Angel Eduardo
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¿Quién es realmente el narcotraficante? Cada vez que se habla del narcotráfico en México, la conversación suele caer en los mismos lugares: los capos, los lujos, los corridos, las balaceras. Todo gira alrededor de las figuras visibles. Mientras discutimos sobre capos y terrorismo, rara vez nos detenemos a preguntar quién diseñó realmente este negocio. ¿Por qué una economía ilegal que mueve cantidades enormes de dinero termina siempre operando en los mismos territorios y de la misma manera? La gente piensa que es un rasgo cultural, que es un defecto moral de nuestros países en América. O que es así, porque sí, y qué le vamos a hacer. Pero esas explicaciones son muy pobres. Son las explicaciones que los dueños del negocio han logrado instalar en nuestra sociedad. Si uno se aleja un poco del presente y observa el siglo XIX, encuentra algo revelador: el narcotráfico, como industria global, lo inventó el Reino Unido🇬🇧. La primera gran narcotraficante fue la reina Victoria; no fue Pablo Escobar. El Imperio británico inundó China con opio producido en la India colonizada. Fue una operación comercial, política y militar al mismo tiempo. El opio circulaba porque había una estructura imperial que lo empujaba con un objetivo muy claro: quebrantar a China, que se resistía a abrirse al “libre mercado” británico. La droga fue un arma de guerra para doblegar a una población y mantener a todo un país en un siglo de humillación. Ese modelo —el narcotráfico como engranaje comercial, político y militar— Estados Unidos🇺🇸 lo heredó y lo perfeccionó. Desde la Segunda Guerra Mundial, Washington entendió que el narcotráfico podía ser una herramienta útil para desestabilizar gobiernos incómodos, financiar operaciones encubiertas, armar grupos paramilitares y también controlar a su propia población. No es casualidad que en los años cuarenta, cuando Estados Unidos necesitaba opio para sus guerras, pidiera al gobierno mexicano permiso para sembrar amapola en las montañas de Sinaloa, Durango y Chihuahua. El famoso Triángulo Dorado del noroeste mexicano no lo inventaron los narcos locales: lo impulsó el gobierno estadounidense. Básicamente, desde esa época México funciona como “huerta” de amapola de Estados Unidos. Miremos, por ejemplo, lo que ocurrió en el sudeste asiático durante la Guerra de Vietnam. Allí, la CIA montó una aerolínea llamada Air America que, oficialmente, servía para operaciones de inteligencia y abastecimiento. En los hechos, era una fachada para mover opio y heroína producidos en la región que abarca Laos, Myanmar y Tailandia. Esa droga servía para financiar a las fuerzas anticomunistas locales, y los excedentes se distribuían por otros canales. Cuando los remanentes del Kuomintang —el ejército nacionalista chino derrotado por los comunistas— fueron reubicados en esa zona, se convirtieron en socios de la CIA en el negocio. Esa misma lógica se repitió décadas después en Afganistán. Cuando Estados Unidos invadió el país en 2001, lo primero que hicieron las tropas no fue destruir los cultivos de amapola, sino protegerlos. Durante el breve periodo en que los talibanes controlaron el territorio, la producción de opio había caído drásticamente. Con la llegada de Estados Unidos, volvió a dispararse. El opio afgano sirvió para financiar a señores de la guerra aliados, y las ganancias terminaron engrosando las arcas de multinacionales farmacéuticas que, años después, se convirtieron en las mayores productoras de opioides legales que desataron otra crisis de adicciones, esta vez dentro de Estados Unidos. Entonces, ¿quién es realmente el narcotraficante? Estados Unidos es que quien entrena, arma y financia a los grupos criminales narcotraficantes; pero también es el mismo que después dice combatirlos. El cártel de Los Zetas, por ejemplo, fue entrenado por fuerzas especiales de Estados Unidos en bases como Fort Bragg y Fort Benning. Y el cártel Los Mata Zetas, que después se convirtió en el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), fue adiestrado por los kaibiles guatemaltecos, que a su vez habían sido formados