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Jesús Soria-Narváez | jsnarvaez.bsky.social
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Captura Regulatoria
En la Universidad de Chicago de los años 70, un economista llamado George Stigler, premio Nobel en 1982, diseccionaba con bisturí implacable el mito del Estado regulador benevolente. Observaba cómo las agencias creadas para «proteger al público» terminaban, con el paso del tiempo, sirviendo a los mismos intereses que debían vigilar. No era corrupción de unas cuantas manzanas podridas: era el resultado predecible de los incentivos. Los regulados tienen mucho que ganar concentrando recursos en presionar, mientras los ciudadanos dispersos apenas notan el costo por cabeza. Así nació la «captura regulatoria»: las agencias terminan controladas por la industria, los lobbies o los ideólogos internos que supuestamente deben domesticar.
Stigler lo explicó con frialdad matemática: la regulación no es un bien público neutral, sino un bien privado que se compra y se vende en el mercado político. Los reguladores necesitan información, votos, empleos futuros y financiación; los regulados se los ofrecen a cambio de reglas que levanten barreras de entrada, eliminen competencia incómoda o repartan subsidios. El resultado es un «cartel estatal» disfrazado de interés general.
Esta dinámica, que parecía un vicio del capitalismo sucio, revela su máxima potencia cuando se aplica al socialismo y sus variantes. En los regímenes comunistas el Estado es simultáneamente regulador, juez, productor, propietario y árbitro. La captura ya no es parcial, es «captura total». La nomenklatura soviética, esa nueva clase parasitaria que Milovan Djilas denunció con asco, no regulaba a las empresas; era la empresa. Controlaban los medios de producción y los medios de represión. El resultado fue la economía más capturada de la historia: fábricas que producían chatarra porque los directores respondían a cuotas políticas, no a la demanda real; koljoses que arruinaban la tierra porque los comisarios capturaron la planificación agrícola. Cuando cayó el Muro, no se derrumbó una economía; se desmoronó un gigantesco esquema de rent-seeking (búsqueda de ganancia) institucionalizado.
En la izquierda democrática del siglo XXI la captura adopta formas más sofisticadas y, por eso mismo, más repugnantes. Las agencias «ambientales» son capturadas por empresas «verdes» que viven de subsidios y mandatos de energías renovables, mientras ignoran la física elemental de la intermitencia y la densidad energética. Los burócratas educativos son capturados por sindicatos docentes que defienden con uñas y dientes el monopolio público, aunque los informes PISA muestren año tras año el naufragio sistemático de la educación pública y de que los padres hartos clamen, suplicantes, por «vales educativos» y «escuelas libres» que les devuelvan algo de control sobre el futuro de sus hijos.
Las oficinas de «igualdad» y «antidiscriminación» terminan en manos de activistas woke que convierten la ley en un arma de caza contra los disidentes, mientras las verdaderas víctimas de discriminación esperan en la cola.
Todo ello financiado, por supuesto, con impuestos de la clase media y ganancias de las grandes corporaciones que aprendieron a surfear la ola regulatoria: «capitalismo de amigotes con bandera arcoíris», le llaman algunos. Los mismos que ayer exigían más Estado para «controlar a las multinacionales» hoy son las multinacionales que financian tanques pensantes progres y contratan ex-reguladores a sueldos obscenos. La ironía es tan deliciosa que duele.
Los ingenieros sociales de izquierda siguen vendiendo el cuento del «Estado regulador benevolente» como si fuera un ente platónico inmune a los incentivos humanos. Cada nueva agencia, cada nuevo ministerio de la «transición ecológica», cada comisariado de la «diversidad» se convierte en un gran feudo donde se reparten los presupuestos, los contratos y el poder. La entropía burocrática crece, la corrupción se institucionaliza y el ciudadano de a pie paga la factura en impuestos, precios inflados y libertades recortadas.
Mientras tanto, las soluciones que realmente erosionan la captura (competencia real, propiedad privada clara, reglas generales y estables, responsabilidad electoral dura) son precisamente las que la tribu roja demoniza como «neoliberalismo salvaje». Prefieren un Estado hipertrofiado que promete protegerte de los lobos y termina siendo el lobo más grande, con credenciales académicas y fondos públicos.
La captura regulatoria no es un fallo corregible con «más democracia participativa». Es la ley de hierro de cualquier sistema donde el poder coercitivo se mezcla con los intereses económicos sin contrapesos efectivos. Y en eso, como en tantas otras cosas, el socialismo no representa la superación del capitalismo: representa su forma más obscena y completa.

