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Colombia Katılım Mayıs 2021
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Pelea de hermanitos A un mes de la primera vuelta presidencial, los hermanitos entraron en una etapa de desesperación. Papá Uribe no ha podido calmarlos, mientras su vecino del otro extremo, Iván Cepeda, está metido en la segunda vuelta. Frente a la teatralidad que les impide combatir directamente, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia han optado por iniciar un juego de sabotaje mutuo caracterizado por ofensivas borrosas, tercerizadas y solapadas. En público se lanzan flores y se abrazan como hermanitos, sacando pecho por compartir a Uribe como padre de corazón. En privado se sacan la lengua, patalean entre ellos e incriminan al otro de ser culpable de iniciar el berrinche. Los dos quieren derrotar a Cepeda, pero sus infantiles vanidades no admiten que se haga en un triunfo ajeno. No entienden que, ganen o pierdan, seguirán compartiendo el mismo padre y viviendo bajo la misma casa. Y al otro lado se encuentra, estático, como siempre, Cepeda. No se inmuta, no propone, no se moviliza. Permanece imperturbable mientras las dos candidaturas que lo pueden vencer se desangran entre sí. En últimas es el que se beneficia de la artimaña encubierta de sus rivales. Sin desgastarse sigue rompiendo techos en las encuestas, sabe que su campaña se la están haciendo otros. La derecha parece olvidar que las presidenciales pueden ir más allá del 31 de mayo. En su afán por imponerse han emprendido un juego sucio en el que se están ahogando solos. Y la consecuencia de esa mirada a corto plazo es, paradójicamente, el fortalecimiento de ese vecino maluco a quien aseguran querer derrotar.
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“Caro”, la palabra de moda en Medellín Por: @JFValenciaF El costo de vivir en Medellín es un problema. Uno, digamos, “dulce”, teniendo en cuenta que hace 30 años éramos la ciudad más violenta del mundo y nadie quería estar aquí. Ahora sucede lo contrario, hemos hecho las cosas bien en la ciudad y muchas personas, de otras partes de Colombia y del mundo, anhelan vivir aquí. Y yo prefiero enfrentar problemas que surgen a raíz del éxito y no de las tragedias. Y claro, lo que nos pasa es de manual, si muchos desean lo mismo, pero no hay más oferta de ello, los precios suben. Es el caso de Medellín, buena parte del costo de vida se explica por el costo de la vivienda, ya que cada vez más personas quieren tener aquí su hogar, pero se construye muy por debajo de esa demanda. A niveles preocupantes, hasta ciudades mucho más pequeñas como Barranquilla y Cartagena nos superan en niveles de construcción. ¿Las razones? Una mezcla complicada de entender. Rígidas regulaciones del Plan de Ordenamiento Territorial (afortunadamente en proceso de revisión, pero que cuenta como fallo del Estado, no del mercado); el fin de los subsidios de vivienda por parte del Gobierno Nacional; alta inflación en los últimos años; tasas de interés elevadas; el fracaso de planes de renovación como Nuevo Naranjal (oh, otro fallo del Estado). Pero claro, siempre será más fácil echarles la culpa a los gringos que intentar abordar un problema complejo. Todo esto para decir que tenemos una oportunidad de oro para entender y solucionar bien un problema, pero está en riesgo por políticos populistas expertos en sembrar odio desde la izquierda. La solución no es echar a los gringos, a los venezolanos, a quienes vienen de otras partes del país… no es regular precios o prohibir la vivienda turística: el problema no está en cortar la demanda, sino en aumentar la oferta. Y esto es un gana-gana porque no solo mantiene el crecimiento económico con el que viene la ciudad, con el menor desempleo del país, sino que si se dispara la construcción todo puede mejorar aún más. Es falso que en Medellín no haya espacio para hacer más vivienda, hay barrios subutilizados, céntricos y con servicios, que deben ser el escenario de un boom de la construcción: el Centro, Caribe, Naranjal, El Chagualo, Jesús Nazareno, Estación Villa, Sevilla, Barrio Colombia, Barrio Triste, La Bayadera, El Perpetuo Socorro y más. Seguro que Medellín está caro será el tema de las próximas elecciones locales, y trascenderá el simple enfrentamiento electoral. Serán visiones del mundo contrapuestas, ideologías chocando, y sobre todo, un marco de disputa de narrativas que, desde quienes defendemos el capitalismo, tenemos que afinar.
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La única opción Por: @TrujilloUrrea La última película de Park Chan-wook, el director coreano, a quien le conocimos su capacidad de imaginar en la celebrada “Oldboy”, es una correspondencia en dos vías. De un lado es una ingeniosa adaptación de la novela “The Ax” de Donald Westlake. De otro, es también una respuesta, una continuación de la conversación que había ya iniciado el cineasta griego Costa-Gavras quien presentó su versión del libro en 2005. Esta tripartita nos deja una obra expandida que reflexiona sobre las implicaciones sociales del neoliberalismo, del amplificado principio de la competencia. “La única opción” es principalmente una película sobre la ruina moral, sobre el descalabro humano de ver a los demás como competidores. La historia es un camino del héroe capitalista. El protagonista es un trabajador que goza de las bondades de la clase media consolidada. Tras ser despedido y no encontrar trabajo en 18 meses, se ve forzado a tomar ciertas decisiones buscando recuperar su vida perdida. A partir de ahí, el director nos guía, como Virgilio a Dante, por dos círculos del infierno: el del descenso moral de su personaje principal o el de la redención de un capitalista clasemediero que hace todo lo necesario por proveer a su familia. La interpretación de lo que vemos en pantalla es ambivalente. Lo que, visto desde ciertos lentes, sería una pérdida de brújula moral, de absoluta deshumanización, podría también entenderse como una épica posmoderna, como una tremenda capacidad de sobreponerse a la adversidad, incluso si de ello depende aplastar a los otros. El ethos que permite ver la ruina moral como un logro humano es el de la competencia, el de la supervivencia del más fuerte. La terrible lectura de la teoría de la evolución de Darwin nos dejó un modelo mental de imposición, vía fuerza y poder, de una existencia sobre otra. La economía de mercado subió el volumen a esta errónea interpretación de una disposición natural de los seres humanos a competir. No es cierto. No existe una naturaleza humana. Y si la hay, no es la del enfrentamiento, la de vencedores y perdedores. Cuenta Michael Tomasello que, a diferencia de otros primates, el Homo sapiens tiene una esclerótica — la parte blanca del ojo— muy visible. Esto es así para poder ver lo que los otros están mirando, para poder coordinar acciones, para poder cooperar. A Margaret Mead, la antropóloga estadounidense, se le atribuye la teoría del fémur fracturado que sanó como primer símbolo de civilización. Una pierna fracturada, para cualquier animal, supone la muerte. Para un humano, que puede ser ayudado por otro, no. El cuidado y la cooperación estarían, en ese sentido, en la base de la evolución humana. Lynn Margulis, la bióloga evolutiva, cuenta que las células eucariotas se desarrollaron no porque fueran las más fuertes, sino por una amable y provechosa convivencia celular. Es decir, la complejidad de la vida surge no porque unos organismos vencen a otros, sino porque aprenden a vivir juntos y a cooperar. La película de Chan-wook reflexiona sobre el principio de competencia llevado a las últimas consecuencias. Véanla por la razón por la que hay que ver películas. Porque nos ayudan a entender el mundo en que vivimos y a proyectar otras formas de ser. La imaginación, que es el cine y la literatura, son nuestro pasadizo a la utopía.
