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El delito que nadie nombró Por: César Herrera De la Hoz En 2025, el secuestro extorsivo creció un 128% en Colombia y cerró el año con 477 víctimas, la cifra más alta registrada en la última década. Eso equivale, en promedio, a una persona y media retenida cada día del año. No me estoy refiriendo a los tiempos de los grandes carteles ni a cuando Colombia podría considerarse un Estado fallido. Estoy hablando del año pasado. Justo cuando el gobierno hablaba de paz. El secuestro que regresó no es el mismo que conocimos. La modalidad extorsiva concentra hoy el 76% de los casos, una proporción que ni siquiera en los años más duros, entre 1999 y 2003, se alcanzaba. Ya no son retenciones prolongadas con discurso político. Son operaciones cortas, económicas, muchas veces tercerizadas: un grupo contrata a otro para ejecutar el secuestro, como ocurrió con el padre de Luis Díaz y con Lyan Hortúa, un niño de doce años en Jamundí. En Bogotá, trece de los catorce casos registrados en 2025 corresponden al paseo millonario: la víctima aborda un taxi o una plataforma, y lo que sigue es una retención de horas mientras le vacían las cuentas. En Medellín, los expertos advierten que las cifras oficiales son apenas la superficie, porque las familias de las víctimas vinculadas a disputas entre organizaciones del narcotráfico rara vez denuncian. El secuestro dejó de ser cosa exclusiva de las montañas, mutó hacia las ciudades y aprendió a volverse invisible. Se volvió un crimen más fragmentado, más rápido, más difícil de rastrear. Los grupos que el gobierno invitó a dialogar no suspendieron el delito durante las negociaciones: lo reorganizaron. El secuestro extorsivo se convirtió en un mecanismo de presión sistemática contra comerciantes, transportadores, líderes sociales y ciudadanos del común, mientras las mesas seguían abiertas y el gobierno contabilizaba gestos de paz que no se traducían en ningún indicador verificable. La paz total no redujo el secuestro. Le dio tiempo de mutar. Y sin embargo, en los debates electorales de las últimas semanas, el fenómeno no se hizo presente con la claridad que merece. Hubo menciones de paso, propuestas de fondos de recompensas y promesas de mano dura. Pero hasta ahora ningún candidato ha explicado cómo se desmantela una red que aprendió a subcontratar, a operar en fragmentos, a moverse entre barrios y corredores rurales sin dejar rastro visible. Cuando el diagnóstico es parcial, la solución tiene alcance limitado. La historia muestra que una vez que el secuestro se consolida como parte de la economía criminal, erradicarlo requiere años de esfuerzo sostenido, no un operativo fotogénico ni un discurso de campaña. El próximo gobierno heredará ese mapa. La pregunta no es si lo van a mencionar en los discursos. La pregunta es si van a entender lo que las cifras dicen: que cuando el Estado negocia sin líneas rojas, el crimen no hace paz. Aprende.
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Liderazgo, política y coherencia Por: @piedadrestrepor En los recientes debates sobre las fórmulas vicepresidenciales ha sido recurrente el uso de la palabra coherencia. Esa que según la RAE expresa la actitud lógica y consecuente con los principios que se profesan. Si es o no es coherente la candidata Paloma Valencia al expresar hoy que no está de acuerdo con que parejas homosexuales adopten niños, cuando hace nueve años en un debate en el Congreso afirmaba lo contrario. Que si su fórmula vicepresidencial, Juan Daniel Oviedo es coherente cuando acepta formar esta alianza política con un partido y una candidata que profesan hoy unas ideas contrarias a lo que él como ciudadano y político ha defendido, esto es, que la adopción de niños en el país por parejas homosexuales sea posible. Los psicólogos nos cuentan que los seres humanos estamos constituidos por cosas que podemos cambiar y otras que no. Por obvias razones, el trabajo de crecimiento y avance personal se debe basar en aquello que podemos cambiar. Así, no podemos cambiar nuestra biología, nuestra historia (el pasado), pero sí podemos cambiar las creencias, paradigmas, los juicios y nuestras opiniones.  Y he aquí el quid del asunto con la coherencia. Recuerdo hace unos años una discusión con compañeros de trabajo sobre lo que significaba la coherencia. Para algunos la coherencia era sinónimo de inmutabilidad. Es decir, alguien que creía o pensaba de cierto modo era incoherente si un tiempo después no pensaba igual. En mi opinión esta visión es errada pues contradice justamente que las ideas profesadas, los juicios pueden cambiar con el tiempo. No solo en los asuntos de orden privado sino también en las discusiones políticas. La coherencia reside en que se debe actuar en consecuencia con lo que se piensa hoy, en el presente, no con lo que pensaba o creía hace cinco, diez, veinte años atrás. Porque justo el ejercicio de la política, la buena política, debe saber escuchar los argumentos de los otros, y cambiar las ideas, incluso las más radicales, si el otro me convence. Obrar de forma distinta es pura ideología recalcitrante, de la que estamos saturados en el mundo hoy en día. Dicho esto, también es claro que los políticos deben rendir cuentas a los ciudadanos/electores, sobre estos cambios en sus ideas y pensamientos. Creo necesario, por ejemplo, preguntar a la candidata Paloma Valencia porque hoy piensa distinto a hace 9 años atrás. ¿Qué la hizo cambiar de parecer? ¿Qué argumentos? ¿Qué hechos sustentan que hoy piense que las parejas homosexuales no pueden adoptar niños, porque los derechos de estos últimos deben prevalecer? ¿Cuáles de esos derechos serían vulnerados específicamente? Sobre Oviedo la pregunta no es similar, pues él no ha expresado idea distinta sobre la adopción, pero quizás algunos estén interesados en consultar si considera incoherente participar de una fórmula donde no comparte todas las ideas, incluyendo esta. Creo que el ya respondió este cuestionamiento al afirmar: “En la política debe existir el ejemplo de que es posible sumar entre distintos. Yo, en esta dupla con la derecha, represento al centro político”. De acuerdo con la psicología humanista, no existe nadie que pueda ser ciento por ciento coherente. La coherencia es más un proceso que un resultado. Ese ejercicio de autenticidad o congruencia, como lo llama Carl Rogers, consiste en buscar que lo que pienso y siento (internos), digo y hago (externos) estén cada vez más sincronizados, y que en el obrar se siga el criterio formado por uno mismo, de acuerdo con esa sincronía. Así que las visiones de todo o nada, que para este caso particular sería de es coherente o incoherente tampoco aplica aquí. Más bien hay una zona de grises o de grados que se acerca más a la naturaleza humana. Y es que en la política sí que es evidente que esto de juzgar la coherencia es más bien complejo. Pensemos en un momento en la señora Angela Merkel, ex primera ministra alemana. Una mujer admirable. En una biografía suya encontré un elemento revelador de su forma de hacer política, que podría considerarse por muchos ¡vaya paradoja! como incoherente, y es la redefinición permanente. Ella manifiesta: “No todo debe reducirse a qué tema pertenece a qué partido. Prever y reaccionar de acuerdo con la dinámica de los cambios es un reto abierto para todos”. Lo que para algunos podría ser altamente criticable para otros fue un rasgo de su gran éxito como primera ministra. Esa visión pragmática de la política la llevó a adueñarse de los temas emblemáticos de otros partidos como el social demócratas y el verde, y condujo a las bases de su colectividad conservadora hacia las posiciones de centro.[1] La mayoría queremos y buscamos líderes más coherentes que incoherentes. Esto por cuanto la coherencia nos acerca con la sensación de predictibilidad y ésta, a su vez, con la confianza. Entre más coherente sea un líder más fácil será predecir las ideas que defenderá y a las que se opondrá y las acciones que podría llevar a cabo. Pero no podemos olvidar que los líderes están para responder bajo contextos cada vez más complejos, como lo mostró Angela Merkel en Alemania. Lo más importante, en mi concepto, es que cualquiera sea la decisión que tomen esté enmarcada en el objetivo superior del interés general por encima del interés particular de un partido o movimiento político e incluya siempre la rendición de cuentas cuando la coherencia pueda estar en entredicho. [1] Figueroa y Mendoza. “Angela Merkel. La física del poder”.