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Falacia de la Ventana Rota
En un pueblo francés del siglo XIX, Frédéric Bastiat, ese liberal clarividente que diseccionaba a fondo todas las sofisterías estatistas, publicó en 1850 su ensayo Ce qu’on voit et ce qu’on ne voit pas. Contaba la historia de un niño que rompe el cristal de una panadería. Los vecinos, optimistas de salón, celebran: «¡Qué bien para el vidriero! Habrá trabajo, circulará dinero». Lo que se ve. Pero Bastiat señala lo que nadie quiere mirar: con el dinero que el panadero paga al vidriero, ya no podrá comprar el traje nuevo que pensaba encargar, ni el libro, ni invertir en su negocio. El empleo del vidriero no es ganancia neta; es mera transferencia. La destrucción no crea riqueza, solo la desplaza y, sobre todo, destruye la riqueza futura que nunca nacerá.
A esa miopía, Bastiat la llamó falacia de la ventana rota. No es un error inocente: es la madre de casi todos los disparates económicos intervencionistas. Porque el costo de oportunidad, ese fantasma invisible que Friedrich von Hayek y los austriacos luego precisarían, siempre acecha. Cada recurso usado en A no está disponible para B, C o Z. Y la sociedad, en su conjunto, sale perdiendo.
«Lo que se ve y lo que no se ve». Esa distinción sigue siendo letal.
Los ingenieros sociales de izquierda llevan dos siglos rompiendo ventanas a escala continental y exigiendo que aplaudamos al vidriero estatal. Expropian, regulan, suben impuestos, inflan la burocracia, «estimulan» con gasto público. Se ve el empleo del funcionario, la ONG subvencionada, el subsidio que llega al votante, el hospital público inaugurado con bombo y platillo. No se ve el capital privado devorado, la innovación estrangulada, las empresas que nunca nacen, los empleos productivos que se evaporan.
En Venezuela la ventana rota se hizo añicos continentales. Expropiaciones «para el pueblo», fábricas entregadas a «colectivos revolucionarios», precios «justos» decretados. Se vio la fiesta inicial de empleos públicos, misiones, subsidios y propaganda. No se vio, hasta que ya era tarde, el colapso de la producción, la huida de talento, la destrucción de capital humano y físico. Hoy rebuscan en la basura mientras los jerarcas chavistas-maduristas presumen de «logros sociales». La falacia convertida en hambruna nacional.
La redistribución masiva funciona igual. Cada euro o bolívar que el Estado arranca al sector productivo para dárselo a su clientela política es un cristal roto. Se ve la ayuda, el «empleo verde», la cuota de diversidad obligatoria. No se ve el médico que cierra su consulta por impuestos confiscatorios, el ingeniero que emigra, el emprendedor que desiste. La miseria futura se acumula en silencio, como interés compuesto del desastre.
Las ONG y la burocracia «social» son la versión moderna y sofisticada de la misma estafa visual: miles de puestos bien pagados, informes, talleres de sensibilización y «lucha contra» esto o aquello. Se ve el activismo moralizante. No se ve el capital que nunca se invirtió en fábricas, el crecimiento que nunca llegó, la dependencia que se cultiva como droga de Estado. Generan pobreza estructural mientras se autoproclaman salvadores.
El socialismo, en todas sus variantes, es un festival permanente de ventanas rotas. Cree que puede crear riqueza destruyendo los incentivos, que puede generar orden rompiendo la coordinación espontánea, que puede fabricar prosperidad asesinando el futuro invisible. Cada vez que un igualitarista de salón grita «¡Hay que gastar más en lo social!» está, literalmente, celebrando al niño con la piedra en la mano. Y cuando el cristal hecho añicos deja al país a oscuras, siempre culpa al mercado, al «neoliberalismo» o al «saboteo imperialista». Nunca a la falacia que ellos mismos invocan como dogma.
Porque reconocer el costo de oportunidad invisible equivaldría a admitir que su modelo entero es una inmensa destrucción neta disfrazada de compasión. Y eso, claro, no entra en el relato. Prefieren seguir rompiendo cristales y cobrando por arreglarlos. Hasta que no quede ni una ventana sana.