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Petro va a votar por Abelardo Por: @juancarbolivar Cálmense y lean primero. En estas semanas finales de contienda electoral volví a un clásico que suele adornar muchas bibliotecas: El arte de la guerra, de Sun Tzu. Un libro tan citado como poco comprendido, pero profundamente útil cuando se lee con atención. Su vigencia es evidente en la política, sobre todo si recordamos aquella idea del historiador y exmilitar prusiano, Carl von Clausewitz: “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. En campaña, esa frontera entre estrategia militar y cálculo político se difumina y se vuelve casi indistinguible. Sun Tzu no pensaba la confrontación como un choque frontal, sino como un ejercicio de percepción, desgaste y cálculo. Para él, la victoria superior no es la que se obtiene tras una batalla cruenta, sino la que se logra antes de que esta siquiera ocurra. En política, eso significa que no siempre se trata de destruir al adversario, sino de debilitar su entorno, fracturar sus alianzas o empujarlo a escenarios impopulares. Y la llamada “victoria fácil” no es un accidente, sino una construcción deliberada: elegir el terreno donde el rival ya está perdiendo. Clausewitz, por su parte, introduce una idea menos sutil pero igual de contundente: la concentración de fuerzas. La estrategia no es dispersarse en múltiples frentes, sino ser abrumadoramente superior en el punto decisivo. No se trata simplemente de buscar un rival débil por comodidad, sino de garantizar que, llegado el momento clave, la correlación de fuerzas sea tan desigual que la derrota del oponente sea inevitable. En términos políticos, esto se traduce en algo evidente: no todos los rivales son iguales, y no todos ofrecen el mismo nivel de resistencia. Y es ahí donde volvemos a Sun Tzu. Su principio de “atacar lo vacío y evitar lo lleno” es, quizá, una de las lecciones más crudas para entender una campaña electoral. El estratega eficaz no se lanza contra la fortaleza del adversario, sino que fluye hacia sus debilidades. Si el oponente está dividido, desgastado o carece de capacidad de convocatoria, el conflicto se resuelve rápido y con bajo costo político. A eso se suma el uso del engaño: hacer parecer fuerte lo débil y débil lo fuerte, manipular percepciones, inducir errores. En otras palabras, construir una realidad donde la victoria sea casi automática. Con ese marco en mente, la tesis puede parecer provocadora, pero es estratégicamente coherente con nuestra actualidad política: en un escenario hipotético (y maquiavélico), Gustavo Petro votaría por Abelardo de la Espriella el 31 de mayo. ¿Por qué? Porque la primera batalla ya está, en buena medida, resuelta. Iván Cepeda tiene asegurado su paso a segunda vuelta. Un voto más o un voto menos (incluso uno tan particular como el de Gustavo Petro, en este escenario hipotético) no hará la diferencia. La verdadera disputa no es esa, sino quién será su contendor final. Y es allí donde opera la lógica de Sun Tzu y Clausewitz: no se trata de quién representa mejor a la derecha, sino de quién es más fácil de derrotar. Desde esa perspectiva, Abelardo de la Espriella aparece como el rival ideal. No porque carezca de votos, sino porque limita su crecimiento. Su perfil polariza, reduce su capacidad de sumar apoyos amplios y dificulta la construcción de mayorías en segunda vuelta. Es, en términos estratégicos, un candidato que “espanta” más votos de los que convoca. Paloma Valencia, en cambio, representa el escenario opuesto. Tiene la capacidad de sumar distintos sectores, de recoger votos de quienes hoy están dispersos y de convertirse en un punto de convergencia. En una segunda vuelta, esa capacidad de expansión es decisiva. Un votante de Abelardo podría, incluso a regañadientes, votar por Paloma. Pero el camino inverso es mucho más improbable: buena parte del electorado actual de Paloma no migraría hacia Abelardo. Ahí está el punto crítico. Si el petrismo piensa en términos estratégicos (y todo indica que lo está haciendo), lo último que le conviene es enfrentar a un rival competitivo en segunda vuelta. La cuestión no es ideológica, es matemática. Es Sun Tzu en estado puro: asegurar la victoria antes de la batalla final. Por eso, aunque suene contraintuitivo, la jugada más inteligente para Petro está en facilitar que llegue el más débil. En ese tablero, Abelardo no es el enemigo más peligroso, sino el más conveniente. Y en política, como en la guerra, rara vez gana el más fuerte: gana quien elige mejor a su adversario. Si @ABDELAESPRIELLA pasa a segunda vuelta, la contienda dejaría de ser incierta; desde el 31 de mayo, el desenlace quedaría prácticamente escrito: @IvanCepedaCast sería el nuevo mandatario electo de Colombia.
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¿Todo bien en casa? Por: @CamilaAvril Los hipopótamos trajeron toda la experticia en hipopotamología que había adentro nuestro por haber leído un tuit o por ser seres humanos sintientes y preocupados por esos otros seres gigantes e indefensos que no tienen la culpa. También trajo toda nuestra experticia en definiciones: que no es eutanasia, que llamemos las cosas como son: genocidio, asesinato, crimen. Como si en este país ya no fuéramos expertos (por lo menos muchos, por experiencia) en esos términos, aunque de eso sí poco hablamos: de los muertos de la violencia mejor calladitos y de las víctimas mejor neguémoslas, que así nos vemos más bonitos y votamos mejor. (No es que hiciéramos mucho ruido con que la JEP dijera que el número de ejecuciones extrajudiciales es más grande: pasó de 6.402 a 7.837, e incluye más años: de 1990 a 2016). Por supuesto que también llegó lo de la ética, porque claro que todos vimos ética y religión en el colegio. De eso sabemos. A los científicos, en cambio, esos que han pasado años estudiando, esos que han estado en campo, que conocen el problema a fondo, que tienen argumentos científicos, conocimiento, a esos los han tratado de asesinos, de inhumanos, y de ahí para arriba. En redes parece un llamado a: no importa que mueran científicos, pero que no muera ni un solo hipopótamo. A los científicos, a esos a los que necesitamos escuchar, a esos no los escuchamos. Porque para qué las fuentes calificadas. La posibilidad de opinar en redes sociales nos empodera: es que podemos decir, podemos mostrar nuestros sentimientos, gritarles a todos que somos humanos, que nos interesan los seres vivos, que hay que hacer lo que haya que hacer. Lo imposible. Y ahí también juegan un papel importante los medios de comunicación que le dan la voz a cualquiera, que hacen notas sin fuentes relevantes, pero que son fuego para que el debate siga ardiendo y sumar clics. Los clics de hipopótamos pesan igual, o más. Pero los hipopótamos son solo un ejemplo. Opinar ahora es lo más fácil, sentados detrás de un computador. Todo hay que decirlo. De todo sabemos. Somos expertólogos en cada cosa. Expresarnos es un derecho, sí o pa qué. De dónde tanta rabia. A veces me pregunto. El otro siempre es el malo. El otro nunca tiene la razón. El otro tan pendejo, tan imbécil. ¿Todo bien en casa? Y al final es que ni siquiera sabemos argumentar ni debatir. Confundimos un sentimiento con un argumento. Los recibo de a uno. Pero en esta época no cabe escuchar al otro. Parece imposible cerrar el pico y escuchar (¡y sobre todo a los expertos!) qué tiene el otro para decir antes de lanzar en ráfaga palabras, repeticiones, ideas sueltas, compartir titulares efectistas, chats de WA. No todo hay que comentarlo. No hay que hacer una nota de cada estupidez. Nos urge aprender que está bien quedarnos callados cuando no sabemos. Que está bien no saber. Solo son dos palabras: No sé. También que podemos estar equivocados. Que la vida se trata de eso, de aprender. Y de ahí que sea tan importante, para empezar, escuchar a los que saben, a los que han estudiado, leer artículos de fuentes confiables, ir a los libros. En la época de la información, pues informarse bien. Elegir bien. Nos urge ir más despacio. Hacer una pausa. Pensar antes de.
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El mercado del dolor Por: Amalia Uribe Dicen que el tiempo lo cura todo. Pero creo que el tiempo, lo que hace, es que nos invita a vivir a pesar de lo que ocurra. Curarse no siempre es posible. Es, además, una carrera agotadora, difícil de ganar. Ahora es tendencia otra frase, más peligrosa: que el dolor llega para enseñarnos y hacernos evolucionar. Y en algunos casos sí hay aprendizajes en una ruina, en despedidas, en pérdidas. Pero cuando esto se convierte en un mercado del sufrimiento, la cosa cambia. Porque en ese dolor —sin importar cuánto aprendas— o cuánto saques de él, siempre hay alguien detras que sufrió mas. Que perdió mas. Alguien para quien ese dolor no significó más que eso. Sin pedagogía, sin moralejas. Lo veo en redes sociales y lo escucho con frecuencia en pódcasts. Se habla de las enfermedades y de las tragedias con mucha ligereza. Algunos lo llaman un regalo, otros lo consideran una batalla a la que se enfrentan, y otros, un karma o un castigo. Cada persona puede darle el sentido que quiera a lo que le ocurre, y tiene toda la libertad de elegir las herramientas que le sean útiles para transitar un duelo o una situación difícil. Pero hay varias cosas peligrosas y problemáticas en esos mensajes que vemos constantemente sobre el sufrimiento: Le resta responsabilidad a los factores externos, invalida el dolor ajeno o lo cuestiona: tal vez no hiciste suficiente para evitar la enfermedad, no has pagado suficiente karma bueno para aliviarte. Promueve esa idea del privilegio selectivo: si yo me alivié, me lo merecía; pero quien sigue enfermo, también lo merece.  Se instrumentaliza el dolor de los otros, al creer que un familiar tiene la función de enfermarse para que tú seas más feliz y te quejes menos. Y por último, la idea de que a todo lo bueno se le tiene que sacar provecho como sea. La trampa del utilitarismo. Quien sufre menos es porque ha hecho más cosas, o viceversa. Esa idea cala y entonces, además de atravesar un momento doloroso, te sientes culpable porque algo te faltó para no merecerte eso, como si la vida fuera una carrera de obstáculos. Y si lo es ¿cuál es el premio que recibiremos todos? Un final. Lo mismo. El dolor no es un mercado y en eso lo convertimos: en una plaza donde se analiza constantemente quién está peor, quien lo merece, quien no; y en el fondo, esa idea perversa de que para justificar nuestra existencia hay que sufrir y a mayor sufrimiento, mayor la recompensa. Escribo sobre esto porque pienso que el peso del dolor y la avalancha de emociones que trae es suficiente, como para agregarle, además, las “tareas” que socialmente se le exigen a quien llora o sufre. En mi caso, si algo ha hecho el dolor en mi vida ha sido obligarme a mirarlo de frente y a hacerme cargo. El dolor no es tan simple. Viene acompañado de culpa, de rabia, de nostalgia, de preguntas sin respuestas. Y al mismo tiempo, es lo que es: la confirmación de que seguimos vivos, de que casi todo está fuera de nuestro control, y de que el sufrimiento no constituye un mérito, sino algo que a todos los seres vivos nos atraviesa sin excepción.