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Milei no se Libra “Los políticos son chorros”. Javier Milei lo dijo tantas veces que terminó convirtiéndolo en doctrina, en eslogan y en superioridad moral. El problema es que, cuando el denunciante empieza a parecerse al denunciado, la frase deja de ser un látigo y se vuelve un espejo incómodo. “La libertad avanza”, repite el mantra. Y avanzó, sí: avanzó directo a una criptomoneda inflada desde el poder y desplomada en cuestión de horas. No fue una opinión al pasar ni un comentario inocente. Fue una señal. Y cuando quien emite la señal es el presidente, ya no estamos en el terreno de la libertad individual, sino en el de la responsabilidad pública. Milei suele decir que “el Estado no está para hacer negocios”. Salvo —parece— cuando el negocio se beneficia de su validación. Porque no se trata de si obligó o no a alguien a invertir. Ese es el argumento fácil. Se trata de algo más básico: si es legítimo que un jefe de Estado impulse activos de alto riesgo sin claridad, sin advertencias y sin asumir las consecuencias. La ironía es brutal. El outsider que prometía barrer con la “casta” hoy enfrenta el desgaste de parecerse demasiado a ella. No por sus ideas, sino por sus prácticas. Porque el problema no es el libertarianismo. Es la incoherencia. Al final, la libertad avanza… pero cuando se usa como excusa para diluir la responsabilidad, termina retrocediendo en confianza. Y sin confianza, no hay mercado, no hay política y no hay relato que aguante. Si la "casta" tiene miedo, Javier, vos deberías tener miedo y vergüenza. Y los que te defienden, incluso a kilómetros de distancia, deberían aprender a leer mejor antes de defenderte a capa y espada.
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La caricia perdida Por: @Martinposadam Me descubro hipnotizado por un video de ASMR en YouTube. No es la primera vez que me sumerjo en uno de estos. Solía ponerlos para estudiar, para escribir y alguna vez hasta para dormir. La terriblemente perspicaz memoria del algoritmo de YouTube pareció concluir que necesitaba una nueva dosis. Con algo de curiosidad mezclada con la nostalgia del efecto de esos videos (que dejé de consumir porque, de tanto hacerlo, me vi drenado de lo que sea esa placentera sustancia que producen), le di play. El cosquilleo y los escalofríos no tardaron en aparecer. Pero fue distinto. Me detuve a escuchar las palabras de la mujer (casi siempre son mujeres las que hacen estos videos, con un par de excepciones), en vez de dejarme llevar por los aterciopelados sonidos. Prometían cuidado, compañía, paz, confianza, complicidad... Tenía una manera en extremo convincente, tan real, tan cercana, de hacer sentir todo eso. Tan aterradora, también, por su distante cercanía. Esta vez encontré una relación devastadora entre sus palabras (y, en general, este tipo de videos) y los personajes de Her, Blade Runner 2049 y Companion. No solo con los personajes sino también con las distopías que retratan estas películas, donde una inteligencia artificial se transforma en una emocionalidad artificial. Tan distante y tan cercana. En esos videos parecía estar buscando algo muy parecido (o idéntico) a lo que buscan Theodore en Samantha (Her), K en Joi (Blade Runner 2049) y Josh en Iris (Companion). Todas mujeres artificiales. Resulta particular que, en paralelo, casi todas las IA que usamos tienen voz de mujer. Ni siquiera estaba seguro de que la mujer del video fuera real. ¿Cómo distinguirlo? Pausé el video. ¿Son proféticas esas películas? ¿A eso vamos a llegar? ¿En eso ya estamos? Recordé las palabras de Tilsa Otta en La vida ya superó a la escritura: Vivimos según las reglas de la saciedad postcapitalista. El modelo económico creó un nido inestable. Sentimentalmente somos freelance. ¿Cuál es el vacío que estamos intentando suplir con la inteligencia artificial? ¿Será la caricia? ¿La caricia perdida que Alfonsina Storni nos dejó al sumergirse a buscar poemas en el fondo del mar? Se me va de los dedos la caricia sin causa, se me va de los dedos… En el viento, al rodar, la caricia que vaga sin destino ni objeto, la caricia perdida, ¿quién la recogerá? Ya ni en el viento, Alfonsina. Buscamos la caricia en la pantalla del celular.
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Peleando con tu mente Por: @carolinarrietaa La salud mental está en juego. Pareciera absurdo pensar en una sociedad sana sin tener en cuenta su mente: ciudadanos que piensan sanamente, son ciudadanos que logran anteponerse ante las situaciones adversas, logran concentrarse, logran trabajar, logran usar sus talentos y habilidades para servir a otros, y son de impacto en la sociedad. Hace unos días se publicó un informe de salud mental mundial (Global Mind Health in 2025, de Sapien Labs), una iniciativa que desde 2019 ha medido a nivel mundial la salud mental de una buena muestra de la población. Los datos son desgarradores. Aproximadamente el 41% de los jóvenes entre 18 y 34 años están sufriendo con retos de salud mental clínicamente diagnosticados; esto es casi la mitad de la población de esta edad, donde muchos se encuentran en la escala de angustiados, luchando o soportando la vida. La situación se agravó agudamente luego de la pandemia. El confinamiento nos transformó a muchos; a algunos nos trastornó, nos hizo cuestionar la vida, la existencia, la seguridad, la forma de relacionarnos y, en muchos casos, el sentido mismo de vivir. Pero sobre todo, el confinamiento nos afectó, y muchos hoy aún no logran recuperarse. El informe presenta a la generación Z como la principal afectada, y propone que mientras más joven se sea, mayor será la tasa de población afectada. Colombia es un país que entra dentro de la estadística, y es preocupante que más del 60% de los casos de enfermedades de salud mental suelen tener su aparición antes de los 24 años, en las etapas más críticas del desarrollo social. ¿Qué estamos haciendo? Sé que como sociedad tenemos algunas iniciativas colectivas para afrontar la situación, en especial con jóvenes en edad escolar; pero la pregunta va mucho más allá de eso. Como individuos, estoy segura de que conocemos al menos a alguien con alguna afectación de salud mental, o que podría tenerla. No somos psicólogos, pero hay algo cierto: el relacionamiento ayuda. ¿Cuántos jóvenes de generaciones posteriores a la de nosotros conocemos que están solos? ¿Cuántos viven su vida tras las pantallas y el silencio de sus habitaciones? Deseando compañía, mentoreo, ánimo y muchas veces, ser simplemente escuchados y entendidos, en una sociedad con retos, que parece que nadie comprendiera, o por lo menos sólo ellos. Pareciera que es un asunto meramente sanitario, pero permea nuestra economía mucho más de lo que imaginamos. Estamos viendo jóvenes sin motivación; solo por mostrar un ejemplo, la población nini (ni estudia, ni trabaja) ha sido tema de interés en los últimos años y ha venido haciéndose cada vez más relevante en la discusión pública. Nuestra sociedad está construyendo el capital humano del futuro, y este está muy afectado, dolido y, sobre todo, en muchos casos, sin deseos de vivir. El informe presenta cuatro razones para este aumento sostenido, que parece no desvanecerse mientras más nos alejamos de la pandemia: relaciones familiares y círculos de apoyo rotos, menor espiritualidad y creencias, mayor conectividad y desde muy tempranas edades acceso a dispositivos móviles y exposición a internet, y alimentos ultraprocesados. No solo los gastos en servicios de salud han aumentado, sino también los problemas derivados: menor productividad, menores ingresos, menor empleabilidad y permanencia, y sobre todo, menor bienestar, nuestro foco como economistas. ¿Qué vamos a hacer? No solo como sociedad en conjunto, sino como individuos, como hermanos, como primos, como tíos, como padres, como amigos, abuelos, compañeros, colegas y más; como seres que nos preocupamos por otros y no queremos ver a nuestros jóvenes perderse en el duro y solitario espiral del doloroso sufrimiento en salud mental. No así, no sin pelear, no ahora.
