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Pelea de hermanitos
A un mes de la primera vuelta presidencial, los hermanitos entraron en una etapa de desesperación. Papá Uribe no ha podido calmarlos, mientras su vecino del otro extremo, Iván Cepeda, está metido en la segunda vuelta.
Frente a la teatralidad que les impide combatir directamente, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia han optado por iniciar un juego de sabotaje mutuo caracterizado por ofensivas borrosas, tercerizadas y solapadas. En público se lanzan flores y se abrazan como hermanitos, sacando pecho por compartir a Uribe como padre de corazón. En privado se sacan la lengua, patalean entre ellos e incriminan al otro de ser culpable de iniciar el berrinche. Los dos quieren derrotar a Cepeda, pero sus infantiles vanidades no admiten que se haga en un triunfo ajeno. No entienden que, ganen o pierdan, seguirán compartiendo el mismo padre y viviendo bajo la misma casa.
Y al otro lado se encuentra, estático, como siempre, Cepeda. No se inmuta, no propone, no se moviliza. Permanece imperturbable mientras las dos candidaturas que lo pueden vencer se desangran entre sí. En últimas es el que se beneficia de la artimaña encubierta de sus rivales. Sin desgastarse sigue rompiendo techos en las encuestas, sabe que su campaña se la están haciendo otros.
La derecha parece olvidar que las presidenciales pueden ir más allá del 31 de mayo. En su afán por imponerse han emprendido un juego sucio en el que se están ahogando solos. Y la consecuencia de esa mirada a corto plazo es, paradójicamente, el fortalecimiento de ese vecino maluco a quien aseguran querer derrotar.

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