Sebastián Castro Rodríguez

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Sebastián Castro Rodríguez

Sebastián Castro Rodríguez

@SebastianCasRod

Bogotá, D.C., Colombia Katılım Ekim 2011
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Juliana Beltrán 🇨🇴🇧🇷
Ese discursito de “una cosa es lo ético y otra lo ilegal” me lo sé de memoria. Y sí, jurídicamente es cierto: no todo lo antiético es delito, no todo lo inmoral es ilegal y no toda ilegalidad es automáticamente ilegítima. Pero precisamente por eso preocupa tanto escuchar ese argumento en boca de alguien que pretende gobernar un país entero. Porque un presidente no es un litigante defendiendo procesalmente el mínimo margen de responsabilidad penal posible. Un presidente no puede aspirar simplemente a “no cruzar la línea de la ilegalidad”. Eso es el estándar mínimo que se le exige a cualquier ciudadano. Gobernar exige muchísimo más. También necesita ética pública, autoridad moral y legitimidad democrática. Y la legitimidad no nace únicamente de ganar elecciones o de no cometer delitos; nace de la confianza social sobre las decisiones que toma, sobre los intereses que representa y sobre los límites que se impone incluso cuando la ley no lo obliga expresamente. ADLE terminan reduciendo el debate público a una lógica de “si no es ilegal, entonces cuál es el problema”. Y no. En política, especialmente en una democracia constitucional, hay conductas que pueden no ser delictivas y aun así destruir la confianza pública, deteriorar las instituciones y romper el pacto social. Por eso la ética importa. Porque la ley jamás alcanza a regularlo todo. Ningún ordenamiento jurídico puede prever cada conflicto de interés, cada abuso de poder simbólico, cada práctica clientelista, cada presión indebida o cada actuación oportunista. Además, me parece simplista, superficial y patético que un candidato a presidencia, limite su discurso a explicar diferencias conceptuales que cualquier estudiante de derecho aprende desde primeros semestres.
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Jennifer Pedraza
Jennifer Pedraza@JenniferPedraz·
Ah pero después salen a llamar al Centro para pedir los votos y los apoyos de la gente a la que hoy ningunean. La palabra demócrata les queda grande.
BluRadio Colombia@BluRadioCo

#EnDesarrollo El senador Iván Cepeda cierra definitivamente la puerta a participar en un debate con candidatos del centro. “Está muy claramente establecido con quien es el debate en este caso. Son los candidatos de la extrema derecha, con otros candidatos podemos tener diálogos, conversaciones. Pero aquí hay que mostrarle al país dos posiciones claramente opuestas que representan una visión radicalmente distinta”, dijo Cepeda sobre su propuesta de debate solo con Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella

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El Espectador
El Espectador@elespectador·
Ni de derecha ni de izquierda, este profesor busca, por tercera vez en su carrera, ser el presidente de Colombia en una apuesta en la que se jugaría su última carta. 👉 trib.al/KuCPRJi
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Roberto Angulo
Roberto Angulo@RobertoAnguloS·
Ayer que fuimos a hacer trabajo de duplas con los equipos de @integracionbta y @TransMilenio en el SITP, mientras buscábamos y atendíamos habitantes de calle que usan el sistema, me saludó un exhabitante de calle de los servicios de @integracionbta. Lo conocí en sus momentos difíciles, pero ayer lucía recuperado, lozano, de buen ánimo, bien presentado, y lo más elocuente: iba a trabajar con un gesto de satisfacción que es la mejor retribución para los que nos dedicamos a esto. Ese cruce de caminos es la quintaesencia de la política social: un puñado de personas que, cada una con su historia de vida, se encuentran para complementarse, aprendrer la una de la otra, apoyarse y salir adelante.
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Juan Daniel Oviedo
Juan Daniel Oviedo@JDOviedoAr·
Colombia ha sido capaz de sentarse con criminales para negociar la paz, pero no ha sido capaz de aceptar que alguien dialogue con quien piensa distinto sin llamarlo traidor. Quienes juzgan no conocen lo vivido. Si queremos que nuestras luchas trasciendan, nos va a tocar, más temprano que tarde, sentarnos con quien piensa distinto y ponernos de acuerdo. No es sí o no. Es sí más no. El amor es para gastarlo en cosas más grandes que nuestro ego. Nota: En casa todo bien. No conozco una pareja en Colombia que no pelee y se reconcilie.