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La indignación selectiva Por: @danysernam En Colombia tenemos una extraña costumbre: nuestros principios parecen depender de quién los pronuncie. Si quien habla es “de los nuestros”, justificamos, relativizamos o simplemente miramos hacia otro lado. Pero si la misma idea viene de alguien que consideramos adversario, la reacción es inmediata: indignación, escándalo y condena moral. La reciente polémica alrededor de la posible fórmula entre Juan Daniel Oviedo y Paloma Valencia es un ejemplo perfecto de esa indignación selectiva. Desde algunos sectores de las comunidades LGBT se ha interpretado la decisión de Oviedo de aceptar esa propuesta como una especie de traición a las luchas que representa. Como si aceptar un espacio político junto a alguien con posiciones distintas implicara automáticamente “vender” una causa. Sinceramente, no lo veo así. La política, en su mejor versión, no consiste en rodearse únicamente de quienes piensan exactamente igual. Consiste, precisamente, en construir acuerdos entre personas que piensan distinto. De lo contrario, la democracia se convierte en un sistema de trincheras. Lo curioso es que muchas de las personas que hoy juzgan con severidad esa alianza guardaron silencio —o encontraron cómo justificar— episodios bastante problemáticos del actual presidente, Gustavo Petro. Petro llegó al poder hablando en nombre de las minorías y de los derechos. Sin embargo, en distintos momentos ha utilizado expresiones que difícilmente resistirían el mismo escrutinio moral que hoy se aplica a otros actores políticos. Desde referirse a Oviedo como “plumas y lentejuelas”, hasta afirmaciones profundamente desafortunadas sobre las mujeres o comentarios igualmente preocupantes en relación con comunidades afro en espacios oficiales de gobierno. Más allá de la explicación o del contexto que cada quien quiera darles, son frases que, viniendo de cualquier otro dirigente político, probablemente habrían generado una indignación mucho más contundente. Pero nuevamente surge la pregunta: ¿dónde estuvo entonces la indignación? Porque si algo debería ser verdaderamente universal, es el respeto. La misma lógica aparece en el otro extremo. Desde ciertos sectores de derecha también se ha criticado con dureza la posibilidad de que una figura del Centro Democrático construya una fórmula con alguien abiertamente defensor de los derechos de las comunidades LGBT. Como si la política fuera un ejercicio de pureza ideológica. A mí, personalmente, los extremos me resultan cada vez más preocupantes. No porque representen diferencias legítimas —que siempre existirán—, sino porque cada vez con más frecuencia se alimentan del odio, la simplificación y el prejuicio. Por eso, paradójicamente, la combinación entre Oviedo y Valencia me genera algo que hoy escasea en la política colombiana: cierta esperanza. No porque comparta todas las posiciones de ambos. De hecho, en la consulta mi voto fue para Juan Daniel Oviedo y sigo sintiéndome más cercana a varias de sus posturas. Pero precisamente por eso encuentro valioso lo que esta fórmula representa: algo que hoy parece casi revolucionario en la política colombiana, la capacidad de trabajar desde la diferencia. La democracia no se fortalece cuando todos piensan igual. Se fortalece cuando personas con visiones distintas son capaces de debatir, discrepar y aun así construir algo en común, y, cuando escucho críticas a esta posible fórmula, me pregunto qué es lo que realmente estamos defendiendo: si principios, o simplemente a quienes pertenecen a nuestro bando político o a nuestra tribu ideológica, incluso cuando sus palabras o sus actos contradicen exactamente los valores que exigimos con tanta severidad a quienes están del otro lado del debate. Con demasiada frecuencia nuestras decisiones políticas no nacen de un análisis sereno de trayectorias, capacidades o propuestas, sino de reflejos sociales profundamente arraigados: prejuicios culturales, sesgos religiosos, luchas sociales, o incomodidades frente a la diferencia. Por eso también vale la pena preguntarse si muchas de estas críticas buscan realmente una mejor alternativa, o si terminan siendo una justificación cómoda para volver a refugiarnos en los extremos. La política rara vez ofrece opciones perfectas. Lo que sí exige es la capacidad de evaluar con seriedad la trayectoria, la experiencia y el carácter de quienes aspiran a gobernar, y de reconocer cuando —incluso desde la diferencia— una fórmula como esta demuestra respeto por la democracia, por las instituciones y un interés genuino por el país.
