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PERÚ: ¿"INDEPENDENCIA"?
Es un hecho que Perú, en los albores del siglo XIX, no anhelaba fracturar el cuerpo político de la monarquía hispánica, de la cual formaba parte esencial, no como apéndice, sino como miembro vital, el corazón de la América hispana. Bajo la Corona Española, cuya estructura reflejaba una armonía jurídica, cultural y filosófica, el virreinato resplandecía como órgano indispensable del Gran Imperio. Sin embargo, la voluntad de sus habitantes fue ultrajada por fuerzas externas y traiciones internas, orquestadas por agentes que, bajo un “manto de la libertad”, impusieron una secesión que fue sin duda la mutilación del alma colectiva del Perú.
No fue el pueblo peruano el que decidió romper los lazos con el imperio que conformaba. Aquí no se “rompieron cadenas”, se desmembró una parte del cuerpo. Así lo comprueban las actas de los cabildos de Lima, Trujillo y Arequipa, entre 1812 y 1821, que revelan lealtad hacia la Corona defendiendo la unidad del reino con el imperio frente a turbulencias napoleónicas e ideas iluministas de la época. Por ejemplo, según archivos municipales, en el Cabildo Abierto de Lima de 1814 quienes gobernaban expresaron “fidelidad inquebrantable” al rey Fernando VII rechazando cualquier movimiento que fracturara la soberanía hispana (Archivo Municipal de Lima, 1814). La historiadora peruana Scarlett O’Phelan (2001) refuerza esta realidad: “el Perú, lejos de buscar la ruptura, se mantuvo como bastión realista, con una sociedad arraigada en la tradición monárquica” (p. 245). La realidad histórica demuestra que las voces monarquistas fueron silenciadas por figuras como José de San Martín, cuya llegada al Perú respondió a una estrategia fraguada desde otros mares,enviado por enemigos de España.
San Martín, investido de celo revolucionario y al servicio de una agenda masónica, proclamó en 1821 la “independencia” en Lima ejecutando el desmembramiento. Sus decretos, como el del 8 de julio, no reflejan ningún consenso popular, sino una imposición autoritaria para consolidar el orden revolucionario de los enemigos de la Corona. En el “Bando de la Independencia”, San Martín impuso a los peruanos aceptar la ruptura como hecho consumado sin proceso deliberativo que involucrara a su gobierno, elites criollas o pueblo llano. Este acto, lejos de ser “liberación”, es descrito en crónicas de la época como maniobra de la revolución que convenció a una élite interna traidora, algunas de las cuales, según el Cabildo de Cuzco de 1820, habían jurado lealtad al rey meses antes.
La Logia Lautarina, brazo militar de la revolución en Hispanoamérica, desempeñó un papel determinante en esta fractura. Fundada en 1812 en Buenos Aires por masones vinculados a la Gran Logia de Inglaterra, adoptó el nombre “Lautarina” tras la batalla de Lautaro (1813), donde revolucionarios derrotaron a realistas, erigiendo el término como emblema de su implacable y sangrienta determinación. Compuesta por militares y comerciantes británicos-chilenos, financiada con fondos y armamento desde la Corona británica, la Lautarina operaba con fervor revolucionario sin clemencia. Documentos de la época, como memoriales de fray Diego de Ocaña y correspondencia entre San Martín y O’Higgins, publicada en la Biblioteca Nacional del Perú, describen sus métodos: financiación de escuadrones que ejecutaban realistas sin un juicio previo, “ley de fuga” para fusilar a prisioneros y, quema de archivos parroquiales con destrucción de bienes de leales a la Corona. El mote “Lautarina” era sinónimo de crueldad, pues quienes caían bajo su yugo no podían esperar juicio ni piedad, consolidando un régimen de terror. Y el terror ha sido siempre la firma característica de un proceso revolucionario. Miremos sino a la madre de todas en el tiempo moderno, la Revolución Francesa.
Por tanto “celebrar” una “independencia” que en realidad fue amputación es perpetuar la herida. El Perú fue arrancado de su matriz histórica, no por autodeterminación, sino por traidores internos y “libertadores” que, bajo agendas foráneas, fragmentaron su identidad y diluyeron su esencia. Sus nombres, grabados en plazas y avenidas, contrastan con el gen colectivo del ADN peruano. Esta dualidad define hoy al Perú, reino esencial de la Corona, cuya mutilación del cuerpo político hispano ha marcado sus últimos 204 años de historia. El Perú es soberano no por la quimera revolucionaria, sino por la savia de una soberanía divina que corre por sus venas concedida como parte de un imperio generador. Hoy, vive en orfandad, despojado de su estructura mística por un engaño impuesto por la revolución, que acusó a España de explotación, desamor y abandono. La quimera revolucionaria ha quebrado su alma, dejando al reino vulnerable al legado lautarino que se sigue alimentando de su llaga abierta. Porque hay un hecho imborrable: todo lo bello, lo arquitectónicamente sublime del Perú (catedrales, monasterios, hospitales y santos del virreinato), su maravillosa mezcla hispano-americana refleja su esencia: noble, católica, monárquica, hispana.
Cuando peruanos, seducidos por una narrativa falseada de “libertad”, celebran en Madrid, corazón de la monarquía, una “independencia” que en realidad fue ablación, emiten un grito de dolor, creyendo que España no solo nunca los amó como propia, sino que los utilizó y abandonó. Y este relato desgarra, rompe, divide. Eso ocurre en el peruano que no conoce su historia. Lo que un peruano consciente de su linaje debería proclamar en Madrid es: “España, estamos aquí porque somos uno, porque juntos construimos un imperio donde el Sol no se ponía y, rechazamos el cruel relato que nos arrancó de ti”. Este 28 de julio, el Perú debe clamar con noble humildad: “¡Esta es nuestra esencia: un reino católico y monárquico, que debe cicatrizar su herida y alzarse de su mutilación, porque su corazón guarda la nobleza y grandeza que sus enemigos no han destruido en 204 años!”.
autor: Mar Mounier
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Referencias
- Archivo Municipal de Lima. (1814). Acta del Cabildo Abierto de Lima, 1814 [Manuscrito]. Tomo 1814. Archivos Generales de la Nación del Perú, Lima, Perú.
- Archivo Regional de Cuzco. (1820). Registros del Cabildo de Cuzco, 1820 [Manuscrito]. Archivos Generales de la Nación del Perú, Cuzco, Perú.
- Ocaña, D. de. Memoriales [Manuscrito]. Archivo Arzobispal de Lima, Colección de Memoriales Eclesiásticos, Lima, Perú.
- O’Phelan Godoy, S. (2001). El Perú en el siglo XVIII: La era borbónica. Lima, Perú: Pontificia Universidad Católica del Perú.
- San Martín, J. de. (1821). Bando de la Independencia, 8 de julio de 1821. Gaceta del Gobierno de Lima. Biblioteca Nacional del Perú, Colección de Documentos Históricos, Lima, Perú.
- San Martín, J. de., & O’Higgins, B. (1812-1821). Documentos del Archivo de San Martín [Correspondencia]. Biblioteca Nacional del Perú, Colección de Documentos Históricos, Sección Independencia, Lima, Perú.
Imagen ilustrativa: Rex_Hispaniarum. IG.

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@InformaCosmos A Maria Jesus Montero. Saldrían corriendo despavoridos.
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