Laura Camila Vargas@LauraCVargas96

El amor también es político, y todo indica que Sebastián Reyes, pareja de Juan Daniel Oviedo y activista que ha trabajado con población trans, habría entendido bien la frase: "no besarás a nadie que no hable de justicia social".

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Putamentelibre.
Putamentelibre.@femi_artesanal·
Yo le creo a los análisis de Alejandro Gaviria @agaviriau. Pienso que esa dictadura moral partidista, de derecha e izquierda, que todo el tiempo repite que “el centro no existe”, nos quita la posibilidad real de una postura democrática tranquila. Ese odio a que no queramos resignarnos, a que tengamos críticas y autocríticas, se convierte en una estrategia para borrarnos moralmente, hacernos creer que somos “culpables de algo” cuando respaldamos lo que en conciencia creemos en democracia, cuando decidimos no ceder a lo que consideramos inconveniente. El centro existe. Muchas veces se ha ido a la derecha y muchas veces a la izquierda. A la izquierda colombiana se le olvida que @petrogustavo llegó con votos de todas partes: por él votaron incluso personas que tradicionalmente habían respaldado conservadurismos, indecisos y apartidistas. Eso es el partidismo: convencer. Gustavo Petro ganó en 2022 con 11.281.013 votos (50,44%) frente a 10.580.412 de Rodolfo Hernández (47,31%), apenas 700.601 votos de diferencia. Esa cifra muestra que no hubo un arrasamiento de la voluntad popular, sino una victoria ajustada. La gran mayoría de colombianos no vota, y eso hay que tenerlo presente. La campaña hoy es con quienes no votan, no con quienes ya decidimos qué hacer. El matoneo al centro es un despropósito. En el centro hay gente que va a votar por Cepeda, y con ellos no hay matoneo ni persecución política, no hay cuestionamientos morales partidistas ni enjuiciamientos de parte de quienes defienden derechos fundamentales, libertades y democracia. Sin embargo, tienen que aguantarse la lora de la derecha. Y quienes dijimos que no íbamos a votar por Cepeda tenemos que aguantarnos la lora de la izquierda. Lo cierto, señoras y señores, es que la gente ya decidió, al menos quienes tienen claro que van a votar. Vayan y hablen con los que nunca votan, y dejen vivir. Ese es el verdadero trabajo: ser divulgadores. Yo haré lo que tengo que hacer para que tengamos la posibilidad de que @sergio_fajardo sea nuestro presidente. Me comprometí a eso, y no me gusta ser faltona. Si de casualidad no llegamos a segunda vuelta, yo no voy a ser espectadora, y esperaría que mi candidato tampoco lo fuera. Este es el golpe de realidad, lo que nos compete. El centro colombiano no ha podido cuajarse, es lo que hay. Y sí, el centro democrático con todas sus sombras y luces logró acoger una propuesta que guste o disguste pegó, la de @JDOviedoAr. Así no nos guste su estilo del “periodicazo”, caló. Al colombiano promedio, al colombiano estándar, le gusta el método escuelero: esa disciplina dura, esa forma de corrección que se refleja en el periodicazo. Esa memoria cultural, heredada de prácticas escolares y familiares de castigo físico, sigue funcionando como metodología aceptable para muchos. El periodicazo recogió más de un millón de votos y sus propuestas no han sido indiferentes. En una Colombia ideal, ese periodicazo hubiera caminado con quien ha tejido la idea del centro desde siempre. En una Colombia ideal, todas las personas que queremos defender derechos fundamentales y al mismo tiempo una economía y una política social posibilista deberíamos estar del mismo lado, en un mismo partido, no colaborando con la derecha o la izquierda. Históricamente, las victorias arrasadoras en Colombia fueron las de Álvaro Uribe en 2002 y 2006, y la de Juan Manuel Santos en 2010. En 2002, Uribe ganó en primera vuelta con más de 2 millones de votos de diferencia sobre Horacio Serpa. En 2006, obtuvo más de 7,3 millones de votos frente a Carlos Gaviria, con una diferencia de casi 5 millones. En 2010, Santos ganó con más de 9 millones de votos frente a Mockus, con una diferencia de 5,4 millones. Esos sí fueron arrasamientos. El resto de elecciones han sido reñidas, como la de 2014, la de 2018 y la de 2022. #MarCandela #FeminismoArtesanal #Educomunicación #InterculturalidadCrítica
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David Luna
David Luna@lunadavid·
La fórmula de @PalomaValenciaL y @JDOviedoAr es, sin duda, la más explosiva y complementaria. Ese fue siempre el espíritu de la Gran Consulta por Colombia: construir entre diferentes por el bien del país. Hoy estamos más unidos que nunca y vamos a trabajar sin descanso para que Colombia tenga su primera mujer presidenta. 🇨🇴
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Diego A. Santos
Diego A. Santos@DiegoASantos·
Por qué Petro marca tan alto. Juan Daniel Oviedo lo entendió antes que antes.