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La acefalía de la política antioqueña Por: @jfsuescun Antioquia ha sido, históricamente, uno de los principales ejes de la política en Colombia. Sin embargo, los resultados de las elecciones legislativas del 8 de marzo muestran un dato preocupante: el departamento pasó de tener 14 senadores en el período 2022-2026 a 11 entre 2026 y 2030. Esto es, sobre todo, una señal de debilitamiento político, pero no únicamente electoral. Es un síntoma de algo más profundo: la ausencia de liderazgos regionales que representen a Antioquia en el escenario nacional. En la Cámara de Representantes el panorama no es más alentador. Allí la pérdida no es tanto cuantitativa como política, particularmente en el espectro del llamado “centro”, donde ninguno de sus principales candidatos consiguió una curul. Durante los últimos veinte años, Antioquia fue uno de los laboratorios más visibles de ese espacio político intermedio entre la derecha tradicional y la izquierda emergente, con figuras como Sergio Fajardo (@sergio_fajardo), Alonso Salazar (@AlonSalazarJ), por su origen el mismo Alejandro Gaviria (@agaviriau), y un poco más a la centroderecha, otros como Ánibal Gaviria (@anibalgaviria) y Federico Gutiérrez (@FicoGutierrez). Sin embargo, los resultados recientes sugieren que el centro atraviesa una crisis de identidad y de liderazgo. No logra articular un discurso regional fuerte ni construir figuras capaces de liderar la agenda nacional. Este fenómeno puede interpretarse a la luz de una observación clásica de Max Weber: la política requiere tanto de estructuras institucionales como de liderazgos con capacidad de representación simbólica. Sin esa figura que encarne los intereses colectivos (polity), la política se reduce a la administración pública y a las políticas públicas (policy). Antioquia parece estar en esa fase: tiene una representación en la Cámara (@CamaraColombia) garantizada por la Constitución, pero carece de voces políticas definidas tanto ahí como en el Senado (@SenadoGovCo) (politics). A esta situación se suma una dinámica política interna que, paradójicamente, refuerza la ausencia de liderazgo regional. La disputa por el protagonismo político entre el gobernador de Antioquia (@GobAntioquia) Andrés Julián Rendón (@AndresJRendonC) y el alcalde de Medellín (@AlcaldiadeMed) Federico Gutiérrez, se ha concentrado en un escenario que se ha vuelto casi un lugar común: la confrontación permanente con el presidente Gustavo Petro (@petrogustavo). En esa lógica, ambos liderazgos parecen competir más por encarnar la oposición regional al gobierno nacional que por construir una agenda estratégica desde la región para el país. Antioquia representa cerca del 15 % del PIB nacional y el Valle de Aburrá concentra una de las áreas metropolitanas más productivas de Colombia, sumado al crecimiento económico del oriente antioqueño y Urabá. Sin embargo, esa dinámica no se traduce hoy a nivel nacional en un liderazgo político proporcional. El departamento enfrenta un desafío mayor que la pérdida de tres senadores, corre el riesgo de convertirse en una región con poder económico pero sin poder político nacional. Recuperar esa voz dependerá, sobre todo, de la capacidad de construir liderazgos capaces de trascender la política de la confrontación y de situar nuevamente a Antioquia como un actor determinante en la política colombiana.
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Medellín capital mundial Por: @TrujilloUrrea Es bastante probable que muchas de las afirmaciones que se hagan a continuación estén motivadas por una suerte de chauvinismo, de un sentimiento de excepcionalidad propio de aquel que ha vivido entre montañas. El título de este texto confirma esta intuición.  José Martí dijo una vez: “cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea”. Los aldeanos de Antioquia solemos atribuirle características insólitas y extraordinarias a esos 63.000 Km2 de ríos, ceibas y guayacanes. Hemos sufrido de una vanidad que empantana el pensamiento, que nos extravía del autoexamen y que oculta todas nuestras heridas, tan grandes como el Cauca y la Magdalena. Antioquia es un sitio con una ambivalencia singular. Esta tierra es el encuentro de polos, el choque de las antípodas. Coexisten, y muchas veces se enfrentan, dos espíritus, dos formas de ser. Una reaccionaria, parroquial y catequista. Otra liberal, progresista y laica. Al mismo tiempo— y a menudo sin una correspondencia evidente con lo reaccionario o lo progresista— convive en este lugar un modo de ser individualista y profundamente violento, con formas llenas de bondad, generosidad y amor por los otros. El Yin y El Yang de las montañas. La complementariedad de las fuerzas opuestas en aquella población que vio nacer a Fernando González Ochoa. Somos el departamento con más víctimas reportadas durante el conflicto armado. En 1991 en Medellín mataron 6800 personas, una bajeza moral empujada por el célebre infame Escobar Gaviria. Se fundó el Bloque Metro y el Frente 36. Los terratenientes antioqueños financiaron ejércitos privados para expoliar tierra campesina a punta de muerte y terror. Se prohibió la lectura de Viaje a Pie mediante censura eclesiástica y se asesinaron sindicalistas como en ningún otro lugar de Colombia. Esto pasó en el mismo departamento en el que Los Panidas y los Nadaistas esparcieron imaginación política. En la pequeña Detroit, su capital, nació María de los Ángeles Cano Márquez, líder del movimiento obrero colombiano. La primera huelga de mujeres trabajadoras en Colombia fue en Bello y estuvo liderada por Betsabé Espinal. En las épocas en las que Escobar dirigía sus corceles de la muerte, Luis Fernando García los espantaba con comparsas y teatro callejero. Allí donde todo parecía oscurecerse siempre alguien encendía un fósforo, hacía un incendio, para seguir resistiendo, para no dejarse. Las bibliotecas barriales, las organizaciones artísticas y culturales, los convites y el amor comunitario en general se presentaban como los antagonistas valientes de la violencia que floreció en Medellín y en Antioquia. La complejidad del espíritu antioqueño llevó a que, al lado de la pistola, la moto y el fusil, se levantaran también bibliotecas y casas culturales. Que el jefe de combo y de plaza se encontrara de frente con el promotor de lectura. Los esfuerzos que muchos y muchas hicieron durante décadas por apostarle a la cultura, en un contexto tan enrevesado como el periplo de Ulises, han dejado cosecha. Medellín hoy tiene un ecosistema de lectura, escritura y oralidad maravilloso, compuesto por, entre otras cosas, una red de bibliotecas públicas y comunitarias. El espíritu antioqueño que resistió la violencia con bibliotecas fue reconocido la semana pasada por la Unesco. Medellín, que fue la capital mundial de los homicidios, es hoy también la capital mundial del libro, un reconocimiento que entrega este organismo internacional a aquellas ciudades comprometidas con la promoción de la lectura. Este premio es obra de décadas de trabajo de muchas personas y organizaciones. Pero fue posible también por la coincidencia afortunada de un grupo de gente que — desde la Alcaldía de Medellín, en particular desde la Secretaría de Cultura Ciudadana —creyó que el espíritu liberal, comunitario y bondadoso de esta ciudad debía reconocerse y celebrarse.