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Una llanta de repuesto Por: @mariod2118 Uno de los argumentos más repetidos cuando Juan Daniel Oviedo decidió ser la fórmula vicepresidencial de @PalomaValenciaL era que el exdirector del DANE morigeraría las posiciones de la elegida por el Centro Democrático para intentar retornar al poder. Quizá sea innecesario, pero vale la pena recordar que el Centro Democrático fue el partido que se opuso con garras y dientes al proceso de paz, y que su actual candidata ha afirmado en más de una ocasión que la interrupción voluntaria del embarazo no es un derecho o que hay que separar el departamento del Cauca en dos para segregar a los indígenas. La presencia de Juan Daniel Oviedo no ha hecho —ni hará— que nada de eso cambie. Pero en fin, decían aquello de que la llegada de Oviedo a las huestes del uribismo serviría para moderar la campaña. El tirón inicial en la popularidad y las encuestas luego de la confirmación del exconcejal de Bogotá como compañero de Paloma pareció darles la razón cuando hablaban de un acierto en la escogencia. Pero su presencia sirvió, sobre todo, para aplacar la conciencia de quienes han sido críticos con el partido y el legado de Álvaro Uribe Vélez, pero confían —o quieren confiar— en que lo de Paloma, quien se ha declarado uribista hasta la muerte, no es la continuación de esa manera de ver el mundo. La idea de que @JDOviedoAr tendría el poder suficiente para aplacar una visión del mundo incubada en lo más profundo del uribismo es, cuando menos, cándida. Cuando más, cómplice. Lo digo porque Juan Daniel creció como figura pública y política a la sombra de ese mismo partido, aunque tenga algunas diferencias con la propia aspirante a la presidencia. Recuerdo que, tras la consulta que dejó a Paloma como vencedora y a Oviedo como rutilante estrella en ascenso, este último fijó unas líneas rojas que no se podían traspasar para poder ser el candidato a la vicepresidencia. Por fuerte que haya sido el trazo, parece que lo hizo con marcador borrable y las tales líneas se fueron desdibujando hasta desaparecer. No importa que Paloma Valencia diga, aquí y allá y más allá, que hay ciertos derechos reconocidos por la ley en Colombia que para ella no lo son —y aún así hay gente incapaz de notar en ella la deriva antiderechos—, Oviedo sigue ahí, incapaz de moderar nada, sonriente con su periódico en la mano. El más reciente desacuerdo —que disfrazaron luego con un abrazo forzado y el argumento repetido de la suma— fue la petición de Valencia a Uribe de que sea su ministro de Defensa y el posterior rechazo de Oviedo a tamaño despropósito que revela en la senadora y candidata un firme deseo de volver al pasado. «La presidenta soy yo», lanzó ella para ratificar que las posiciones de su fórmula no cambian ni un ápice la mirada en ángulo agudo de la aspirante a habitante de la Casa de Nariño. Al mismo Oviedo no le quedó otra opción que reconocer que su rol no es más que el de una llanta de repuesto, como el de todas las demás fórmulas, pero eso creo que ya estaba clarísimo para todos. Incluso para él. Su presencia en la campaña del uribismo no cambia, para nada, las prioridades que pueda tener el Centro Democrático y el expresidente Uribe —por interpuesta persona— para devolver al país a un lugar del pasado que algunos ven con nostalgia. Otros preferimos no olvidar la persecución contra la oposición, la cercanía de los círculos del poder con estructuras paramilitares y las ejecuciones extrajudiciales, lo que nos recuerda que aquellos años fueron tristes y peligrosos.
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El amistoso disenso Por: @ncalleh Nunca he entendido muy bien esa idea, a veces tan enquistada en nuestra sociedad, según la cual no se puede hablar con quien piensa diferente. En parte, porque siempre me ha parecido un poco tonta: no se puede hacer fuego sin fricción, de la misma manera que no se puede progresar ni desarrollar nuevas y mejores ideas sin contradicción. Quizá es por este motivo que, en mi círculo más cercano, por lo general busco personas que tengan ideas muy heterogéneas respecto de las mías. Es más, disfruto especialmente las conversaciones con quienes piensan diametralmente distinto a mí. Tal vez por eso la idea de la polarización se me hace profundamente absurda y posturas como “acabar con la extrema derecha” o “destripar a la izquierda” siempre me han parecido posiciones que parten de una profunda deshonestidad intelectual, máxime en un entorno democrático. Eso no significa, en ningún caso, que uno deba esconder sus posiciones o sumirse en la comodidad política e intelectual, como escuché hace unos días en redes. Defender las ideas y las convicciones propias me parece un deber casi moral de cada individuo. Tampoco confío en una persona que no sea capaz de sostener sus ideas; me parece, a la vez, inconveniente y absurdo. En estos días escuché que @PalomaValenciaL y Juan Daniel Oviedo nunca se ponen de acuerdo para dar declaraciones conjuntas. Para mí — aunque no coincido con ese análisis —, más que una desventaja, es una gran virtud en un escenario democrático como el colombiano, tan fragmentado. Esa falta de uniformidad no es señal de debilidad, sino de autenticidad y pluralismo: demuestra que aún es posible sostener diferencias sin caer en la caricatura del adversario ni en la imposición del pensamiento único. De hecho, en casos como este puede darse lo que he llamado el “amistoso disenso”: la capacidad de disentir con respeto, de confrontar ideas sin anular al otro y de entender que la discrepancia no es un obstáculo, sino una condición necesaria para la deliberación democrática. En un país donde con frecuencia se exige alineamiento absoluto o se castiga la divergencia, la posibilidad de construir desde la diferencia —sin romper los puentes del diálogo— no solo es valiosa, sino urgente. Ahora bien, esta columna, más allá de señalar lo que considero una cualidad loable de la campaña de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, es también un manifiesto en favor de disentir con cariño. Es, en esencia, una invitación al lector: no a dejar de ser férreo en la defensa de sus ideas —porque hacerlo sería renunciar a una parte fundamental de la autonomía intelectual—, sino a no olvidar que, siempre que se debate o se piensa diferente, se hace en relación con otro ser humano, con su historia, sus convicciones y su dignidad. Deberíamos, por tanto, privilegiar ese trato, esa consideración básica hacia el otro y entender que no vale la pena romper —especialmente en esta época de ánimos electorales exacerbados— los vínculos con la familia, los amigos o la pareja por temas como la política, que, si bien son importantes, pasan a un segundo plano cuando empiezan a erosionar nuestras relaciones y nuestra vida privada. No todo desacuerdo merece una ruptura, ni toda diferencia debe convertirse en un conflicto irreconciliable. A veces, en el afán de tener la razón, se pierde algo mucho más valioso: la posibilidad de seguir compartiendo con quienes pensamos distinto. Esto no implica relativizar las convicciones ni vaciar de contenido el debate público, sino aprender a poner cada cosa en su justa dimensión. Las ideas pueden ser objeto de crítica, de contraste e incluso de confrontación firme; pero los vínculos humanos requieren cuidado, paciencia y, sobre todo, una mínima — pero indispensable — voluntad de entendimiento. Disentir no debería implicar destruir; por el contrario, debería ser una oportunidad para comprender mejor al otro, para afinar los propios argumentos y para reconocer que, aun en la diferencia, existen puntos de encuentro que vale la pena preservar.