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Diego A. Santos
Diego A. Santos@DiegoASantos·
Lo que se viene para Paloma y Oviedo La campaña sucia ya comenzó. Y comenzó exactamente como empiezan siempre: con mentiras diseñadas para encender el miedo. En las últimas horas, sectores de la extrema derecha más inquisidora han decidido lanzar una ofensiva contra Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo. El argumento que están tratando de instalar es tan grave como falso: que Oviedo promueve el cambio de sexo en los niños. La afirmación no solo es irresponsable; es una manipulación burda de una intervención que Oviedo hizo en el Concejo de Bogotá. En esa presentación el tema central no era promover ningún tipo de intervención sobre menores, sino algo mucho más básico y elemental en cualquier democracia: cómo proteger a niños y padres de familia que enfrentan situaciones de bullying por temas de identidad. Eso fue todo. Hablar de protección frente al acoso, de herramientas para los padres, de respeto a la dignidad de los menores, no equivale —ni remotamente— a promover cambios de sexo en niños. Convertir una discusión sobre derechos humanos en una caricatura ideológica es una forma deliberada de distorsionar el debate público. Juan Daniel Oviedo no está haciendo nada distinto a defender un principio fundamental: que las personas vulnerables merecen protección frente al abuso y la violencia. Defender ese principio no es radicalismo, no es ideología extrema. Es simplemente decencia básica. Sin embargo, frente a esa postura elemental, algunos sectores han decidido reaccionar con el lenguaje y los métodos de otra época. Con la lógica de la inquisición moral, de la estigmatización y del señalamiento. No buscan discutir ideas: buscan fabricar enemigos. Esa es la estrategia. Esa es la orden. Cuando no hay argumentos sólidos, se recurre al miedo. Cuando no hay propuestas, se recurre a la desinformación. Cuando no hay proyecto de país, se recurre a incendiar a la sociedad. Y en este caso el combustible elegido ha sido, además, la religión. No para tender puentes, no para convocar a la empatía o al respeto, sino para alimentar una confrontación feroz contra quienes piensan distinto. Es profundamente triste ver cómo una fe que para millones de colombianos representa consuelo, comunidad y esperanza, es utilizada por algunos para dividir, señalar y estigmatizar. Pero también hay que decirlo con claridad: esto apenas empieza. Los ataques no van a parar. No van a disminuir. Van a aumentar. Y serán violentos. Porque cuando una campaña propone diálogo en medio de la polarización, cuando propone tender puentes en lugar de cavar trincheras, inevitablemente se enfrenta a quienes viven políticamente de la confrontación permanente. ¿Vamos a permitir que el debate público se degrade de esta manera? ¿Vamos a aceptar que la mentira y la difamación definan la conversación política? ¿Nos vamos a callar como siempre? ¿O vamos a defender, con firmeza, el derecho de Colombia a tener una discusión seria, respetuosa y basada en la verdad?
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Juliana Palacio
Juliana Palacio@julipalacioc·
Yo entiendo que no compartan muchas cosas con @JDOviedoAr ¿Pero burlarse de él? Oviedo no se mete con nadie ha hecho su campaña con transparencia, meterse de esa manera con el es bajo.
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Putamentelibre.