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Dejen la maricada con Oviedo Por: @juancarbolivar Por primera vez en cuatro años de incertidumbre, Colombia tiene una alternativa posible para enfrentar la polarización que alimenta a los extremos y que tanto daño le ha hecho al país. Y, justamente en ese escenario, esos mismos extremos —que dicen sentirse amenazados por figuras como Paloma Valencia y, especialmente, Juan Daniel Oviedo— han empezado a mostrar su rostro más homófobo y discriminatorio. No les bastó con el comentario homofóbico de Abelardo De La Espriella a una semana de las consultas. Esta semana se sumó el propio Gustavo Petro, quien se refirió con suspicacia a la fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia como “plumas y lentejuelas”. Y a eso hay que agregar el interminable coro de las bodegas petristas y abelardistas en redes sociales, dedicadas a atacar a la naciente fórmula presidencial. El título de esta columna no puede ser más claro: dejen la maricada con Oviedo. El ahora candidato vicepresidencial es, ante todo, un profesional probado y comprometido con sacar adelante un proyecto de país que se va a enfrentar a las grandes crisis que dejará el Gobierno Petro, especialmente, en materia de economía con el desplome de la inversión y el creciente déficit fiscal que deja un Estado quebrado. El rol de un economista como Juan Daniel en medio de esta crisis es fundamental y valioso en el próximo cuatrienio que va a requerir más gente preparada y menos improvisados impulsando agendas ideológicas. Paloma Valencia es de derecha, proviene de una familia con tradición política y es uribista declarada. Nada de eso es un secreto. Y aun así, la situación del país es tan apremiante que hoy puede parecer moderada frente a lo que hay alrededor. De un lado, un candidato del continuismo de izquierda que avala dictaduras socialistas, respalda proyectos que han provocado crisis humanitarias y guarda silencio cómplice frente a criminales que comparten su ideología. Del otro, un abogado de las mafias que, en la cúspide de su narcisismo e improvisación, decidió lanzarse a la presidencia para “salvar la patria”, sin el más mínimo conocimiento de gobierno. Su campaña no es más que un reciclaje de discursos de la extrema derecha y un intento caricaturesco de personificarse como Bukele (de repente hasta le salió pelo). Y sí, el 31 de mayo habrá que tomar una decisión entre tres opciones: Cepeda–Quilcué, Abelardo–Restrepo o Paloma–Oviedo. A estas alturas de la competencia, el resto de candidaturas son tan irrelevantes como nocivas cuando lo que está en juego es el futuro del país. Los candidatos idóneos se quedaron hace rato en el bus de los precandidatos, y hoy Colombia debe asumir una decisión responsable, entendiendo que lo que está en juego es algo mucho más simple y más urgente: que el país tenga futuro. Lo que más incomoda de la fórmula Paloma–Oviedo es que representa la posibilidad real de construir un gobierno con vocación pluralista, en el sentido más pragmático del término. Un gobierno que entienda que las prioridades de los próximos cuatro años serán tres: seguridad, economía y salud. Las grandes crisis explícitas que son el mayor legado del gobierno de Gustavo Petro y obligan a concentrarse en lo esencial. Un escenario tan apremiante no da espacio para debates menores con tintes ideológicos, aunque eso sea precisamente lo que tanto obsesiona a los más homofóbicos. Hace unos meses —o peor aún, si lo pensábamos años atrás— esta fórmula parecía improbable. Hoy, en cambio, le devuelve esperanza a una Colombia que quiere salir adelante a pesar de todo. Me recuerda una de mis frases favoritas de Alejandro Gaviria: “los ideólogos de izquierda desconocen el progreso social; los de derecha, el avance moral. Unos y otros son inmunes a los datos. Pero vale la pena enseñárselos de vez en cuando (con alardes positivistas, por supuesto), así sea solo para hacerlos rabiar”. La fórmula surgida de la Gran Consulta parece entenderlo: reconoce el avance moral con Oviedo y apuesta por el progreso social con Paloma. Por eso los hace rabiar aún más. Los extremos, hoy acorralados en sus orillas —y más cerca entre sí de lo que quisieran admitir— seguirán acechando una campaña que los desnuda por completo. Una campaña que exhibe lo más nefasto de lo que representan: el fanatismo de quienes no saben escuchar y prefieren impedir cualquier alternativa real. Pero el país necesita justamente lo contrario: un gobierno de cuatro años, no otros cuatro años de escándalos de gobierno.
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Izquierda, homofobia y machismo Por: @JFValenciaF Circula una imagen en las redes de la derecha que dice: la izquierda se vuelve misógina si la mujer es de derecha; clasista si el pobre es de derecha; homofóbica si el gay es de derecha; racista si el negro es de derecha. Acertado, para la muestra dos ejemplos: hay ataques coordinados de los influencers de izquierda a Paloma Valencia por su peso, sin un sin provocar la mínima indignación del movimiento feminista. O Petro llama a Oviedo un conjunto de “plumas y lentejuelas”, sin que genere mayor molestia entre los sectores diversos que lo apoyan. No les importa ni las mujeres, ni la diversidad ni las personas, solo promover la agenda de la izquierda. La supuesta inclusión de la izquierda nunca ha sido real, pues incluso desde su fundamento filosófico, jamás ha estado la búsqueda de la libertad de los individuos, y por eso, ante la mínima contradicción, saltan los breques. Eso explica, por ejemplo, que no sea raro ver a íconos de la izquierda, como la periodista – más opinadora que cualquier cosa – Ana Cristina Restrepo (sí, la misma que, feliz y sin inmutarse, entrevistaba en Eafit a Sandra Ramírez, a quien decenas de testimonios de exguerrilleras de las FARC la acusan de haber sido proxeneta y obligarlas a abortar) descalificando a José Manuel Restrepo, ¡atención! Por su color de piel, una barbaridad atávica que, sin duda, sería condenada con más vehemencia si el sujeto no fuese “blanco”. No sé si la fórmula Paloma – Oviedo será exitosa electoralmente, pero al menos ya lo es desnudando a la izquierda en su hipocresía. Es verdad que ya había bastante evidencia, viendo los cuestionados perfiles de quienes han integrado las listas del Pacto Histórico (por ejemplo, Álex Flórez será nuevamente senador), el papel de adorno que ha jugado Francia Márquez, o las declaraciones de Petro diciendo “nadie que sea negro me va a decir…”. Pero bueno, no sobra más claridad y es contundente la hipocresía que ha expuesto esta unión electoral entre el centro y la derecha. La izquierda ha intentado vender como una contradicción ser gay, mujer o negro y no pertenecer a sus toldas. Cuando la historia demuestra todo lo contrario, en la existencia de la humanidad lo constante ha sido la discriminación, la pobreza extrema, la violencia y el sometimiento, excepto por el breve periodo que coincide, no casualmente, con la consolidación del capitalismo en Occidente, donde la prosperidad y la libertad han llegado a niveles que solo la ciencia ficción habría imaginado. Y, en realidad, es la izquierda la que está dispuesta a aliarse con los peores enemigos de Occidente y de la libertad, para borrar esta rareza que ha construido la humanidad y que es la prueba viviente de su fracaso.