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El espejismo de Medellín Por: @Migueevam Medellín es una ciudad de la que sus habitantes estamos orgullosos. Por su historia contra la violencia, por su sistema metro, por los referentes musicales como Maluma o Karol G, artistas o deportistas como Fernando Botero o Mariana Pajón, y barrios que son calificados como los más cool del mundo como Laureles. Sin embargo, mi ciudad, esta ciudad a la que nos referimos como la “Tacita de plata” está llena de realidades incómodas a las que no nos atrevemos a darles la cara y simplemente encerrarnos dentro de nuestros propios delirios e indulgencias. Hace un tiempo hablaba con algunos familiares y decía que ciudades como Bogotá o Barranquilla eran muy clasistas o racistas, por ejemplo, pero acá en Medellín eso no pasaba, o al menos no tanto. El tiempo ha pasado, cada vez y escucho más cosas y me doy cuenta de que en Medellín el racismo, el clasismo, así como el machismo y la estigmatización de las corrientes de izquierda (y a veces hasta de centro) están vivos y tienen muy buena salud. Incluso, parte de los que promueven este tipo de pensamiento son sus líderes, como el alcalde Federico Gutiérrez. En estos años de mandato ha habido varios casos en los que @FicoGutierrez, tratando de mostrar orden y de mostrarse cercano, estigmatiza a una parte importante de la población, demostrando que a la hora de gobernar piensa en complacer a sus admiradores más que en entender las necesidades y condiciones de vida de los ciudadanos marginados. Un ejemplo de esto son sus declaraciones sobre los habitantes de calle. En marzo del año pasado dijo que los recursos para atender a una persona en situación de calle eran el triple de los que se necesitaban para atender el programa Buen Comienzo, por lo que en Teleantioquia pusieron en una publicación “¿Cree que se deben seguir destinando recursos para atender a esa población?”; un tiempo después la borrarían, pero el daño estaba hecho. Es francamente vergonzoso y preocupante que dos comunidades vulnerables se comparen y se ponga como debate público si la asistencia a una de ellas sea necesaria. Esa comparación revictimiza a los mendigos, pues su imagen es impopular ante la de los niños en adopción, por lo que la gente tiende a tener más simpatía hacia ellos. Igualmente, otro ejemplo vergonzoso del señalamiento que se hace cada vez más frecuente es el de los indígenas. Con la minga de la Alpujarra de principios de marzo de este año personajes mediáticos de la ciudad hicieron declaraciones estigmatizantes contra esta población. Un ejemplo de esto es un reel de la ex señorita Antioquia Laura Gallego, la cual empieza en tono burlón “di diez veces la palabra minga (minga-minga-minga)”, o en conversaciones que escuché en una visita, diciendo que esos “indios” están acabando con todo, que seguramente no se bañan y están llenos de piojos. En Colombia nos cuesta reconocer el racismo que está presente en nuestra sociedad. Estamos convencidos de que somos un pueblo mestizo y que por eso no hay segregación, pero estos comentarios muestran lo contrario, y que no somos una sociedad consciente de que lo somos y cómo nos afecta. Si bien es válido cuestionar los motivos por los que protestaban y la manera en la que obraron durante su manifestación no es válido caricaturizar con estereotipos a la gente, sin pararse a pensar en sus condiciones de vida y la falta de acceso en servicios básicos. Qué cómodos que son los prejuicios y los estereotipos. No cuestionan, no buscan una explicación, se ajustan a todo lo que creemos y nos explica cómo funciona el mundo, no importa qué tan distorsionada sea la explicación. Tampoco necesitan estar justificados, sino que nos podemos refugiar en ellos, pero por lo general encerrarnos en nuestros prejuicios termina haciendo más daño y siendo más ineficiente, porque muestra algo que también está muy presente dentro de nuestra sociedad: la pereza intelectual para esforzarse en entender nuestras condiciones. Aquí podemos hablar, otra vez, de Fico y de su intento de censura a la Biblioteca Pública Piloto de la semana pasada, quien dijo que el lanzamiento del libro sobre el M-19 De la guerra a la política, de Jaime Rafael Nieto López, tenía “un carácter evidentemente político y ninguna entidad pública puede albergarlo, además, por ley de garantías.” A pesar de que se puede disentir con el contenido y la posición del libro el alcalde no tenía por qué rebajarse a intentar cancelar un evento de una institución pública buscando darle aprobación a lo que sea dicho o no de un hecho histórico del país, más cuando solamente se limita a buscar atacar y dar una sensación de seguridad y orden en el que hubo una reacción sin preocuparse por el contenido del libro, sino por el tema que tocaba. Entonces, ¿qué nos queda? Medellín, a pesar de ser una gran ciudad a la que yo también amo y admiro, replica en la televisión departamental mensajes clasistas, tiene líderes y figuras de influencia cada vez más violentas y desinteresadas en comprender los fenómenos sociales por los que pasamos, señalan a poblaciones vulnerables sin tener en cuenta que también son ciudadanos y, sobre todo, se cierra para complacer a la gente que se conforma con los políticos de turno, por lo que podríamos decir que además de ser la ciudad de la eterna primavera somos la ciudad de la eterna autocomplacencia porque nos conformamos y vivimos constantemente satisfechos aplaudiendo a estos personajes que, con tal de estar apoyando causas políticamente cómodas se aseguran de tener un respaldo de popularidad. Medellín es una ciudad que cada vez cambia más, y que para estar a la altura de los retos a los que se enfrenta debe ser capaz de reconocer sus problemas y sus luchas, de dejar el conformismo y esa eterna autosatisfacción con la que nos mantenemos con tal de no perder la comodidad. Amar a Medellín, buscar que tenga lo mejor es dejar de conformarse con los discursos violentos, simplistas y estigmatizantes y buscar más dignidad, más esfuerzo, más compromiso en entender a la gente.
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Nosotros los trabajadores Por: David Méndez Chaux Para escuchar leyendo: Working Man Blues, Bob Dylan Hoy primero de mayo tengo la oportunidad de publicar mi columna semanal, coincidiendo con el día internacional del trabajador. Para refrescar la memoria de algunos, este día se originó en conmemoración de la represión de Haymarket en Chicago donde fueron asesinados líderes sindicales, conocidos como los "Mártires de Chicago". Y aunque parezca trasnochada esta conmemoración y en algunos casos se tome esta fecha como un descanso, merecido por demás, lo cierto es que las luchas por el reconocimiento de los derechos laborales permanecen inacabadas por causa de la negación de la fuerza humana como factor fundamental para la generación de riqueza en una sociedad. Con el crecimiento de la tecnología a pasos agigantados hay quienes consideran que los trabajadores son fácilmente reemplazables, lo que no entienden es que la dimensión y carga del trabajo se desplaza a quienes conservan sus puestos, contrario a lo que se asume de que la IA y la automatización logra generar valor superior al del ingenio y capacidad de un ser humano. Y esto no es problemático en función exclusivamente de la pérdida de puestos de trabajo, también lo es de manera conceptual en lo que se considera hoy un trabajador. Me explico, hoy bajo el eufemismo del "futuro del trabajo", se despersonaliza a quienes con su fuerza y tiempo permiten que modelos de negocio, sobretodo de tecnología, continúen funcionando. Le llaman colaborador, socio, juicer a quien genera riqueza a una compañía que se niega a aceptar sus condiciones laborales so pretexto de que se trata de un modelo que no comprenden las antiguas estructuras de contratación. Hay quien considera que se trata exclusivamente de plataformas tecnológicas tipo Uber o Rappi, pero esto va más allá. Las discusiones de la reforma laboral en Colombia entre 2023 y 2025 desnudaron la crudeza con la que ciertos empresarios ven a los empleados. No se les entiende ni percibe como condición necesaria para el funcionamiento de una empresa sino como un costo asociado, que entre menor sea, facilitará el crecimiento de los negocios. Pues bien, esto no solamente demuestra la inmoralidad con la que se considera que los trabajadores/obreros son apenas un elemento que configura una empresa y no, como debería ser, el factor que genera la riqueza de una compañía. O ante la ausencia de los mal llamados riders, ¿de qué manera una plataforma como Rappi podría crecer?; no seamos ingenuos, aunque la tecnología avance, la fuerza de trabajo es condición sine qua non para el crecimiento del capital. Y lo primero para que el panorama de reconocimientos laborales pueda transformarse y deje de venderse la idea de que el trabajo es privilegio y los derechos laborales son un beneficio, es entender que desposeídos del capital económico, lo único que tenemos es nuestra fuerza de trabajo, ya sea manual o intelectual. No somos menos obreros por habernos formado en universidades o hablar más de un idioma, no somos tampoco menos obreros por tener un rimbombante cargo, en una empresa, que por demás, no nos pertenece y la cual no dudaría ante una situación compleja, en depurarnos para reducir costos de operación. El trabajo no es un regalo ni un favor, como obreros y trabajadores que somos, debemos entender que se trata de una relación contractual donde vendemos nuestra fuerza y conocimiento a cambio de un salario que nos permite subsistir. Por esto, cuando se pregunten por qué las empresas crecen y generan valor en una sociedad, intenten no mirar arriba buscando un genio con capacidades infinitas, más bien, busquen en las manos y horas de dedicación de quienes día a día ejecutan proyectos e impulsan el avance de nuestra sociedad. Hoy es un día para reconocer que nosotros somos quienes construimos el mundo, quienes hemos construido Tebas, Bogotá y todo cuanto camina el ser humano. Les comparto, con aprecio de clase, un fragmento del poema de Bertolt Brecht "preguntas de un obrero que lee": El joven Alejandro conquistó la India. ¿El sólo? César venció a los galos. ¿No llevaba siquiera a un cocinero? Felipe II lloró al saber su flota hundida. ¿No lloró más que él? Federico de Prusia ganó la guerra de los Treinta Años. ¿Quién ganó también? Un triunfo en cada página. ¿Quién preparaba los festines? Un gran hombre cada diez años. ¿Quién pagaba los gastos? A tantas historias, tantas preguntas.