Putamentelibre.@femi_artesanal·
Me siento feliz de que podamos ser interlocutores semejantes y que hayamos tejido amistad desde la diferencia. Esa confianza me obliga a no guardar silencio frente a lo que está sucediendo. Me sorprende que una mujer a la que reconozco como inteligente, ilustrada y profundamente sensible aún no pueda ver con claridad lo que ocurre. Me sorprende que no lo pueda reconocer. Se pierden seres queridos, se pierden vidas incluyendo niños. Es cierto que las muertes por fallas en el sistema de salud no comenzaron en el gobierno de Gustavo Petro @petrogustavo, lo que ha sucedido es que la cifra ha aumentado. Ahí están las estadísticas: el número de muertes reportadas en el Ministerio de Salud durante la época de Alejandro Gaviria @agaviriau frente al número de muertes en la época de Petro con Guillermo Jaramillo @GA_Jaramillo muestra un incremento que no debería pasar en un sistema que se presume diseñado para proteger la vida. Presuntamente, lo que ocurrió fue que se dejó deteriorar el sistema de salud como estrategia política para imponer una reforma. Esa reforma, defendida por Carolina Corcho @carolinacorcho, nunca dejó claros los procesos ejecutivos, operativos y administrativos que deberían acompañar una transición ordenada. Se habló de eliminar las EPS y centralizar la gestión en el Estado, sin explicar cómo se sostendrían hospitales y clínicas, cómo se pagarían los servicios ni cómo se garantizaría la atención continua a los pacientes. Debería pasar que una reforma de salud se construya con herramientas verificables, con planes detallados de financiamiento y con consensos amplios. Lo que no debería pasar es que se utilice la vida de miles de personas como moneda de cambio. Las cifras son contundentes: la Defensoría del Pueblo reportó más de 50.000 quejas por negación de servicios en 2023, un aumento del 30 % frente al año anterior. El Observatorio Nacional de Salud señaló que la mortalidad evitable creció en un 18 % entre 2022 y 2024. Estos datos muestran que el deterioro del sistema no fue casualidad, sino una crisis que se profundizó mientras se insistía en una reforma sin bases claras. Presuntamente, el ministro de Salud y su entorno han estado cuestionados por negocios y contratos, lo que aumenta la desconfianza. Y si hubo irregularidades con interventores, ¿qué podría pasar con todo el sistema bajo control directo del Estado? Lo que debería pasar es que la ciudadanía pueda confiar en que las reformas se hacen para cuidar la vida. Lo que no debería pasar es que se repita la historia de un sistema debilitado, donde las víctimas son los pacientes y las familias que pierden seres queridos por falta de atención. Como quisiera que la prensa internacional metiera periodistas investigativos y que el mundo entero hiciera una mirada rectora de los sucesos. Aunque eso no va a resucitar un solo modelo ni devolver la vida a quienes ya se perdieron, al menos rompería el espejismo de que Petro traía una solución. Quedaría claro que se destruyó el sistema de salud solamente porque se quería imponer una reforma por encima de cualquier cosa, sin importar quién se muriera. Muy seguramente Carolina Corcho se hará senadora con la bandera de la salud de una reforma que tenía muchos cuestionamientos ejecutivos y operativos. Todavía hay gente convencida de que lo mejor era la matazón que ha ocurrido. No les importa, solo les importa llegar al Senado, al poder. Porque si les importara, deberían haber hecho procesos ejecutivos y operativos paulatinos para evitar estos ríos de sangre. #MarCandela #FeminismoArtesanal #Educomunicación #InterculturalidadCrítica
Margarita Rosa@Margaritarosadf

Claro que esto parte el alma. ¡¿Por qué no dejan hacer la reforma?!

