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ASC
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@asc_1902
Español de Barcelona en USA. Private Equity investor and ‘Madridista Sociológico Universal’ since 1902. From NYC to Paris (14) and Wembley (15) #HalaMadrid
New York, USA Katılım Mayıs 2009
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How this is an international level pitch is beyond me x.com/JeffMedia4/sta…
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Los buenos no siempre ganan, pero si volviera a Barcelona, me haría socio del @RCDEspanyol, el único club que representa el honor en la ciudad.


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🎬 Negreira Confidencial 🍿
Ha llegado la hora de contar la verdad…
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#NegreiraConfidencial #Barçagate
#Documental #Negreira
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Estuve escuchando los (desde mi punto de vista, erróneos) debates en tele y radio sobre Vinicius y tengo que añadir varias cosas.
LaLiga ha abierto una investigación por los insultos racistas contra Vinícius en el estadio Carlos Tartiere. El propio Real Oviedo ha prometido llegar hasta el final. Sin embargo, mientras las instituciones se mueven, el DEBATE MEDIÁTICO en España vuelve a quedarse en el mismo punto: se reconoce la causa del enfado del brasileño —los insultos racistas—, pero se le reprocha el resto de su comportamiento.
Se repite una letanía: “sí, le insultan, pero debería comportarse mejor”. Como si se pudiera SEPARARSE UNA COSA DE LA OTRA. Como si no formaran parte de un mismo proceso.
Cuando Vinícius se encara con la grada o gesticula que el rival descenderá a Segunda, se interpreta como una actitud arrogante, fuera de lugar. Pero esa reacción NACE DEL MISMO LUGAR que sus protestas contra el racismo: una lucha constante contra un entorno hostil.
El sociólogo W.E.B. Du Bois lo describió hace más de un siglo con el concepto de doble conciencia: “Siempre se siente esta doble identidad: ser un mismo y, al mismo tiempo, verse a través de la mirada de los otros”. Eso vive Vinícius: es él mismo, alegre, desafiante, competitivo; pero constantemente percibido desde una mirada blanca que le exige calma, docilidad y sonrisa permanente.
El problema no es sólo lo que se dice, sino quién lo dice. En la radio y la televisión deportivas en España las voces son, en su inmensa mayoría, de hombres blancos. Muy pocas mujeres, y apenas periodistas negros. Esto no implica racismo explícito, pero sí una falta de diversidad que empobrece el análisis.
Stuart Hall lo advirtió: “Los medios no sólo transmiten información, construyen significados”. Si todos los que construyen esos significados parten de experiencias semejantes, las conclusiones serán limitadas. No se trata de mala fe, sino de un marco cultural homogéneo que no alcanza a comprender lo que implica sufrir racismo en el día a día.
Frantz Fanon, en ‘Piel negra, máscaras blancas’, lo expresó con claridad: “El hombre negro tiene que luchar dos veces más para ser aceptado como hombre”. Esa sobrecarga se traduce en rabia, en tensión, en gestos que desde fuera parecen excesivos. Pero vistos desde dentro son pura supervivencia. Cuando la prensa española reclama que Vinícius se limite a “jugar y callar”, reproduce lo que el sociólogo Eduardo Bonilla-Silva llama “racismo sin racistas”: marcos culturales que no insultan directamente, pero que culpan al propio afectado de su reacción.
Yo mismo soy hombre blanco, y sé que nunca comprenderé del todo lo que significa vivir el racismo. Pero en el Reino Unido aprendí a escuchar voces diversas y a reconocer que la riqueza del debate sólo surge cuando se incorporan experiencias distintas: de raza, de género, de clase, de orientación sexual. La teórica Sara Ahmed lo resume bien: “La diversidad no es un adorno institucional, sino una práctica de transformación. Sin voces diversas, las instituciones repiten el mismo discurso de siempre”.
No acuso a la prensa española de ser racista. Pero sí de no hacer lo suficiente para variar el discurso. En el caso de VinIcius, eso tiene consecuencias claras: se acepta que sufre racismo, pero se le reprende cuando responde con su carácter. Para mí, AMBAS COSAS SON LO MISMO: resistencia frente a un mundo que le quiere encajado en un molde ajeno.
El día que la prensa entienda que sus gestos, sus protestas y su manera de jugar son inseparables de su experiencia, el análisis será más justo. Y, sobre todo, más humano.

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