abogado que se mueve entre el poder, el delito y la victimización estratégica. Por ejemplo, los vínculos de Iván Cepeda con las FARC y con gobiernos autoritarios de izquierda están ampliamente documentados y merecen una discusión aparte. Pero el caso de @ABDELAESPRIELLA es distinto: no se trata de afinidades ideológicas sino de un estilo, de una forma de operar. De la Espriella ha sido abogado, aliado o defensor —según convenga— de narcotraficantes, testaferros y corruptos de alto calibre: Alex Saab, Emilio Tapia y el entramado de DMG son apenas los ejemplos más visibles de una larga trayectoria donde el poder siempre aparece del lado equivocado de la ley. Y entonces surge la pregunta inevitable, la que incomoda incluso a quienes prefieren mirar para otro lado: ¿en qué momento caímos tan bajo como país para que personajes tan descartables empezaran a parecer presidenciables? Ahí aparece el concepto que hoy se vende como marca personal: “De la Espriella Style”. Un estilo que consiste en ser tan cínico como sea posible, tan mitómano como resulte creíble y tan descarado como permita la distracción colectiva. No es improvisación: es método. El ‘abogangster’ cordobés domina como pocos el arte de ponerse la máscara adecuada para cada coyuntura, para cada audiencia, para cada negocio. Su peligro no está en lo que dice, sino en su capacidad camaleónica para decirlo todo sin creer en nada. Un personaje que hoy se presenta como salvador de la patria, mañana como mártir del “establecimiento”, pasado mañana como empresario exitoso y, cuando conviene, como cruzado moral. Nada más riesgoso que un oportunista con micrófono y complejo de redentor. Su mayor dilema son sus máscaras: saber cuál usar en cada momento del día: ¿La máscara del presunto candidato presidencial? ¿La máscara del político que censura e intimida al periodismo independiente? ¿La máscara del abogado cercano a criminales, pero ofendido cuando se le recuerda? ¿La máscara del político religioso que jamás ha pisado una iglesia sin cámaras? ¿La máscara del hombre de familia tradicional? ¿La máscara del multimillonario de vida “apacible”? ¿O mi favorita: la máscara del empresario universalmente exitoso cuyos emporios financieros acumulan más pérdidas que logros? Debe ser agotador vivir así. Cambiar de máscara exige disciplina, memoria selectiva y una audiencia dispuesta a olvidar. El “Estilo De la Espriella” nos enseña que, en esta versión degradada de la política colombiana, lo importante no es la coherencia, ni la ética, ni siquiera la legalidad: lo único que importa es saber qué máscara usar en el siguiente movimiento. Es un estilo de vida donde la cercanía con delincuentes se relativiza, donde la mentira se normaliza y donde el pasado se reescribe cada semana. Un estilo donde la indignación es teatral, la moral es utilitaria y la verdad apenas un obstáculo narrativo. El problema no es solo De la Espriella. El verdadero problema es el país que empieza a tolerar —e incluso a aplaudir— este style. Porque cuando la política se convierte en espectáculo y la criminalidad en anécdota, lo que está en juego no es una candidatura: es comprobar cuántas máscaras más está dispuesta a ponerse Colombia antes de dejar de reconocerse frente al espejo.
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Miguel Echavarría Vásquez retweetledi
Juan.
Juan.@unvalledezorros·
No sé cuántos zorros nacieron en los barrios de Medellín durante 2025, pero estos son dos de los cinco hermanos que crecieron en la Comuna 11, occidente de la ciudad. Zorro Perro, Zorro Perruno, Zorro de Patas Negras, Lobito, Perrillo. Un cánido suramericano que aún está aquí.
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Laura 🌙
Laura 🌙@mypizzaandme·
Que película has visto más de 10 veces? Responde con una frase de la película.