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David Luna
David Luna@lunadavid·
¿Qué cómo me siento con la encuesta de ayer? Pues mal, como un cu&*@. Golpean duro. Uno se puede justificar de mil formas; yo no. Yo las asumo y me pongo a trabajar. No significan que perdamos la capacidad de opinar ni de representar voces. Y además, esas encuestas también gritan muchos mensajes. El primero: DESPERTEMOS. Nos va a llevar el que ya sabemos si seguimos adictos a los discursos de odio o a los extremos. Colombia es demasiado compleja, y yo sé que hay muchos que entienden los matices y los procesos, y que sobre-simplificarlo todo es la garantía del fracaso de un país. ¿Seguridad? Claro, mucha. Esto se desmadró y hay que dudar cero en recuperar las capacidades de la Fuerza Pública y el control del territorio. Hay que doblegar a los narcotraficantes disfrazados de guerrillas políticas. Pero esto no es solo bala, señores. Aquí hay que resolver mucho más. ¿Cómo frenamos la robadera? ¿Cómo producimos más? ¿Cómo impulsamos a los pobres para que lleguen a la clase media a punta de educación y empleo? ¿Cómo combatimos el clasismo, el racismo y el machismo tan bravos y tan normalizados? ¿Cómo hacemos que la clase media tenga más certezas y siga creciendo? ¿Cómo superamos el hambre en un país que tiene de más? ¿Cómo vamos a enfrentar y aprovechar la inteligencia artificial? ¿Cómo hacemos que las empresas sean más rentables? ¿Cómo modernizamos el Estado para que de verdad funcione, sin tanta traba? ¿Cómo recuperamos la confianza en lo público? ¿Cómo nos adueñamos de nuestro destino? Salir adelante de verdad es pensar en estas preguntas y construir un cambio colectivo. Ya no más con las frasesitas de cajón, como que “esto solo se arregla con mano dura”, de un lado; o instrumentalizando a los pobres, acentuando el odio de clases, en lugar de buscar grandes consensos para que salgamos todos adelante. Exijan, exijamos, estas respuestas a los candidatos. Aquí estamos listos para enfrentar esos retos.
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Idafe Martín Pérez ✨🚴 42.7
Lean esto. Es muy importante. Es el discurso de este 20.01.2026 en Davos del primer ministro canadiense @MarkJCarney. Esto irá a los libros de historia. Más allá de tener las referencias correctas y estar muy bien escrito, Carney tiene el valor y la lucidez de llamar de una vez a las cosas por su nombre. Es un placer —y un deber— estar con ustedes en este punto de inflexión para Canadá y para el mundo. Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de la grata ficción y del amanecer de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no tiene freno. Pero sostengo, aun así, que otros países —en particular las potencias medias como Canadá— no están indefensos. Tienen el poder de construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados. El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad. Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en normas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben. Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable: la lógica natural de las relaciones internacionales reimponiéndose. Y, ante esa lógica, existe una fuerte tendencia de los países a adaptarse para encajar. A acomodarse. A evitar problemas. A esperar que el acatamiento compre seguridad. No lo hará. Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones? En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder. En él planteó una pregunta sencilla: ¿cómo se sostenía el sistema comunista? Su respuesta empezaba con un verdulero. Cada mañana, este tendero coloca un letrero en su escaparate: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”. No lo cree. Nadie lo cree. Pero lo coloca de todos modos: para evitar problemas, para señalar conformidad, para llevarse bien. Y como cada tendero en cada calle hace lo mismo, el sistema persiste. No solo mediante la violencia, sino mediante la participación de la gente común en rituales que, en privado, sabe que son falsos. Havel llamó a esto “vivir dentro de una mentira”. El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera cierto. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: cuando incluso una sola persona deja de actuar —cuando el verdulero quita su letrero— la ilusión empieza a resquebrajarse. Ha llegado el momento de que las empresas y los países retiren sus letreros. Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus instituciones, alabamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Podíamos impulsar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección. Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima. Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proveer bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para resolver disputas. Así que pusimos el letrero en la ventana. Participamos en los rituales. Y, en gran medida, evitamos señalar las brechas entre la retórica y la realidad. Ese pacto ya no funciona. Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición. En las dos últimas décadas, una serie de crisis —financiera, sanitaria, energética y geopolítica— dejó al descubierto los riesgos de una integración global extrema. Más recientemente, las grandes potencias empezaron a usar la integración económica como arma. Aranceles como palanca. Infraestructura financiera como coerción. Cadenas de suministro como vulnerabilidades a explotar. No se puede “vivir dentro de la mentira” del beneficio mutuo mediante la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación. Las instituciones multilaterales en las que se apoyaban las potencias medias —la OMC, la ONU, las COP—, la arquitectura de la resolución colectiva de problemas, están muy debilitadas. Como resultado, muchos países están llegando a las mismas conclusiones. Deben desarrollar mayor autonomía estratégica: en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro. Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de energía o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las normas ya no te protegen, debes protegerte tú. Pero seamos lúcidos sobre adónde conduce esto. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible. Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la pretensión de normas y valores para perseguir sin trabas su poder e intereses, los beneficios del “transaccionalismo” se vuelven más difíciles de replicar. Los hegemones no pueden monetizar continuamente sus relaciones. Los aliados diversificarán para cubrirse ante la incertidumbre. Comprarán seguros. Aumentarán opciones. Esto reconstruye la soberanía —una soberanía que antes estaba anclada en normas—, pero que estará cada vez más anclada en la capacidad de resistir la presión. Esta gestión clásica del riesgo tiene un coste. Pero ese coste de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede compartirse. Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que que cada uno construya su propia fortaleza. Los estándares compartidos reducen la fragmentación. Las complementariedades son de suma positiva. La pregunta para las potencias medias, como Canadá, no es si debemos adaptarnos a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. La pregunta es si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos —o si podemos hacer algo más ambicioso. Canadá fue de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar de forma fundamental nuestra postura estratégica. Los canadienses saben que nuestra vieja y cómoda suposición de que nuestra geografía y nuestras membresías en alianzas conferían automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida. Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado “realismo basado en valores” —o, dicho de otro modo, aspiramos a ser principistas y pragmáticos. Principistas en nuestro compromiso con valores fundamentales: la soberanía y la integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza salvo cuando sea coherente con la Carta de la ONU, el respeto de los derechos humanos. Pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser incremental, que los intereses divergen, que no todos los socios comparten nuestros valores. Nos estamos comprometiendo ampliamente, de forma estratégica, con los ojos abiertos. Afrontamos activamente el mundo tal como es, no esperamos al mundo tal como quisiéramos que fuera. Canadá está calibrando sus relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores. Estamos priorizando un compromiso amplio para maximizar nuestra influencia, dada la fluidez del mundo, los riesgos que esto plantea y lo que está en juego de cara a lo que viene. Ya no dependemos solo de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza. Estamos construyendo esa fuerza en casa. Desde que mi gobierno asumió el cargo, hemos recortado impuestos sobre ingresos, ganancias de capital e inversión empresarial; hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial; y estamos acelerando un billón de dólares de inversión en energía, IA, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y más allá. Estamos duplicando nuestro gasto en defensa para 2030, y lo hacemos de maneras que fortalezcan nuestras industrias nacionales. Nos estamos diversificando rápidamente en el exterior. Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea, incluyendo la adhesión a SAFE, los mecanismos europeos de compra de defensa. Hemos firmado otros doce acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes en los últimos seis meses. En los últimos días, hemos concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Catar. Estamos negociando pactos de libre comercio con India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y Mercosur. Para ayudar a resolver problemas globales, estamos impulsando una geometría variable: diferentes coaliciones para diferentes asuntos, basadas en valores e intereses. En Ucrania, somos miembro central de la Coalición de los Dispuestos y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad. En soberanía ártica, nos mantenemos firmemente junto a Groenlandia y Dinamarca y apoyamos plenamente su derecho único a determinar el futuro de Groenlandia. Nuestro compromiso con el Artículo 5 es inquebrantable. Trabajamos con nuestros aliados de la OTAN (incluyendo el Nordic Baltic 8) para asegurar aún más los flancos norte y oeste de la alianza, incluyendo inversiones sin precedentes en radar de alcance más allá del horizonte, submarinos, aeronaves y presencia terrestre. En el comercio plurilateral, estamos impulsando esfuerzos para tender un puente entre el Acuerdo Transpacífico y la Unión Europea, creando