Darkjosk
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Spain's Prime Minister Pedro Sanchez says his government has decided not to join US President Trump's so-called "Board of Peace" since it excludes Palestinians and operates outside the UN framework.

x.com/enricross1964/… Para entender lo que pasa en el territorio doméstico de Trump, hay una frase que suele repetir: “No te preocupes, en las cortes de apelación están mis jueces”. No es una fantasmada. Es una descripción bastante precisa de lo que ocurre. Es un poder poco conocido, pero decisivo. Durante su primer mandato, Trump nombró una cantidad histórica de jueces de apelación, 54. Y esos nombramientos —jóvenes, ideológicamente ultraconservadores y estratégicamente ubicados— se han convertido en una de sus armas más eficaces. Una y otra vez, los 13 tribunales de apelación designados por Trump revocaron fallos de tribunales de distrito que frenaban sus políticas, allanando el camino para su agenda. Los números no generan dudas: los jueces de apelación nombrados por Trump votaron a favor de su administración 133 veces y solo 12 en contra. Un 92 % de apoyo. En contraste, los jueces nombrados por presidentes demócratas votaron contra la agenda trumpista el 73 % de las veces, mientras que los designados por republicanos lo hicieron solo el 32 %. No hablamos de tecnicismos menores. Estos jueces permitieron desplegar la Guardia Nacional en ciudades pese a la oposición de autoridades estatales y locales. Retrasaron durante más de seis meses una investigación judicial sobre vuelos que trasladaron inmigrantes venezolanos a una prisión de máxima seguridad en El Salvador, a pesar de existir una orden judicial. Autorizaron, además, la retención de millones de dólares en fondos federales destinados a distritos escolares públicos. Todo esto no es accidental. Forma parte de un plan perfectamente diseñado: concentrar poder en la Casa Blanca usando los tribunales como palanca. Trump ha nominado jueces alineados con una visión maximalista del poder presidencial y ha facilitado que perfiles cada vez más ideológicos superen el filtro del Senado. En Washington —epicentro de las demandas contra su agenda— tres jueces de apelación nombrados por él han votado sistemáticamente a su favor. Trump, además, ha asumido un papel inusualmente activo en presionar al poder judicial. Llama “radicales” y “lunáticos” a los jueces que fallan en su contra, mientras elogia como “brillantes” y “muy respetados” a los que deciden como él espera. Un mensaje claro para quien quiera hacer carrera. Los trece tribunales de apelación funcionan como unos playoffs judiciales: la capa intermedia donde se resuelven muchos de los casos más importantes del país y desde donde se construye el camino hacia la Corte Suprema. Y ahí los jueces de Trump no dudan. Votaron a su favor el 97 % de las veces en suspensiones administrativas, el 88 % en suspensiones pendientes de apelación y el 100 % en fallos finales. La razón de este poder es estructural. La Corte Suprema de Estados Unidos solo acepta alrededor del 1 % de las miles de peticiones que recibe cada año. Los tribunales de apelación, en cambio, gestionan más de 40.000 casos anuales y establecen precedentes vinculantes en sus respectivos circuitos. Son, en la práctica, los grandes guardianes del sistema. Por eso Trump puede decir, sin rubor: “Si son mis jueces, ya saben cómo van a decidir”. No es arrogancia. En total, Trump nombró 54 mas jueces de apelación en su primer mandato, mas seis en este. Destacan por su juventud, sus credenciales académicas y su conservadurismo militante. No son bufones. Son superestrellas. Muy eficaces. Y van a estar ahí durante mucho tiempo. Ahí está el verdadero legado de Trump. No en los discursos. No en los tuits. Sino en una arquitectura judicial diseñada para sobrevivirle.




x.com/enricross1964/… "Houston, we have a problem" El diagnóstico clínico no admite dudas; el lío monumental es qué hacemos con el paciente. En Davos, el mundo miraba con esa mezcla de horror y fascinación de quien presencia un accidente de tráfico a cámara lenta: «Abrumador», decían. «El show completo del esperpento trumpiano». Mientras tanto, al otro lado del charco, cualquiera con dos dedos de frente intuye que el barco hace aguas. No hablamos de la paranoia habitual de la oposición ni de gritos histéricos, sino de una preocupación genuina, susurrada por quienes todavía recuerdan cómo era la "normalidad" antes de que el caos se pusiera de moda. "Podemos perder la república". "El país esta irreconocible". Estas sentencias apocalípticas no salen de activistas con pancartas, sino de gobernadores, analistas y académicos; precisamente esa élite de "expertos" que Trump desprecia con tanto ahínco. Curiosamente, todos coinciden en el mismo veredicto: narcisismo desenfrenado al volante del poder. Tácito, ese viejo aguafiestas romano, dedicó buena parte de su vida a documentar qué ocurre cuando un gobernante pierde los frenos y los contrapesos se esfuman: el deterioro es irreversible. El narcisismo en el trono no madura como el buen vino; más bien, calcina las últimas inhibiciones, infla la grandiosidad y reduce la empatía a cenizas. Al repasar las biografías de angelitos como Tiberio o Nerón, Tácito observó que los tiranos se embriagan con su propia omnipotencia de forma progresiva. La moderación se evapora y la paranoia planta su bandera. No encontrareis en los Anales ni en las Historias un solo caso de un líder ebrio de poder que recuperara la cordura milagrosamente. El patrón histórico es tozudo: la deriva hacia el libertinaje y la violencia es un tobogán que solo va hacia abajo. Y cada vez con más velocidad. Pero el drama no se limita a la psique averiada de Trump. La tiranía pudre todo el ecosistema que le rodea. Genera enjambres de aduladores dispuestos a vender su dignidad por un minuto de calor cerca del Tirano, los pelotas de siempre, antes cortesanos, aunque ahora vistan seda italiana en lugar de togas. Obliga a la gente con principios a practicar el triste arte del silencio estratégico y, lo que es peor, nos anestesia a todos. Esta anestesia funciona por saturación. Cuando el escándalo es el pan de cada día, el sistema nervioso colectivo se encoge de hombros. La brutalidad deja de ser noticia. La línea roja se ha movido tantas veces de sitio que ya nadie recuerda dónde diantres estaba pintada al principio. El diagnóstico psicológico es de libro. Los síntomas saltan a la vista: irá a peor. Los precedentes históricos están ahí para quien quiera leerlos. No hay misterio alguno. El verdadero problema , ese cordón umbilical con el poder que nadie sabe como cortar, es: ¿Cómo demonios se saca del poder a quien lo ejerce así? Sobre todo con los trece tribunales de apelación que han votado a su favor el 92% de sus resoluciones. Esa es la pregunta que nos debe quitar el sueño. A Estados Unidos y, de rebote, al resto del planeta.

Former Israeli MP Moshe declared: “As Hitler once said, ‘I cannot live if one Jew is left,’ we too cannot live here if even one Palestinian remains in Gaza.”

