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Cuando la hipocresía “educa” Por: Amalia Uribe El lunes pasado, una de mis mejores amigas fue cruelmente atacada por un grupo de personas. Fue discriminada por su forma de vestirse y por su orientación sexual. Hombres y mujeres cuestionaron su participación en un evento en un colegio por la conmemoración del Día de la Mujer. Ella fue a hablar de su carrera profesional, de cómo había sobrevivido al bullying, de sus logros, de sus pasiones. Sin embargo, algunos la señalaron como si fuera una delincuente. No voy a darles el beneficio de la complacencia con argumentos como: es un tema sensible, son diferentes opiniones. No. La homofobia no es una opinión. Es un delito. El odio no es una opinión. Es una postura ética y moral  violenta y degradante que clasifica a las personas como buenas o malas por asuntos de raza, género, orientación sexual, entre otras. La discriminación no es pensar distinto. Es un delito. Creer que una mujer, por su forma de amar, de pensar y de sentir está creándoles confusión sexual o de identidad a unos niños no demuestra que haya algo de malo en ella. Demuestra lo enferma que está una sociedad en donde genera más escándalo eso que los comentarios agresivos que recibió. Mi amiga tiene una red de apoyo incondicional que la sostiene, un corazón gigante donde no cabe la maldad, y una mente excepcional y brillante que le han permitido sobrevivir en este mundo donde solo lo hetero normativo es aceptado. Pero pienso en ese montón de niñas y de niños que oyeron a sus padres juzgar la homosexualidad y atacar a una mujer porque no cumple con los estereotipos establecidos. Pienso en el miedo y en la inseguridad que sienten si habitan el mundo de manera diferente, si son homosexuales y ya lo saben, pero no lo han dicho, y en cómo será de triste y angustiante para ellos no tener una red de apoyo, un lugar seguro, y ver cómo atacan a quien puede convertirse en un referente de otras formas de ser y de existir. A mi amiga le escribieron en su perfil personal de Instagram, con tono hostil, cuál era la necesidad de “sexualizar a los niños”. Le dijeron que su participación había sido irrespetuosa pues no tenía nada qué ver con el Día de la Mujer. Me pregunto si esas palabras venían de alguien que alguna vez le ha dicho a su hijo que es un galán, que cuántas novias tiene en el colegio o en el jardín, o a su hija que es la más linda de la clase, y que si algún chico la molesta es porque está enamorado de ella. De alguien que aplaude la hipersexualización de niños y niños al imponerles ideas, a una edad temprana, sobre el amor, el deseo y los roles de los hombres y de las mujeres. De algún padre o madre que les instalan a sus hijos, desde muy pequeños, la idea de que sólo hay una forma correcta de vivir, qué carrera deben estudiar, cuáles pasiones son inoficiosas, a cuál religión deben seguir y cómo tienen que ser. La hipocresía es una enfermedad difícil de curar, porque para hacerlo hay que conocerse a uno mismo. Y conocerse exige un trabajo profundo, incómodo y poco recompensado, un trabajo al que casi nadie está dispuesto. Mi amiga, en cambio, tuvo —y tendrá para siempre— la valentía de decirle al mundo quién es, de forma honesta, sin miedo y sin tabúes.
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Paloma, la moderada Por: @mariod2118 Al fin como que lo voy entendiendo, como que se me va haciendo claro qué es lo que significa cuando alguien dice, por lo menos en Colombia, que es de centro. Esto es: reconocer lo mejor de cada lado del espectro político, aunque más poquito de un lado que del otro; criticar con fervorosidad las equivocaciones, vengan de donde vengan, pero con un poco más de inquina de un lado que del otro; condenar los atropellos, las faltas, la ilegalidad de cualquier político, pero perdonar —cuando no olvidar— más fácil las de un lado que las del otro. Acaba de pasar. Permítanme abusar de Allen Ginsberg: He visto a las mejores mentes de mi generación diciendo que Paloma Valencia, la candidata del Centro Democrático —del Centro Democrático— es moderada. Y dicen más, que la llegada de Juan Daniel Oviedo (quien desde siempre ha estado políticamente del lado del Uribismo, que ha votado por el uribismo y que ahora habla de “las dudas de los falsos positivos”) la hace aún más moderada, porque Oviedo, cómo no, sí que es de centro. Y hacia allá, sin dudas ni reproches, más bien con una esperanza que raya en la ingenuidad, he visto correr a muchos que se dijeron de centro. Hacia la moderada y su moderación. Hay un rastro de historia política que demuestra todo lo contrario, que en el corpus político que ha representado Paloma Valencia existe una visión estrecha donde apenas caben unos pocos. Empiezo por uno conocido: su propuesta, a todas luces racista, de un referendo para consultar la disposición de un país a todas luces racista para dividir el departamento del Cauca en dos: «Un Cauca indígena para que hagan sus paros, manifestaciones y invasiones y otro con vocación de desarrollo», porque es sabido, pensará ella, que indígenas y desarrollo son términos contradictorios. Que eso pasó hace años, la defendieron algunos, entre ellos el director de la revista elmalpensante, Andrés Hoyos, en un debate en Twitter con el opinador Santiago Rivas. Pero hace poco una declaración de ella misma evocó ese espíritu del apartheid que convive en ella, como lo recuerda un artículo de la revista Cambio de septiembre de 2015: «“Les bloquearemos el acceso a alimentación y agua”: Paloma Valencia sobre resguardos indígenas que bloqueen las vías». ¿De dónde me suena ese crimen contra la humanidad de negarle a una población la posibilidad de saciar la sed y el hambre; por qué me parece conocida y actual esa fórmula tan parecida al asedio medieval que castiga por igual a niños, mujeres, ancianos llevándolos a una muerte lenta; por qué Paloma Valencia se siente envalentonada y tranquila proponiendo esa maldad? Debe ser porque a ella no se lo parece. Y es por eso mismo que, cuando le preguntan por la masacre en la Franja de Gaza, por los bombardeos sobre la población civil, sobre la hambruna, sobre los francotiradores ensañados con los niños, puede responder ella, la moderada, con tranquilidad y sin sonrojo, que aquello no es un genocidio. No importa lo que diga la ONU, no importa lo que cuente Human Rights Watch. Permítanme parafrasear —y actualizar— a otro poeta, a Víctor Heredia: tengo cierta memoria que me lastima, y no puedo olvidarme de Palestina. Porque no, Paloma no es moderada ahora, aunque diga ella sobre ella misma que no es de izquierda ni de derecha. Y tampoco era moderada hace diez años, cuando se opuso con todos los argumentos, incluidos los falsos, como ese embeleco de la ideología de género, al Proceso de Paz (oposición con la cual renació y se fortaleció el uribismo, que parece ser la verdadera religión que ella profesa). Su supuesta moderación tampoco le sirvió cuando le dijo a Iván Cepeda —también candidato y también senador, como ella— que no la fuera a mandar a matar, porque si Paloma ha demostrado que puede discriminar, también ha hecho méritos para que le quepa el adjetivo sectaria. Ha defendido propuestas reaccionarias, como el esperpento de referendo que quiso adelantar Viviane Morales. Se ha opuesto con ahínco a procesos de justicia y verdad en la JEP Y es ese personaje al que ahora despierta esperanzas en buena parte del electorado que se sentía perdido ante el naufragio de Sergio Fajardo. Se sienten felices y bien representados por ella porque, quién más, quién menos, no se ha puesto del lado de criminales de guerra o ha sido un “poquito racista”. Paloma es como es, siempre lo ha sido aunque intente matizarlo. Lo que me asombra es que haya tantos que se lo nieguen a sí mismos. Para quienes parecen oponerse a todo eso, hay que dar tremenda voltereta para votar por alguien así.