un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas. En minerales críticos, estamos formando clubes de compradores anclados en el G7 para que el mundo pueda diversificarse y alejarse de un suministro concentrado. En IA, cooperamos con democracias afines para garantizar que, en última instancia, no nos veamos obligados a elegir entre hegemones e hiperescaladores. Esto no es multilateralismo ingenuo. Tampoco es depender de instituciones debilitadas. Es construir coaliciones que funcionen, asunto por asunto, con socios que comparten suficiente terreno común como para actuar juntos. En algunos casos, será la gran mayoría de las naciones. Y es crear una densa red de conexiones a través del comercio, la inversión y la cultura, de la que podamos valernos para desafíos y oportunidades futuras. Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú. Las grandes potencias pueden permitirse ir solas. Tienen el tamaño de mercado, la capacidad militar, la palanca para dictar condiciones. Las potencias medias no. Pero cuando solo negociamos bilateralmente con un hegemón, negociamos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por ser los más complacientes. Esto no es soberanía. Es la representación de la soberanía mientras se acepta la subordinación. En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una elección: competir entre sí por el favor o unirse para crear un tercer camino con impacto. No debemos permitir que el auge del poder duro nos ciegue ante el hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las normas seguirá siendo fuerte —si elegimos ejercerlo juntos. Lo cual me devuelve a Havel. ¿Qué significaría para las potencias medias “vivir en la verdad”? Significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el “orden internacional basado en normas” como si siguiera funcionando tal como se anuncia. Llamar al sistema por lo que es: un período en el que los más poderosos persiguen sus intereses usando la integración económica como un arma de coerción. Significa actuar con coherencia. Aplicar los mismos estándares a aliados y rivales. Cuando las potencias medias critican la intimidación económica que viene de una dirección pero guardan silencio cuando viene de otra, estamos manteniendo el letrero en la ventana. Significa construir aquello en lo que decimos creer. En lugar de esperar a que el hegemón restaure un orden que está desmantelando, crear instituciones y acuerdos que funcionen como se describen. Y significa reducir la palanca que permite la coerción. Construir una economía doméstica fuerte debería ser siempre la prioridad de todo gobierno. Diversificar internacionalmente no es solo prudencia económica; es la base material para una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a posturas basadas en principios reduciendo su vulnerabilidad a represalias. Canadá tiene lo que el mundo quiere. Somos una superpotencia energética. Poseemos vastas reservas de minerales críticos. Tenemos la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones están entre los mayores y más sofisticados inversores del planeta. Tenemos capital, talento y un gobierno con una enorme capacidad fiscal para actuar con decisión. Y tenemos los valores a los que muchos otros aspiran. Canadá es una sociedad pluralista que funciona. Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. Los canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad. Somos un socio estable y fiable —en un mundo que no lo es—, un socio que construye y valora relaciones a largo plazo. Canadá tiene algo más: el reconocimiento de lo que está ocurriendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos que esta ruptura exige más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal como es. Estamos quitando el letrero de la ventana. El viejo orden no va a volver. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero, a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esta es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de cooperación genuina. Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir nuestra fuerza en casa y de actuar juntos. Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos abierta y confiadamente. Y es un camino ampliamente abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros.
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Humberto de la Calle
Humberto de la Calle@DeLaCalleHum·
Me uno al necesario rechazo de las declaraciones del Presidente Trump en las que amenaza con acciones en territorio colombiano así como descalificaciones de tipo personal al Presidente Petro. Aunque a su vez el Doctor Petro ha realizado intervenciones inaceptables contra Estados Unidos, que son igualmente condenables, esto no atenúa la gravedad de lo dicho por el Presidente norteamericano. Colombia está en medio de un debate electoral que debe ser respetado. Colombia tomará decisiones autónomas. De paso, las afirmaciones del Presidente Trump, dada su jerarquía mundial, perturban nuestro proceso electoral. No se puede descartar que terminen favoreciendo la causa del candidato del Pacto Histórico. Pero sea cualquiera su efecto, tenemos que exigir respeto a nuestra soberanía y nuestra independencia. Y el Presidente Petro debe contribuir moderando el lenguaje y priorizando los canales diplomáticos.