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Papasito Por: @SantiHenaoC Para escuchar leyendo: Nada que ver, Aterciopelados. Si no recuerdo mal, eran seis mujeres con vestidos ceñidos en los alrededores del Centro Comercial Andino de Bogotá, en una de esas noches capitalinas tan frías que me preguntaba cómo podían estar ahí sin el temblor que me acomete a mí cuando camino esas calles. Se iban pasando el micrófono y hablando de las supuestas desventajas de tener novia colombiana. Cada una respondía haciendo alarde de un deseo sexual desmedido, de una necesidad inmensa de atención masculina y de todo aquello que usted y yo sabemos que compone la imagen distorsionada que tienen millones de extranjeros cuando viajan a nuestro país a satisfacer sus retorcidos apetitos. Y todas con el mismo dejo que supuestamente tenemos los paisas al hablar, pero que no es más que una exageración amanerada y sexualizada de lo que es en realidad el acento de nuestras mujeres. Una exageración que encaja perfectamente en la imagen distorsionada que convence a esos visitantes de encontrar productos en serie donde, en realidad, hay varias generaciones de personas —mujeres en su inmensa mayoría— que no tuvieron acceso a las oportunidades de una vida digna. Sí, ese mismo dejo con el que Carolina Giraldo, Karol G, canta la canción homónima a esta columna, cuya letra bien podría ser el diálogo en spanglish de alguna de estas mujeres víctimas con el extranjero victimario. Y lo digo con toda claridad, sin rodeos: víctimas y victimarios. Porque, aunque muchos podrán increparme alegando una supuesta decisión de vida, es una verdad de a puño que caer en las redes de los explotadores sexuales es un camino abonado por la falta de oportunidades, por entornos violentos y carentes, y por una ausencia de horizonte cuando se piensa en el porvenir. Toda la mafia que se moviliza con los millones de dólares que genera el turismo de explotación sexual ha alimentado esa imagen y ese entramado que tan hondo ha calado en una Medellín que sigue escondiendo debajo del tapete esta verdad dolorosa. Las reflexiones que se generan en torno a este flagelo generalmente apuntan a las mujeres, blancos fáciles de acusaciones apresuradas que se niegan a reconocerlas como víctimas primarias y profundas de una esclavitud moderna. Se pasa por alto a los carteles de la droga, a los extranjeros victimarios, a quienes venden esos malditos y mal llamados paquetes de turismo sexual, a quienes siguen explotando y enalteciendo las historias del capo que tanto dolor nos trajo, y a quienes, desde múltiples redes sociales, depredan a niños, niñas y jóvenes para arrebatarles la vida y el destino. Sin olvidar industrias "legales" —bares, hoteles, producción musical, turismo— que se prestan para hacer realidad el parque de atracciones para degenerados que algunos quieren perpetuar en nuestra ciudad. Esto hay que acabarlo de raíz, con la presencia efectiva de un Estado que cuide sus fronteras y controle el ingreso de sus visitantes, pero, sobre todo, que garantice las condiciones dignas para el desarrollo de una vida plena. No podemos tolerar el eufemismo vergonzante y canalla de "industria sexual" cuando de lo que se trata es de víctimas y esclavitud. Basta ya de los papasitos y los ay, qué rico, tú. ¡Ánimo!
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Falta un mes para la primera vuelta presidencial en Colombia y las campañas ya se sienten en su punto más tenso. Las encuestas aparecen cada semana y cambian el panorama. Entre cifras, titulares y especulación, surgen preguntas clave: ¿hay una victoria en primera vuelta en el horizonte? ¿Qué está pasando con el centro político? ¿Qué significa que Iván Cepeda siga creciendo en las encuestas? open.spotify.com/episode/1sPyVJ…
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Nerón y el incendio del suroccidente Por: @samuel_sarriaa Cuando el mal sabe que quien se supone lo debe antagonizar no va a plantarle cara, se fortalece. Cuando la barbarie, libre de detractores, propia de las disidencias armadas y numerosas estructuras criminales incrustadas en una región, se perpetúa en atentados contra la sociedad civil, la ruralidad, las áreas intermunicipales, el ejército, la policía y la integridad social del territorio, arremete de forma inmisericorde y su falta de humanidad se demuestra en las acciones violentas que lleva a cabo. ¿Quién detiene al mal? Se supone que eso le corresponde al orden. ¿Y quién rige al orden? Nuestros gobernantes, en todos sus niveles, desde el nivel de gobernanza nacional más elevado hasta la escala territorial más pequeña. Frenar la violencia, y ver de frente a la plaga de actores armados que amenaza al suroccidente colombiano, le compete -y es la inexorable obligación- a las autoridades en cabeza de nuestra fuerza pública. En varios sentidos nos encontramos de frente ante un elemento fundamental para entender por qué el terror está pasando en estos momentos en los departamentos del Valle del Cauca y el Cauca. Hace 1962 años, el imperio romano sufrió un episodio devastador en el que su metrópoli capital tuvo un incendio: incendio que aconteció durante el reinado de Nerón César Claudio Augusto Germánico, el emperador que -según varias fuentes históricas- fue indiferente ante el cataclismo y hasta incluso cantó desde una torre a modo de celebración sobre la tragedia. Posteriormente, construiría un nuevo palacio sobre las zonas de la ciudad que habrían quedado en ruinas, su Domus aurea. Casi dos milenios más tarde, nos ubicamos en un tiempo en el que la historia casualmente sigue caminos similares. Tenemos un jefe de Estado que celebró su natalicio el pasado 19 de abril, mientras que, en paralelo, el orden público sobre la región del sudoeste se deterioró dramáticamente: explosivos en la Vía Panamericana que cobraron la vida de 11 personas, entre ellas dirigentes sociales y agricultores; vehículos bomba en la tercera brigada del ejército -Batallón Pichincha- en Cali que dejó dos mujeres heridas; reportes del ejército de 26 ataques en los últimos días de la semana pasada. En total, se estima que de todas las eventualidades hay alrededor de 50 personas heridas, incluyendo cinco menores de edad. Frente a estas circunstancias, el presidente calificó estos hechos de “terroristas”. Pero hay una grave connotación detrás de esa afirmación y esa es una falencia fatal detrás de las afirmaciones del presidente. El “terrorismo” se entiende -según la RAE- como la articulación criminal de actores organizados que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos. Y le prometo, presidente, que las disidencias de las FARC, el Estado Mayor Central, alias “Marlon” e “Iván Mordisco” no tienen fines políticos. Son la continuación de la depravación humana que trajo el conflicto y, consecuentemente, el resultado de la enfermedad que nos ha dejado centurias de violencia en el país. Así mismo, en medio de más de 80 ataques previos en la región durante este periodo de gobierno, con un saldo de más de 20 muertos y la perpetua inestabilidad social que ha dejado el uso de drones explosivos, vehículos bomba, volquetas acondicionadas como lanzadoras y una variedad de explosivos en zonas urbanas y rurales en detrimento de la infraestructura y la moral civil, agravando la percepción de inseguridad y la desesperanza. Mientras que la coordinación de la fuerza pública local ha resultado insuficiente para garantizar la prevención de la violencia armada y la salvaguarda de la paz ante estos continuos ataques, el mal persiste y presiona sus ataques sobre la población. Las autoridades territoriales se han quedado cortas, pareciera que fueran ajenas a la crisis y la contemplaran desde lejos… …Mientras el gobernante “canta” indiferente, cuando se consolida el terror en la región… …Mientras nuestros líderes se quedan al margen, y Nerón observa un incendio que se esparce sobre el suroccidente. Incluso genera la pregunta: ¿Y después qué clase de monumento se construirá sobre las ruinas que deja la muerte, la violencia y la zozobra?
