
DÍA DEL LIBRO
¡Ah, qué placer es tomar un libro entre las manos!, abrirlo y dejar que escapen sus olores… ora de tinta y papel nuevo; ora de aromas de pasado. Qué placer es sentir en los dedos su textura: ora aspereza, ora tersura… Cerrar los ojos y escuchar el arrullo cantarino de sus hojas cayendo unas sobre otras… Dejar que nuestros ojos beban letras: ora dulces, ora amargas, ora inquietantes.
Tener un libro entre las manos es conectarnos con la historia: una historia que se guarda en la palabra que lo nombra: libro. Plinio el Viejo, escritor romano del primer siglo de nuestra era, en su Historia Natural, nos cuenta que antes de que se conociera el papiro se utilizaban cortezas de árboles y otros materiales para escribir. Así lo dejó consignado:
«El papel debe su descubrimiento a la época de Alejandro Magno, cuando fundó Alejandría en Egipto. Hasta entonces no se utilizaba. Primero se emplearon hojas de palma para escribir y después la corteza de ciertos árboles».
De la arcaica raíz indoeuropea «leub», que encerraba el concepto de “pelar, quitar la cáscara, descortezar un árbol”, nació en latín «liber», voz que primero significó “parte interior de la corteza de los árboles”. Por ser este el material en el que se escribía, pasó a nombrar a la obra escrita: «liber» y después «librum». Con el tiempo, un leve ajuste fonético dio lugar en castellano a nuestra palabra libro, voz cuyo étimo conserva algo de la historia de la escritura primitiva.
Tal vez sean los años, pero no me sabe igual un libro de electrones… Por eso el libro de papel no puede abandonarnos. Debe quedarse para que podamos tocarlo, olerlo, oírlo y hasta saborearlo… con todos los sentidos.
¡Ah, qué placer es tomar un libro entre las manos!, abrirlo y dejar que escapen esas voces que nos llegan de muy lejos: de otros tiempos, de otras mentes y de otros espacios.

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