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Nos creen pendejos (somos pendejos) Por: @CamilaAvril Algunos políticos nos creen pendejos, y lo cierto es que a veces lo somos por muchas razones: no leer más, creerle al amigo del amigo, confiar en que las sonrisas en TikTok son reales, quedarnos con el titular. Básicamente por lo básico: falta de conocimiento e información, que en el mundo actual es muy fácil de remediar, pero todo un reto: saber elegir. El ejemplo más popular de esta semana es el del recién elegido congresista Daniel Briceño que trató de explicarnos lo mucho que le ahorró al Estado, que nos ahorró a todos, y que aunque al principio puede parecernos un acto de pura honradez, cuando uno sabe más, cuando escucha atentamente, pues hay que decir no mi ciela, no nos enredés por ahí. Está bien celebrar campañas austeras. Ojalá todas fueran así, que el derroche estuviera en el conocimiento y las propuestas y no en el dinero. Pero no se ahorra lo que no se gasta y está bueno el ejemplo que rondó en internet de la tarjeta de crédito: tengo diez millones de cupo, pero como solo me gasté un millón, me ahorré nueve. Busquemos y resumamos: la reposición de votos les devuelve a los candidatos y partidos que superen el umbral parte del dinero que se gastaron en la campaña. Detrás hay que presentar informes de ingresos y gastos, no haber superado los topes de financiación del CNE y que sea claro de dónde vienen los recursos. Pero como no se puede pedir más dinero del que se gastó, a Briceño no tendrían que darle más de lo reportado, y por tanto el ahorro no existe. Ni siquiera está en las triquiñuelas para hacernos pensar que es tremendo ahorrador-salvador-desinteresado. Y así con muchos, porque el lenguaje puede con cualquier cosa y más en esta época de redes sociales y sobreinformación. Ahora Paloma Valencia es de centro y dejó de ser automáticamente de derecha solo porque lo dijo. Se nos olvidó que una vez pidió partir el Cauca en dos y que fue una de las grandes promotoras del No en el plebiscito por la paz y que es la de Uribe. Solo por empezar. Hace días la esposa de un amigo dijo que estaba cansada de vivir en esta ciudad en la que vivimos, que es pequeña, porque hay muchos progres. Se refirió, sobre todo, a esos que protestan y que, dijo, les pagan. De dónde sacás eso, le preguntamos una amiga y yo, porque nosotras sí que confiamos en que la gente protesta porque cree en la causa. Dijo que hay investigaciones, nos nombró personas y algunos medios. No los reconocimos y mi amiga y yo, las dos, somos periodistas. Lo vio en TikTok, pero estaba segurísima y aburridísima de esos que protestan sin saber por qué. Normal. TikTok no premia la duda. Empuja lo que da rabia, lo que polariza, lo que se puede repetir en diez segundos. Y ahí estábamos: creyendo que hay investigaciones porque alguien lo dijo con seguridad, movimientos del cuerpo, buena voz y musiquita de fondo. Es que son ignorantes esos que protestan, dijo. Porque al final somos unos crédulos, al estilo del coronel en El coronel no tiene quien le escriba, el libro de García Márquez. Don Sabas es un señor rico que le dice que el gallo vale 900 pesos, pero cuando el Coronel se lo ofrece, apenas pone sobre la mesa 400 porque es peligroso que el gallo pelee. O eso dice. El médico que escucha le dice al coronel, luego, que don Sabas lo comprará por eso, pero lo venderá por 900, seguro. Hay evidencias de cómo es don Sabas: tremendo hombre rico. El Coronel, sin embargo, no cree que su compadre le vaya a hacer eso. Pues cómo. Porque pues cómo nos van a mentir los políticos en redes sociales. O ni siquiera los políticos, esos que ahora se suman a la política por las más diversas razones. Pero ahí vamos, eligiendo influencers y personas que subieron al bus y que nos prometen con palabras ahorros que no existen. Pero para la pendejada no hay nada en principio, excepto lo más fácil de hacer: luchar contra la ignorancia y no creer lo primero que nos dicen. No creerles. No confiar. Votar mejor. Elegir mejor. Leer. No tragar entero. Confrontar. Pedir claridad. Exigir cuentas claras, trabajo, constancia, vocación política, honradez, integridad, etcétera. Lo mínimo que se le puede pedir a los gobernantes: que gobiernen. Y etcétera: la lista es larga.
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Los invitados a la fiesta Por: @MachadoRold Con los resultados del domingo empezó la verdadera carrera presidencial. Las primeras de cambio dejaron grandes ganadores, como Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, pero también grandes derrotados, como Claudia López o Roy Barreras. Eso sin contar a los quemados en las legislativas ni el enigma que representan figuras como Abelardo de la Espriella y Sergio Fajardo, quienes decidieron no medirse y, de rebote, cargan hoy con el costo político de no haber estado presentes en el tarjetón del 8 de marzo. Mientras tanto, Iván Cepeda sigue incólume en la cima de la general. La campaña arrancó en forma y este es, por ahora, el estado de cosas. Cepeda se perfila como un puesto casi fijo en la segunda vuelta y, con la llegada de la líder indígena caucana Aída Quilcué a su fórmula, reafirma su base política y su conexión con sectores sociales y territoriales que han sido decisivos en elecciones recientes. Su apuesta es clara: consolidar el voto progresista y ampliar su margen en regiones históricamente movilizadas por agendas sociales. En la otra orilla, el Centro Democrático salió fortalecido con la victoria de Paloma Valencia y una excelente votación en la Gran Consulta por Colombia. Pero el verdadero movimiento estratégico vino después: la adhesión de Juan Daniel Oviedo, el segundo en la consulta y, sin duda, la gran sorpresa del domingo. Oviedo logró captar un voto urbano, técnico y de centro que ahora se convierte en un activo clave para Valencia. Esa convergencia acerca a la candidata del Centro Democrático a un electorado más amplio —incluso alternativo— que antes le era esquivo. Con ese movimiento, Paloma deja de ser únicamente la candidata de un partido para proyectarse como el verdadero contrapeso electoral frente a Cepeda. Entre tanto, Abelardo de la Espriella parece empezar a desinflarse y a quedar, más que como protagonista, como telonero de la dupla que comienza a perfilarse como central en esta contienda. Su fórmula vicepresidencial, el exministro y hasta el lunes rector de la Universidad EIA, José Manuel Restrepo, le aporta rigor técnico, conocimiento del Estado y credenciales académicas. Sin embargo, en términos estrictamente electorales, su capacidad de sumar votos parece limitada. Por su parte, Sergio Fajardo se desinfla cada vez más frente al nuevo contexto político. La votación de Juan Daniel Oviedo terminó recogiendo, en términos prácticos, buena parte del electorado de centro que históricamente gravitaba alrededor del exgobernador de Antioquia. Así, Fajardo queda atrapado en un espacio político cada vez más estrecho, con pocas posibilidades de crecimiento. Su fórmula, la respetada exsecretaria de Educación de Bogotá, Edna Bonilla, aporta seriedad y experiencia en gestión pública, pero difícilmente abre nuevos nichos electorales. Así las cosas, estos cuatro parecen ser, por ahora, los verdaderos invitados a la fiesta. Todo aquel que se ubique por debajo de los porcentajes o de la fuerza política de este grupo corre el riesgo de convertirse en un simple saltimbanqui electoral, condenado incluso a no alcanzar el umbral necesario para la reposición de votos. Y si me apuran —pensando en el país— me atrevo a decir algo más: tanta fragmentación en la centro-derecha solo termina favoreciendo a Cepeda. En política, dividirse rara vez es una estrategia ganadora. En ese escenario, la convergencia entre Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo encarna una esperanza que, para muchos sectores del país, hacía tiempo no aparecía con tanta claridad en el horizonte político