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La deuda vigente Por: César Herrera De la Hoz En 2022, el Cauca fue uno de los departamentos que más respaldo le dio a Gustavo Petro en la segunda vuelta presidencial. Cuatro años después, los actos terroristas en ese territorio se multiplicaron de manera sostenida durante su gobierno. Miles de personas quedaron confinadas en 2025, sin poder moverse, sin acceso regular a servicios de salud o educación, y bajo el control de grupos armados que seguían operando mientras las mesas de paz permanecían abiertas. La pregunta obvia es por qué, incluso después de ese deterioro, una parte importante de ese electorado podría seguir viendo con más simpatía una opción de continuidad que una promesa de ruptura. La respuesta incómoda es que tiene razones para hacerlo. El Cauca no votó por Petro en 2022 porque desconocía los riesgos de su propuesta. Votó porque las alternativas anteriores llevaban décadas sin resolver nada sustantivo. La seguridad, entendida como operativos, aspersión, presencia militar intermitente y promesas de orden desde el centro, ya había pasado por esos territorios. Y cuando se fue, los grupos armados seguían ahí: más fuertes, más organizados y más integrados a la economía local. Por eso, una eventual inclinación hacia la continuidad en regiones como el Cauca no puede leerse simplemente como irracionalidad política. También expresa la dificultad de creer en quienes prometen lo contrario sin explicar por qué esta vez sería distinto. Eso, sin embargo, no absuelve al gobierno que termina. La paz total prometía una alternativa a la seguridad tradicional, pero tampoco la cumplió. Los grupos que se sentaron a negociar no dejaron de reclutar, desplazar, confinar ni extorsionar. En el Cauca, como en otras regiones del país, la política de paz terminó funcionando más como un paréntesis para la consolidación de economías criminales que como una herramienta efectiva para desmantelarlas. El diagnóstico que he planteado en otras columnas se mantiene: sin oferta real, sin métricas, sin condiciones verificables y sin consecuencias claras ante el incumplimiento, no hay proceso de paz capaz de competir con la lógica del crimen organizado. Lo que queda para el próximo gobierno no es un debate simple entre paz y guerra. Es una pregunta más difícil: ¿cómo construir una oferta de seguridad que el Cauca, el Chocó, el Catatumbo o el Bajo Cauca tengan razones reales para creer? No una promesa de fuerza que ya ha mostrado sus límites. No una mesa de diálogo sin condiciones que también mostró los suyos. Algo distinto, que todavía no existe y que algún candidato debería explicar con claridad. Esa es la verdadera herencia del gobierno que termina: no los acuerdos firmados ni los procesos abiertos, sino el tamaño de la deuda con los territorios que más apostaron por el cambio y menos lo recibieron.
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Conversaciones difíciles Por: @piedadrestrepor Dicen por ahí que de política y religión no se habla en la mesa o en casa. Quienes lo recomiendan seguramente han sido testigos o han participado de peleas entre familiares o amigos que incluso llegan a los golpes. Cuando hablamos de política estas desavenencias son lamentables porque impiden que podamos disentir en nuestras opiniones con argumentos y no con insultos, atropellos, descalificaciones y hasta asuntos más delicados como agresión física y hasta la muerte. Creo que la raíz del problema tiene que ver en que en el fondo quienes discuten desde la descalificación tienden a no entender las diferencias o a simplemente no aceptarlas. La visión del mundo que tienen es la que creen el resto del mundo debería compartir y cuando encuentran que el otro no piensa igual es allí donde surge la incomodidad al punto de cerrar la posibilidad de diálogo y entendimiento. Y sobre esto último, la posibilidad de entender al otro en sus posiciones es donde surge una palabra que me gusta usar porque creo que gran parte de nuestros problemas personales y colectivos pasan por no ejercitar la empatía. Ese tratar de ponerme en el lugar del otro: del que sufre, del que no ha tenido las mismas oportunidades, del que vive en contextos tan distintos al mío, del que tiene otra cosmovisión, no mejor ni peor, solamente otra distinta a la mía. Una distinción que ayudaría mucho a esas conversaciones cotidianas tan importantes para fortalecer nuestra democracia es pensar que los políticos en ejercicio, esos que quieren que votemos por ellos para llegar al poder, si tienen que convencer a la gente, pero quienes no ejercemos ese rol, sino el de ciudadanos votantes, no deberíamos tener la intención de convencer a nadie para que comparta nuestras preferencias, o al menos no como objetivo de la conversación política. Deberíamos proponerla para compartir y discutir visiones sobre los problemas públicos y la forma de abordarlos. Si en ese camino de escucha mutua alguno cambia su visión, pues bienvenida sea, pero no debería ser el propósito de la conversación ciudadana cotidiana sobre la política. Jünger Habermas, filósofo alemán que recién murió hace algunas semanas, tiene una frase muy bella sobre lo que significa la democracia: “La democracia no se sostiene solo con leyes o instituciones; vive de la participación de ciudadanos que discuten, que argumentan y que están dispuestos a escuchar razones mejores que las propias. Solo cuando el poder se somete al juicio público y a la fuerza del mejor argumento puede llamarse verdaderamente democrático.” Ahí el llamado es para ciudadanos y políticos, para que conversen bajo el respeto mutuo y busquen un consenso a partir del entendimiento  y acuerdos basados en el mejor argumento, sin manipulación y uso de la fuerza. También implica que hay igualdad entre todos quienes participan de ese dialogo, con igual derecho a preguntar, argumentar y sin que medien relaciones de autoridad. A esto se le denomina la ética del discurso y el filósofo la propone como la mejor forma de resolver los conflictos en sociedades democráticas. Recuerdo siempre la frase del excandidato presidencial Álvaro Gómez Hurtado, quien dijo sabiamente que en Colombia se requería para salvar la democracia antes que cualquier cosa un “acuerdo sobre lo fundamental”. A treinta años de su magnicidio, aún el país no logra llegar a esos acuerdos, y estamos repitiendo de forma muy peligrosa en esta campaña presidencial un nivel de intolerancia hacia quien no piensa igual en lo político que nos recuerda escenarios de confrontación que precedieron un gran número de muertes violentas a políticos en el país e incluso la desaparición de un partido como el de la Unión Patriótica. Recientemente, alguien me compartió un video de una mujer que siendo una niña perdió en los años ochenta a ambos padres, militantes de la Unión Patriótica. Ella recordaba los hechos que precedieron sus homicidios y analizaba lo ocurrido desde la emocionalidad de la pérdida, pero también desde una reflexión profunda sobre nuestra sociedad y lo absurdo de esas muertes. Ella en aquella época enfrentaba una disonancia: de un lado, creía que sus padres eran buenos, pero de otro lado, se preguntaba porque si prestaban una labor buena para la sociedad, los habían matado. Al final ella concluyó que en Colombia exterminaron una fuerza política emergente sólo porque pensó distinto la forma de resolver nuestros problemas frente a los dos partidos tradicionales que tenía el país hasta ese momento. La democracia necesita conversaciones, muchas de ellas muy difíciles. Porque no somos iguales y nuestras nociones sobre la justicia también difieren. En la discusión pública en Colombia poco oímos de ética, pese a que gran parte de nuestros problemas están enraizados en lo ético. Así las cosas, ese acuerdo sobre lo fundamental del que hablaba Gómez debería estar mediado justo por la ética del diálogo para buscar una convivencia pacífica, civilizada y propositiva.