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Diego A. Santos
Diego A. Santos@DiegoASantos·
Nadie sabe con certeza qué va a pasar en Venezuela después de la operación de Estados Unidos para remover a Nicolás Maduro del poder. Lo que sí sabemos es que el relato romántico sobre la defensa de la democracia murió en el mismo momento en que Donald Trump decidió no respaldar a Edmundo González, es decir, a María Corina Machado, la figura que durante años encarnó la esperanza de una transición democrática desde adentro. Según The Washington Post, la decisión tuvo un trasfondo tan banal como revelador: Machado aceptó un Nobel que Trump consideraba que debía ser suyo. La explicación puede parecer absurda, pero encaja con precisión quirúrgica en el perfil narcisista e infantil del mandatario estadounidense. En cualquier caso, el episodio es apenas una pieza más de un rompecabezas mucho más inquietante. Estados Unidos nunca tuvo como prioridad la democracia venezolana. Ingenuos quienes pensaron que sí. Me incluyo. Esa es una fantasía útil para titulares y discursos, pero irrelevante para la geopolítica real. A Washington le incomodaba Maduro no por lo que hacía dentro de Venezuela, sino por con quién lo hacía fuera de ella. Su cercanía con Rusia, China e Irán cruzó una línea roja. No es un secreto que el régimen venezolano suministraba crudo a Moscú y Pekín, ni que había profundizado una alianza estratégica con Teherán basada en enemigos comunes. ¿Es el petróleo venezolano el botín? No exactamente. Estados Unidos es hoy el mayor productor de crudo del planeta y puede prescindir sin problemas del petróleo venezolano. Lo que Trump no está dispuesto a tolerar es que ese recurso estratégico alimente a sus adversarios. La “remoción” de Maduro responde a eso y a nada más. Si le llega crudo adicional, pues magnífico. En este contexto, invocar el Derecho Internacional Humanitario resulta casi cínico. El DIH, tal como ha sido instrumentalizado en los últimos años, no ha servido para proteger poblaciones vulnerables, sino para blindar regímenes corruptos, criminales y abiertamente autoritarios como el chavismo. Buena parte de la izquierda progresista latinoamericana —incluido Gustavo Petro— ha hecho del DIH una coartada moral para justificar dictaduras, minimizar violaciones sistemáticas de derechos humanos y construir una narrativa de resistencia anticapitalista frente a Estados Unidos. En nombre de principios universales se ha terminado defendiendo lo indefendible. Pero tampoco conviene caer en la ilusión opuesta. No estamos ante una restauración democrática, ni ante una transición pacífica. Un régimen de dictador ha sido reemplazado por el control directo de un gánster global. A algunos eso les resulta aceptable; a otros incluso tranquilizador. Pero ignorar esa realidad es un acto de autoengaño. El sistema democrático liberal, como lo conocimos y lo defendimos durante décadas, ha dejado de ser el eje ordenador del mundo. Trump no representa la democracia, así como tampoco lo hacen los líderes que replican su lógica de poder, fuerza y desprecio por las normas multilaterales. La Unión Europea parece quedar cada vez más sola, aferrada a principios que ya no garantizan influencia ni seguridad en el nuevo tablero global. La UE es hoy una isla a la que las aguas del fascismo contemporáneo la están hundiendo. Las amenazas de Trump a Petro, sus declaraciones sobre Groenlandia y su desprecio abierto por los equilibrios diplomáticos tradicionales no son exabruptos aislados. Son señales claras de hacia dónde se dirige el nuevo orden mundial: uno en el que el derecho importa menos que la fuerza, y en el que la moral es apenas un accesorio discursivo. Trump no oculta esa lógica; la exhibe con brutal honestidad. Y al hacerlo deja en evidencia algo aún más incómodo. América Latina no pesa. No decide. No incide. Su irrelevancia no es producto de una conspiración externa, sino el resultado de décadas de corrupción, mediocridad y fracaso estructural. Una región incapaz de construir una identidad estratégica propia, de articular poder real o de proyectarse como actor global. Mientras otras naciones entendieron que el mundo se rige por fuerza, tecnología y cohesión interna, nosotros seguimos discutiendo relatos, victimismos y épicas vacías. A punta de taparrabos ideológicos y flechas retóricas, América Latina se quedó en el medioevo. Y poco han hecho sus líderes en tratar de cambiar esa dinámica. Venezuela no se liberó del chavismo. Me equivoqué. Venezuela sigue siendo una dictadura, solo que ahora administrada desde Washington. Cambió el operador, no la lógica. La soberanía no volvió al pueblo venezolano; simplemente fue transferida. Y ese es, quizá, el mensaje más brutal de este episodio: en el mundo que viene, los países débiles no eligen su destino. Se lo imponen. La pregunta ya no es si esto nos gusta o no. La pregunta es si estamos dispuestos a seguir fingiendo que vivimos en un orden que ya no existe.
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Sebastián Castro Rodríguez
Sebastián Castro Rodríguez@SebastianCasRod·
La parte de irse a vivir a otro país (si existe la posibilidad de hacerlo) les recomiendo que no se la salten. Que experiencia tan enriquecedora, así con las altas y bajas.
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Daniel Gómez Gaviria
Daniel Gómez Gaviria@dgomezco·
Entonces, ¿quitan gasto de bolsillo en salud de Encuesta de Calidad de Vida para 2024, justo el año que capturaría los desastres causados por la reforma? ¿Como se va a poder capturar esa información?
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