
Tengo 43 años.
Hace seis me divorcié.
Después de separarnos, cada uno se llevó lo suyo.
Pero hubo algo que ninguno quiso tocar.
El reloj de la sala.
Era antiguo.
De esos que suenan cada hora.
Nunca fue importante.
Solo estaba ahí… marcando el tiempo.
El día que me mudé, lo dejé.
Pensé que ella se lo quedaría.
Meses después, tuve que volver al apartamento por unos documentos.
Entré.
El lugar estaba distinto.
Vacío.
Pero el reloj seguía ahí.
Marcando la hora.
Sonó justo cuando pasé por la sala.
El mismo sonido de siempre.
Me quedé unos segundos escuchándolo.
No me lo llevé.
No lo mencioné.
Tiempo después volví otra vez.
Y ahí seguía.
Funcionando.
Cuidado.
Como si alguien se asegurara de darle cuerda.
Ese día entendí algo.
El divorcio cambia muchas cosas.
Pero hay cosas…
que ninguno quiere detener.
Porque mientras sigan ahí…
parece que el tiempo
no hubiera pasado del todo.
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