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Paloma Valencia ya eligió fórmula vicepresidencial: Juan Daniel Oviedo. Un anuncio que abre preguntas sobre estrategia, representación y cálculo electoral. ¿Es un intento por acercarse al centro político? ¿Una apuesta por reorganizar la derecha de cara a las elecciones? En No Apto analizamos qué significa esta fórmula, qué mensaje manda al electorado y cómo puede reconfigurar el tablero político. open.spotify.com/episode/1YMFX9…
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Paloma y Oviedo Salven ustedes la patria Por: @ncalleh “¡Coronel Rondón, salve usted la patria!” fue la célebre frase que el Libertador pronunció en la batalla del Pantano de Vargas cuando todo parecía perdido y la última esperanza estaba puesta en Rondón y sus llaneros. En ese momento decisivo de la campaña libertadora, cuando la derrota parecía inevitable, bastó el arrojo de unos pocos para cambiar el curso de la historia. Hoy, más de dos siglos después, Colombia vuelve a enfrentarse a una encrucijada que pone al país al borde del abismo. En el escenario político actual, escoger la presidencia entre extremos que se parecen más de lo que quieren admitir o candidaturas de centro que no logran inspirar ni convocar mayorías nunca ha sido una opción. Por eso, después de los resultados de la Gran Consulta por Colombia del pasado domingo —que reunió más de 5,8 millones de votos— emergen las figuras de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo como fórmula presidencial y vicepresidencial. Para muchos colombianos, esta dupla representa un respiro, una señal de tranquilidad y una bocanada de aire fresco en medio de un clima político cada vez más crispado. Paloma Valencia ha sido durante años una legisladora ejemplar: juiciosa, rigurosa y profundamente técnica. Desde el Congreso ha liderado algunos de los debates más importantes de la vida pública reciente, siempre con argumentos sólidos y una defensa clara de las instituciones democráticas. Su trayectoria muestra disciplina, preparación y una comprensión profunda de los desafíos que enfrenta el país. Por su parte, Juan Daniel Oviedo —quien emerge como una de las “rockstar” de la nueva política nacional— ha demostrado que es posible hacer política desde la evidencia, el rigor técnico y el respeto. Su paso por el DANE y su posterior incursión en la política han mostrado a un líder capaz de tender puentes incluso entre sectores que tradicionalmente han estado enfrentados. La fórmula entre Paloma y Oviedo envía un mensaje profundamente esperanzador: se puede construir en la diferencia. No es necesario seguir profundizando la división que tanto daño le ha hecho al país. No se trata de destruir a la izquierda ni de erradicar a la derecha, sino de reconocer que, aun con desacuerdos legítimos, es posible coincidir en lo esencial: la defensa de la democracia, de las instituciones y del Estado de derecho. Esta mancuerna ofrece también un parte de tranquilidad en otro sentido: las discusiones pueden volver al terreno de las ideas y de la técnica, lejos del insulto y de la polarización fácil. Representa la posibilidad de moderar el tono del debate sin renunciar a convicciones firmes sobre el rumbo que debe tomar Colombia. En un país cansado de trincheras, quizá lo verdaderamente transformador sea volver a construir puentes. Y hoy, más que nunca, Colombia necesita más liderazgos capaces de unir sin renunciar a lo fundamental. Porque a veces el acto más valiente no es levantar la voz, dejar de lado el ego y construir juntos.
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El pueblo lo llama Gabriel Por: @SantiHenaoC Para escuchar leyendo: La jardinera, Violeta Parra. Cuando Gabriel Boric llegó a La Moneda, muchos quisieron verlo como una anomalía: demasiado joven, demasiado irreverente, demasiado hijo de la protesta. Cuatro años después, al entregar la Presidencia de Chile, queda claro que fue otra cosa: una síntesis poco frecuente entre rebeldía y respeto por la República, una coherencia necesaria, un temple sereno y firme. Boric llegó desde la calle, desde las marchas estudiantiles, desde una generación que aprendió a desconfiar de las élites y de las solemnidades del poder, una juventud que protestó contra aquellos viejos jóvenes que le habían amargado la vida a un dictador. Esa rebeldía nunca lo abandonó del todo. Se notaba en el lenguaje, en los gestos, en la forma de asumir debates que la política tradicional prefería rodear, incluso aquella que comparte su espectro. Pero, al mismo tiempo, su paso por la Presidencia terminó revelando una cualidad más rara en la política latinoamericana: el respeto por las tradiciones que sostienen las instituciones. En un continente donde tantos líderes confunden mandato popular con poder ilimitado, Boric entendió que gobernar también es habitar los límites de la República. No buscó reescribir las reglas para quedarse, ni torcer los contrapesos cuando se volvían incómodos. Al contrario: su gobierno confirmó que se puede ser un político nacido de la protesta y, aun así, defender las formas que hacen posible la democracia. Aceptó con gallardía la derrota en el plebiscito de salida del proyecto constitucional, se revistió de la majestad de su cargo para liderar un país que enterraba a su más profundo contradictor político, su antecesor y posible sucesor, Sebastián Piñera. Sobre todo, no dudó en condenar el fraude electoral que Nicolás Maduro había perpetrado en Venezuela. Esa combinación —insumisión moral, coherencia ética y respeto institucional— es precisamente lo que hoy necesita la izquierda latinoamericana. Particularmente la colombiana. En buena parte de la izquierda de este lado de la cordillera aún pesa una inercia ideológica que parece no haber digerido la caída del Muro de Berlín. Persiste una nostalgia por modelos que el siglo XX ya juzgó y una tentación populista que reduce la política a la épica de un líder contra “el sistema”. En ese paisaje, la figura de Boric ofrece otra posibilidad: una izquierda que no necesita destruir la institucionalidad para transformarla. Una moderna, que busca el bienestar de la ciudadanía sin olvidar lo elemental. Bien lo repite su perfil de X citando a Camus: La duda debe seguir a la certeza como una sombra. No es una izquierda sin convicciones, sino una que entiende que las transformaciones duraderas no se construyen desde la demolición permanente del Estado, sino desde su reforma paciente. Una izquierda que puede protestar, pero también gobernar. Que puede incomodar al poder, pero también ejercerlo sin arbitrariedad. Su presidencia, a los ojos de este extranjero permanente, termina teniendo una resonancia simbólica inesperada. En 1946, Pablo Neruda escribió un poema para la campaña de Gabriel González Videla cuyo verso más recordado decía: …Y entre todas las cosas puras, no hay otra como este laurel: El pueblo te llama Gabriel…. La historia, con su ironía habitual, terminaría mostrando que aquel Gabriel no estaba a la altura de la invocación. Con Boric ocurre algo distinto. No porque haya sido un presidente perfecto —ninguno lo es— sino porque su estilo político devolvió dignidad a una idea sencilla: que el poder puede ejercerse sin renunciar ni a la rebeldía ni a la República. Tal vez por eso, ahora que deja el cargo, el eco de aquel verso adquiere otro sentido. Porque al final, y como lo demostraron las horas del cambio de mando, a él, también, el pueblo lo llama Gabriel. ¡Ánimo!
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Parece que cada colombiano es susceptible de ser nombrado vicepresidente.
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