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No Apto
No Apto@noaptoco·
¿Un hijo para qué? Por: @catamontoya Que la natalidad en Colombia hoy sea la más baja desde que se tiene registro es, en esencia, una buena noticia. Aquí salen los grupos religiosos católicos y cristianos, y se persignan. Los números los alertan y, supone uno, se los atribuyen a la planificación familiar con pastillas, condones, inyecciones, dispositivos o cirugías, métodos que no son aceptados por la Iglesia. Y, más grave, a la práctica del aborto, que es legal en Colombia hasta la semana 24 de gestación. Ejercen el derecho al activismo a favor de la vida, y cuelgan un pendón gigantesco de techo a piso en el Capitolio nacional con la foto de una mujer embarazada que invita a las demás a seguir su ejemplo con el texto: ¡ten hijos! Salva a Colombia. Pero, si el papá del bebé en el vientre no fue el que tomó la foto del mega cartel, entonces el mensaje refuerza el patrón cultural que tiene al país envuelto en las mil violencias de las que es víctima: que los hombres preñan pero no tienen la obligación de criar; al fin y al cabo, “madre no hay sino una y padre es cualquier hp”. Flaco favor nos hacen los 54 congresistas de la bancada provida con su idea de salvación del país. Y salen los economistas también, con sus proyecciones estadísticas, de fuerza laboral y desbalance etario que amenazan el crecimiento. ¡El futuro! Reaccionan los que se miran el tamaño del bolsillo que tendrán en veinte años y deducen, con razón, que no habrá un relevo productivo suficiente para el pago de su pensión. Sin embargo, el DANE dio una buena noticia con el informe de nacimientos que se publicó el 25 de septiembre porque, al margen de los totales, muestra una reducción significativa de los embarazos adolescentes: las mujeres entre 15 y 19 años tuvieron 51,1% menos hijos en la última década. También una reducción de los nacimientos de hijos de niñas entre los 10 y los 14 años, aunque en esta franja de edad cualquier cifra es trágica. Las estadísticas muestran que la maternidad está siendo una condición (ojalá decisión) de mujeres cada vez mayores y que las tasas de fecundidad han bajado, inclusive, en regiones más marginadas y rurales. Fue en Vaupés, Sucre, Magdalena y Vichada donde más se contrajeron los nacimientos, según el DANE. Los números parecerían el resultado de una mayor conciencia y autonomía de las mujeres en relación con su propia vida y con su entorno. Y, tal vez, aunque sería mucho decir, la llegada al mundo de menos niños en condiciones precarias o de rechazo. No se puede ignorar, sin embargo, el mensaje que se esconde detrás de los números: un sentido generalizado de desesperanza ante los tiempos que corren. —Un hijo para qué, ¿para que me lo maten la guerrilla, los paras o el Ejército? —Un hijo para qué, ¿para no poderle dar comida y estudio? —Un hijo para qué, ¿para que no le toquen selvas ni aire puro? Cuando le di a mi mamá la noticia de mi segundo embarazo, ella se alegró con miedo: “Qué dicha otro nieto mija, pero lástima que le va a tocar un mundo sin agua”. Mis dos hijos crecen y serán fuerza productiva para el relevo, y aún hay agua suficiente para ellos. Pero los veo desarrollarse con alegría y miedo por el futuro que les espera. Sería bueno que todo el mundo guardara los prejuicios y las camándulas para que pudiéramos hablar en serio de lo que significa salvar a Colombia que, sin duda, no es llamar a las mujeres a embarazarse y parir.
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En Júpiter
En Júpiter@En_jupiter_·
Tendrás el peor mes si no felicitas a Fred.
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Juan.
Juan.@unvalledezorros·
Una familia suramericana. La ciudad del Zorro Perro. (Andrea Cadena tomó la foto en el centroccidente de Medellín).
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Julio Cesar Guzman
Julio Cesar Guzman@julguz·
"¿Quién es el sujeto de esa irrespetuosa admonición, conjugada en singular? “¿Ten hijos” (tú, sola), aunque no quieras o no puedas? (...) ¿cómo puede convertirse una decisión existencial, tan íntima y difícil, en publicidad política?", dice @yolandareyesv eltiempo.com/opinion/column…
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