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Sobre el voto, el fanatismo y lo que perdemos sin darnos cuenta Por: @MariantoniaRG Hablar de política no solo está bien: es necesario. Una sociedad que evita el debate político le cede el campo a quienes toman las decisiones sin que nadie los cuestione. El problema no es hablar. El problema es lo que a veces hacemos con esa conversación: convertirla en la vara con la que medimos si alguien merece seguir cerca de nosotros. Votar es uno de los pocos actos verdaderamente igualitarios que existen. En la urna, el voto de cualquier persona vale exactamente lo mismo que el de cualquier otra. Eso tiene un peso que no es menor y merece ser ejercido con convicción y con información. Nadie debería votar por inercia, por miedo o porque alguien más le dijo que debía hacerlo. Pero el voto es también un acto íntimo. Y casi nunca es simple. Tendemos a creer que el candidato por el que alguien votará parece decir todo sobre quién es esa persona. Pero eso es reduccionista: en muchos votantes hay dudas y cambios de decisiones; en otros, cierto envalentonamiento al cantar su voto, porque se sienten ganadores. En parte de la población hay temor de verbalizar su intención, so pena de ser ridiculizado o señalado, o incluso de perder el trabajo si hace explícita una postura política distinta a la del jefe. La gente vota por razones que no siempre tienen que ver con ideología. Vota por lo que escuchó en casa, por lo que vio que le funcionó o no le funcionó a su municipio, por hartazgo, por esperanza, por miedo a lo desconocido. Las motivaciones son complejas, pero el fanatismo no tiene paciencia para entender eso. Lo que más me llama la atención no es el desacuerdo, que es normal y muy saludable. Es la velocidad con que ese desacuerdo se vuelve juicio moral. Como si disentir políticamente obligara a concluir que el otro es, en el mejor de los casos, un desinformado, y en el peor, una mala persona. Paradójicamente, solemos ser más exigentes con el amigo que vota distinto que con los propios candidatos. Candidatos que, a menos de un mes de las elecciones, siguen sin aparecer en un debate serio, sin aclarar sus propuestas, sin responder preguntas incómodas. La energía que gastamos juzgando a los cercanos es energía que le quitamos a la exigencia ciudadana que sí podría cambiar algo. Eso no significa que haya que callarse. Ni que todas las posturas sean igualmente válidas. Significa que una conversación política que empieza con la disposición genuina de entender por qué el otro piensa lo que piensa suele llegar más lejos que una que empieza con la certeza de que está equivocado. Los gobiernos duran períodos, pero la vida sigue. No digo que eso signifique evitar el conflicto ni que la política no merezca pasión. Digo que vale la pena preguntarse, de vez en cuando, cuánto estamos dispuestos a perder. Porque a veces lo perdemos sin siquiera notarlo, en medio del ruido, convencidos de que estábamos ganando.
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Positivo para más falsos positivos Por: @Tania_Torres___ Puede que, para muchos, la Jurisdicción Especial para la Paz sea solo una institución más. Pero no se puede olvidar que ha sido clave para devolverle a millones de colombianos la posibilidad de reconstruir su historia. Hoy, esa misma institución reveló que la cifra de falsos positivos no se reduce a 6.402, sino que asciende a 7.837. No es un detalle menor: responde a la ampliación del periodo de investigación, que pasó de 2002–2008 a 1990–2016, incorporando casi mil informes de víctimas. Es decir, no estamos ante un número que crece, sino ante una verdad que apenas empieza a aparecer completa. Y, aun así, hay quienes convierten estas cifras en insumo de campaña, las usan, las acomodan, las repiten como si fueran un argumento más en la puja política. Da igual si es desde la derecha o la izquierda: cuando se instrumentaliza el dolor, lo que se hace es revictimizar. Porque detrás de cada número hay una madre sin respuesta, un padre que sigue buscando y una familia que no pudo cerrar su duelo. Por eso incomoda y tiene que incomodar, que se plantee a Álvaro Uribe Vélez como posible ministro de Defensa no es una provocación menor ni un debate abstracto. Muchos de estos crímenes ocurrieron durante su gobierno y nombrarlo en ese cargo no es solo una decisión política: es un mensaje. Un mensaje que, para las víctimas, puede leerse como un premio al poder y una burla sobre quienes siguen esperando verdad. No se puede construir confianza sobre esa contradicción, no se puede hablar de reparación mientras se reabre la herida, no se puede exigirle a las víctimas que confíen si el Estado no es capaz de reconocer lo que pasó en toda su dimensión. Además, esta cifra sigue siendo un aproximado. Los procesos continúan, las versiones no se han agotado y aún hay verdades que no han salido a la luz. Presentarla como un dato cerrado es, de nuevo, una forma de reducir lo que en realidad sigue abierto. Si el propósito de la JEP es la verdad, la reparación y la no repetición, entonces la conversación pública debería estar a la altura. La memoria no es un recurso político ni un argumento de ocasión, es una responsabilidad. Hay imágenes que ayudan a entenderlo mejor que cualquier cifra. Recuerdo haber tenido 16 años cuando vi por primera vez una fotografía de Jesús Abad Colorado. No era solo el desplazamiento: era la sensación de una vida interrumpida. Familias cargando lo poco que les quedaba, como si toda su historia tuviera que caber en una maleta. No era una escena lejana; era la evidencia de que el país que uno habita también es ese y esa incomodidad debería quedarse. En Bogotá, sobre la Avenida de las Américas con carrera 29, está el Museo de la Memoria. Es un edificio gris, atravesado por puntas, que incomoda incluso desde afuera. No es casual: no está hecho para ser amable. Está ahí para interrumpir, para recordarnos que, mientras la vida sigue en su afán cotidiano, hay una historia que no se puede suavizar, hoy parece un elefante blanco: está, pero no se mira; existe, pero no es prioridad. No es tendencia, no es conversación, no es el foco del momento. Y, sin embargo, representa a quienes no han podido seguir avanzando al mismo ritmo que el resto del país. A quienes siguen detenidos en ese punto donde todo se rompió. Hace pocos días murió Virgelina Chará, una mujer que dedicó su vida a tejer memoria. Su ausencia también es un recordatorio: la memoria no se sostiene sola. Hay que cuidarla, insistirla, defenderla. Por eso, más allá de las cifras, la tarea es clara y no admite matices: vamos a seguir exigiendo la verdad porque así como hay vidas que quedaron suspendidas en el conflicto, también hay una responsabilidad colectiva de no dejarlas en el olvido. Que muchas familias puedan encontrar algo de tranquilidad depende de que esa memoria se siga tejiendo, sí, pero no desde la revictimización, sino desde el respeto y la dignidad.
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Mercaderes de votos: Una reflexión para cristianas y cristianos con conciencia Por: @vanessagg19 En estos días de tanto marketing electoral, hay una escena que viene a mi mente con una claridad que no puedo ignorar: cuando Jesús entra al templo y ve que lo han convertido en un mercado, Él, con su emoción más humana sin dejar de ser Dios, voltea las mesas con ira; sin guardar silencio dijo con autoridad: "Mi casa será llamada casa de oración, pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones." Esto describe lo que está pasando hoy en muchas de las iglesias de este país. Soy cristiana. Y precisamente porque lo soy, y porque valoro profundamente lo que representa la iglesia en Colombia, me indigna ver su espacio comprometido por intereses electorales. Las iglesias evangélicas y pentecostales representan cerca del 20 por ciento de la población colombiana, alrededor de diez millones de personas. El Ministerio del Interior ha otorgado más de 9.500 personerías jurídicas a iglesias en todo el territorio nacional, un promedio de nueve por municipio. Somos una comunidad masiva con arraigo profundo en los sectores más vulnerables, donde la iglesia llega, sirve y acompaña. Esa labor merece respeto, merece protección, y no merece ser convertida en operación política. La campaña de Abelardo De La Espriella ha encontrado en los templos un canal que ninguna pauta publicitaria puede igualar, miles de personas reunidas voluntariamente, con confianza y con el corazon abierto. En ese espacio sagrado ha logrado meter la campaña, una campaña que además ha sido construida sobre la descalificación sistemática del otro. Esas prácticas, que no representan lo que creemos y no se santifican por ocurrir dentro de un templo, son y seguirán siendo manipulación, igual que lo es usar la pobreza y la necesidad del pueblo colombiano para apalancar el poder con discursos de odio. Distinto escenario, mismo manual. A los pastores y líderes que conducen esas congregaciones les digo con el respeto genuino que me inspira su labor: ustedes han construido lo que ningún político ha sido capaz, la confianza de su comunidad, que es un tesoro cimentado con años de servicio genuino, de acompañar dolores, de sostener familias, de orientar jóvenes en el extravío, de predicar esperanza. Ese capital no se presta, ni se vende, es una responsabilidad gigante que debe llevarnos a confrontar el poder cuando quiere mercadear con la Fe. A los creyentes, usemos nuestra conciencia con todo lo que sabemos y con todo lo que hemos aprendido a fuerza de vida y Fe. Los valores que definen a una comunidad cristiana no son negociables: la justicia, la compasión, la dignidad del otro, la restauración de quien ha caído, la unidad por encima de la división. No el elitismo, no el sectarismo, no el miedo usado como herramienta, esos no son valores del evangelio, son herramientas del poder disfrazadas de Fe. La segunda imagen que no me abandona, es la de un Jesús que no vino a dividir sino a restaurar, que tiende puentes, que busca la justicia para los más vulnerables no con discursos sino con actos concretos. Ese propósito, de unidad, restauración, justicia con compasión, es exactamente el criterio con el que debemos mirar a quienes hoy piden nuestra confianza. Queda entonces una sola pregunta, pero hay que hacerla con honestidad, ¿Quién actúa más parecido a quien restaura en lugar de condenar, a quien incluye en lugar de excluir, a quien ha estado del lado de los más vulnerables no con discursos sino con hechos concretos y verificables? La respuesta está ahí. Somos diez millones de personas con criterio, con historia, con Fe vivida en lo cotidiano. Esa Fe nos da una brújula, usémosla porque el voto merece hacerse como la oración, en intimidad y conciencia.