por instructores estadounidenses. El lema del CJNG es el mismo que usaban los kaibiles: “si avanzo, sígueme; si me detengo, apriétame; si retrocedo, mátame”. Incluso más recientemente, se ha documentado que narcotraficantes mexicanos viajaron a Ucrania para recibir entrenamiento de guerra por parte de mercenarios vinculados a empresas como Blackwater. ¿Ya van entendiendo? El negocio del narcotráfico no es un desborde de la criminalidad local: es una industria militarizada que opera con la lógica de los ejércitos irregulares. Y esa lógica tiene un propósito muy concreto: generar caos controlado en territorios estratégicos. Cuando se habla de quién distribuye la droga dentro de Estados Unidos, suele decirse que es un misterio. Ya lo dijo, de forma mordaz, @lopezobrador_: “Allá no hay narcotráfico ni laboratorios. Allá no hay carteles. Allá es por telepatía que se distribuye. No hay mafias”. La verdad es que debería poderse rastrear y, si no se hace, es porque hay protección criminal desde el mismo gobierno gringo. El dinero del narcotráfico no se queda en las sierras de Sinaloa ni en los laboratorios de Jalisco. Sube hasta los bancos más grandes del mundo. HSBC, Citigroup y otras instituciones financieras han sido señaladas por lavar dinero del narco durante décadas. Pero cuando se intenta investigar en serio, siempre hay alguien que cierra la puerta. De hecho, ha habido gobiernos en Estados Unidos que llegaron al poder con dinero del narcotráfico. Un dato que se puede rastrear en las trayectorias de figuras como Bill Clinton, desde sus años como gobernador de Arkansas, o Donald Trump, cuyos casinos en Atlantic City y hoteles en Panamá fueron señalados durante años como nodos de lavado de dinero. Sheldon Adelson, uno de los grandes donantes de Trump, construyó su fortuna en el negocio de los casinos, un sector donde el lavado de dinero del narco es parte del paisaje cotidiano. Para Estados Unidos el narcotráfico es también una herramienta de control social. La llamada guerra contra las drogas, inaugurada por Richard Nixon en 1971, nunca fue realmente una guerra contra las sustancias. Fue una guerra contra ciertos sectores de la población: el movimiento antibélico, los hippies y la comunidad afrodescendiente. Se trataba de criminalizar selectivamente, de llenar las cárceles con cuerpos específicos, mientras en Wall Street los yuppies de los ochenta consumían cocaína sin mayor problema. Ronald Reagan profundizó esa doble moral: discursos moralizantes contra la droga, mientras la CIA distribuía heroína en barrios negros y latinos de Los Ángeles y San Francisco. Hoy, cuando se detiene a un capo como el Mencho, el discurso oficial celebra la "cooperación bilateral" y la "inteligencia compartida entre EEUU y México. Pero la narrativa que realmente nos están intentando calar es que México no puede controlar su territorio, que el gobierno mexicano está involucrado con el narco y que los ciudadanos estadounidenses están en peligro. Esa triple narrativa prepara el terreno para algo más: presiones arancelarias, injerencia militar o intervención directa. Tenemos que madurar, entender que el narcotráfico no es solo un negocio de drogas. Es también una palanca gringa para acceder a recursos estratégicos. México tiene las reservas de plata más grandes del planeta, además de litio e hidrocarburos. En un contexto en el que Estados Unidos busca consolidar su control sobre el continente, la desestabilización de territorios ricos en minerales es parte de su manual. La misma lógica que opera en Venezuela con el petróleo, o en el llamado triángulo del litio en Sudamérica, se aplica en México. El narcotraficante es Estados Unidos. Eso tiene sustento histórico. Hoy el narcotráfico no existe a pesar de Estados Unidos. Existe porque Estados Unidos lo ha usado, lo ha financiado, lo ha protegido y lo ha integrado a su maquinaria de poder durante más de un siglo. Mientras no entendamos eso, seguiremos discutiendo sobre capos y violencia desbordada, ignorando —con total impunidad— la premisa central: El narco es el gringo. Nos lo cuenta @ExoSapiens

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