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[plano secuencia] Una joven pareja, muy guapa, ambos en sus tempranos veintes, disfrutan de los últimos tragos de la noche en la terraza de conocido bar de los años 90.
Se levantan dejando tras de sí un cigarro a punto de consumirse y dos old fashion con la rebaba en el fondo de lo que parecía ser bourbon barato.
Ella lleva puesto un vestido de flores, calcetas cortas blancas y botines Converse color rosa; él un atuendo típico de sufridor: pantalones color beige bien planchados, camisa blanca, mangas cortas, chaleco gris oxford, corbata negra, el último botón desabrochado y zapatillas adidas negras con tres franjas blancas.
Se disponen a salir del bar abrazados y medio tambaleándose.
Se susurran al oído, primero ella a él, después él a ella, y ella suelta una risa discreta.
Inevitable pasar desapercibidos, sin duda son los más guapos y con más brillo del lugar. Aura alternativa genuina de los años 90, en medio de Pueblo Quieto, Morelos.
A su paso, todas las miradas sobre de ellos.
Avanzan por un callejón adoquinado, solo, al fondo se observa la silueta de un niño acercándose a ellos.
Se acerca hacia ellos un niño en situación de calle, con una botella de Frutsi de plástico vacía, pero con pegamento amarillo para zapatos en su interior.
El niño, con evidentes signos de suciedad y con la mirada perdida, les pide dinero y él accede a darle todo lo que trae en monedas. Ella saca un billete de 100 pesos de su bolso y se lo da.
Siguen caminando y ella mete nuevamente la mano a su bolso para sacar una cajetilla de cigarros Camel, una caja de fósforos, y se enciende un cigarrillo.
La poca luz de uno de los faros del callejón le hace brillar el rostro, resaltando el contorno perfecto de su perfil y el humo de su primera bocanada moviéndose al compás de sus cabellos rubios a contraviento.
Siguen caminando por tres cuadras más, y llegan a una tienda de conveniencia.
Ella se agacha cuidadosamente, apaga el cigarro en el piso y guarda la colilla en un compartimento de su bolso.
Entran a la tienda de conveniencia, al mismo tiempo que siguen tambaleándose y abrazados.
Se dirigen, sin titubear, al área de los refrigeradores y toman un litro de leche entera Alpura.
Caminan hacia la única caja abierta y pagan con un billete de 200.
El cajero pone cara de inconforme al ver la denominación del billete. Les informa que la leche cuesta 12 pesos.
Ellos se disculpan y le dicen que no tienen cambio y que es lo único que traen consigo.
El cajero, a regañadientes, les da el cambio, en monedas de baja denominación en su totalidad. Su venganza ha sido consumada, se le puede ver en el rostro.
Ella guarda el montón de monedas en su bolso y salen de la tienda con el litro de leche Alpura en una bolsa de papel estraza. Típico envoltorio de tiendas de conveniencia durante el turno de noche en los años 90.
Llegan a la esquina y le hacen la parada a un taxi. Lo abordan y el conductor sube el volumen de su estéreo, como acto simbólico de permitirles seguir la fiesta abordo del vehículo.
En menos de dos segundos la pareja se empieza a besar y a manosear, como si no hubiera mañana.
El conductor se la sabrosea a discreción por el retrovisor, al mismo tiempo que se acomoda el pantalón a la altura donde debe estar su pene.
Después de algunos semáforos y la ciudad medio vacía, él saca el tetra-pack de Alpura, lo abre y le da tremendo sorbo a la leche fría. Se la ofrece a ella, y ella accede a hacer lo mismo.
De pronto, él saca su corbata por debajo del chaleco y extrae una bolsa diminuta con un polvo blanco.
Mete las manos al bolsillo derecho de sus pantalones y saca sus llaves.
Con la llave más larga, extrae un montoncito del polvo blanco y se lo jamba, así sin más, por la nariz.
Le ofrece lo mismo a ella, no sin antes quitarle el tetra-pack de las manos para guardarlo en la bolsa de papel.
Ella decide que su porción de polvo blanco sería del doble de lo que su pareja inhaló.
El conductor mira sonriendo por el retrovisor y cambia la música, pasando de una melodía pop de los 40 Principales a un DJ set de progressive house bastante genérico, pero más que aceptable, dadas las circunstancias.
El conductor pregunta si puede irse por la ruta más larga, entendiendo el momentum de la pareja.
Ellos sueltan la carcajada y acceden. Repiten varias veces la tarea de inhalar polvo blanco alternando los sorbos de leche fría.
Finalmente, después de quizá unos 30 semáforos, han llegado a su destino.
Pagan con todas las monedas que traían en el bolso de ella, y aunque el taxista les iba a cobrar 80 pesos, deciden darle todo, que es más de 180 pesos.
La cara del taxista es primero de disgusto por las monedas, pero cuando cuenta el total de las mismas, sonríe, les da las gracias y se marcha con el rostro lleno de satisfacción.
Y ahí están ellos, a la entrada del Airbnb que habían rentado para pasar el fin de semana en Pueblo Quieto. La noche es joven y habrá que tomar una ducha para salir a buscar aventura y destrucción. [/plano secuencia]


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