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Viajar a la luna Por: @Martinposadam Viajar es morir un poco. O, al menos, dejarse morir un poco. Aterrizo de un viaje a China, Hong Kong y Corea del Sur y me preguntó: ¿qué me pasó? Se escribe para llegar a saber lo que queremos decir, dice María Negroni. Escribir es como arrancar maleza del jardín. La maleza, como las ideas, aparece de la nada. Al regresar, encuentro mis plantas asfixiadas por la maleza. Descubro, sin embargo, algunos árboles y plantas extrañas que decido conservar. Escribir, creo, es escoger la maleza que se va a conservar en el jardín. Las manos quedan llenas de tierra. Interrumpo la programación habitual de los colores porque, en esta ocasión, no me cabe un solo color. Me gusta escribir de los colores en un vano y mediocre intento por simular unas propagandas. Un tío me dijo que a veces sueña con propagandas, ve anuncios en sus sueños. Me pareció fascinante. Recordé los anuncios en Six Feet Under. Escribo sobre colores como quien incluye propagandas para niños en mitad de un noticiero. Recuerdo las propagandas de juguetes o al famoso Tal Cual, que atrapaban mi atención. Esta vez se me regó la pintura. ¡Mierda! ¡Se mezclaron los colores! Viajar es llenarse de color. A las malas, diría yo. ¿Dónde se guardan las caras, los lugares, los atardeceres, los ríos, las montañas, los árboles, las flores, los edificios, los platos, los libros, la música, las obras de arte, las calles, las vestimentas, la basura, los pensamientos, las emociones, y, en fin, los recuerdos, que se recogen en un viaje? Susan Sontag, antes de viajar a China, escribió: ir a China es como ir a la luna. Siempre decimos que lo más lejos que se puede ir es a China. “Eso queda en la conchinchina”. Puedo decir que viví un 0.33% de mi vida en China. No sé muy bien eso qué significa. Creo que eventualmente lo descubriré, o no. Viajar es como hablar con un muerto. Por lo general, el muerto deja tareas cifradas en frases enigmáticas. Deja tareas que no sabemos cuáles son. Estar vivo es, quizás, descubrir esas tareas, hacerlas, repeat. El viaje me dejó tareas que intento descubrir. De repente me vuelco por completo hacia la literatura, la música y la pintura chinas y coreanas, así como al cine asiático en un intento un poco torpe por descifrar lo que viví y, ojalá, encontrar las tareas. Hay algo en los libros, en el cine, en el arte, que no alcanzan a ver nuestros ojos. Cine: Mekong Hotel, Blossoms Shanghai, An Asian Ghost Story, The Farewell, Return to Seoul, Ghost in the Shell. Libros: Journey to the West, Three Kingdoms, Jasmine Tea de Eileen Chang, The Maverick Pig de Wang Xiaobo, el I Ching (viejo conocido), Beasts of a Little Land de Judea Kim y, sin duda, volver a Han Kang. Entre las canciones: When Will You Return y la guitarra de Kyoji Yamamoto. Pintura: las obras de Liu Ye, Duan Jianyu, Min Joungki, Yuko Mohri, Chun Kyung-ja, Park Eun Tae, Kim Jung-heun, Wu Guanzhong. Un viaje está incompleto cuando se hace en un típico recorrido turístico. El arte desafía esas fronteras visuales atrapaturistas. Como los restaurantes caros, los edificios lujosos, los recorridos guiados. Y, entonces, ¿qué es real?, ¿dónde está la realidad? Por eso me gusta visitar museos de arte. Porque son indóciles, irreverentes, no buscan agradar, y, quien los visita lo sabe (o debería saberlo). La tarea del dócil es esconder lo real. ¿O no? Al llegar a la Muralla China a las afueras de Pekín, la sensación de regocijo duró poco. Intenté caminar lo más que se podía sobre ella en un intento romántico por imaginar los pasos de las antiguas dinastías, los posibles ataques, las conversaciones entre guardias. Recordé que en mi infancia me había obsesionado con esa construcción. Se me hacía inconcebible pensar en una muralla que rodeara todo un país. La había visto en un libro ilustrado con “las maravillas del mundo”. Recordé la sorpresa de ese Martín con nostalgia. Ahora que estaba ahí, no era lo mismo. Tenía nostalgia de la felicidad que el Martín niño imaginó tener al conocer la Gran Muralla China. Nostalgia de la imaginación. El viajero va dejando un poco de sí mismo en cada lugar que visita. Viajar es un desafío porque nos muestra —con crudeza— vidas que no tenemos ni tendremos. ¿Quién sería si hubiera nacido en Hong Kong, en Guilin, en Shanghái, en Seúl? ¿Quién podría ser si hubiera ido a la universidad en alguna de esas ciudades? ¿Cómo pensaría si hablara mandarín o coreano? Pero también puede mostrar futuros posibles (¿o imposibles?). ¿En qué me convertiría si viviera aquí? ¿Qué se sentirá hablar mandarín? ¿Qué se sentirá hablar con Zhen (una amiga de Chuzhou que vive en Zúrich) en su lengua natal? Conocí una librera en Seúl. La señora, al ver que llevaba conmigo una pila de libros que amenazaba con caerse, se me acercó y, viendo mi obvio rostro extranjero, me preguntó si tenía membresía. Me explicó que, con la membresía, podría obtener un 10% de descuento. Me ayudó a registrarme y me entregó dos cupones que, juntos, sumaban 20.000 wones (casi 65.000 pesos colombianos). Le agradecí en un inglés que me pareció insuficiente, por lo que pronuncié un “gracias” en español que encontré más sincero y, creo, entendió. Al otro día regresé, me reconoció. Otra vez tenía en mis manos una pila de libros. Ella se rió y, a escondidas, me regaló otro cupón. No supe su nombre y su rostro, con los días, se me olvidará. “Gracias”. “Gamsahamnida”, la única palabra que aprendí en coreano. Para cerrar, porque mientras escribo descubro, creo que parte de la gran crudeza de este viaje está en la imposibilidad de mimetizarse, de pasar desapercibido en estos lugares. Mis facciones me delatan. Por más que intente camuflarme (cosa que siempre intento hacer cuando viajo), allá resultaba imposible. Se activa de inmediato mi condición de “turista” y, con ella, algo de mentiras. Algunos activan un rechazo inmediato, otros una falsa benevolencia que se interesa más en mi bolsillo que en mi presencia. Pienso en lo genuino y su escasez. En la imposibilidad de comunicación, descubro que el inglés no es la supuesta “lengua común”, como la que existe en la galaxia en Star Wars. La lengua común es el silencio. La mirada, los gestos, las imágenes. Basta con mirar a los ojos. Viajar es, más bien, peregrinar. Como Ismael en Moby Dick, para quien viajar es el sucedáneo de la pistola y la bala. “En un arrogante gesto filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, tranquilamente, tomo un barco”. Creo que el viaje no concluye al aterrizar. De ese viaje no se regresa jamás. Todo se mezcla.
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