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Hablar de “traición a la patria” no es un juego retórico ni un adjetivo para la guerra política. Es el tipo penal más grave del Código Penal Federal, pensado para castigar colaboraciones hostiles con potencias extranjeras, no para disfrazar disputas partidistas ni para perseguir a gobernadores incómodos. Quien manipula ese tipo, dinamita la seguridad jurídica y convierte el derecho penal en arma facciosa.
Si se estira tanto el artículo 123 CPF para intentar encajar ahí a la gobernadora de Chihuahua por cooperar con Estados Unidos en operativos contra el crimen organizado, esa misma interpretación elástica alcanzaría, y con mayor fuerza, a la propia Presidencia de la República por las extradiciones masivas de 92 personas realizadas bajo el actual gobierno federal. Y eso revela el absurdo: una lectura tan expansiva haría “traidor” a medio aparato de seguridad del Estado.
La traición a la patria debe reservarse para casos de colaboración realmente hostil contra la soberanía, no para castigar decisiones de política criminal discutibles o hasta reprochables. Si hoy se criminaliza como “traidor” al que coopera con un Estado extranjero en el marco de tratados y de la Ley de Extradición, mañana cualquier cooperación internacional será sospechosa. Y cuando todo es traición, nada lo es: solo queda un derecho penal al servicio del poder, no de la Constitución.

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¿QUERÍAN PRUEBAS? LA DE MAYOR PESO, UN GENERAL DE DIVISIÓN SE CONVIERTE EN EL PRIMER COLABORADOR DEL DEPTO DE JUSTICIA DE LOS USA.
Abro #HiloPenal
#GerardoMerida

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@arturoangel20 @Claudiashein @Viri_Rios @DeniseMaerker @leozuckermann @rivapa @Enrique_Acevedo Yo dejé de verlo por la participación de la pseudoanalista Viridiana Ríos.
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¿Cuántos de ustedes ven Tercer Grado?
Ya muy pocos, dice la presidenta @Claudiashein
¿Será @Viri_Rios @DeniseMaerker @leozuckermann @rivapa @Enrique_Acevedo
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Evidentemente, el cártel ya decidió su candidata en SLP...
Irving@IrvingPineda
🚨 La presidenta del Partido Verde, @karencastrejont, confirmó que la senadora @RuthGonzalezMX, se perfila como su candidata a la gubernatura de San Luis Potosí. Negó que sea nepotismo ser esposa del gobernador Ricardo Gallardo y reiteró la alianza con Morena y PT.
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El dinero no se va de un país por capricho: se va cuando deja de confiar. A veces busca rendimiento; otras, dólares; muchas, seguridad jurídica; y demasiadas veces, simplemente esconderse del miedo.
México debería leer esa salida como una radiografía brutal: quien puede proteger su riqueza la pone lejos; quien no puede, se queda a vivir con la inseguridad, la incertidumbre y las reglas cambiantes.
El debate no es sólo por qué se llevan el dinero. El debate es qué país estamos construyendo para que tantos prefieran tener su patrimonio fuera, mientras sus negocios, trabajadores y ganancias nacen aquí.

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El @INEMexico no avaló la elección de Rocha en 2021, un ABC en 5 puntos:
1) El INE capacita ciudadanos para instalar casillas.
2) NUNCA califica, válida o anula una elección.
3) Como hubo violencia, el INE presentó denuncias penales que la FEPADE en manos de Morena ignoró.
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🔴 SIEMPRE HAY UN VIDEO
Con maestría, el general Luis Cresencio explicó en 2019 cómo fueron por Ovidio apelando al tratado de extradición vigente desde 1978.
En la relatoría JAMÁS mencionó la palabra PRUEBAS; no había investigación en México.
•13 de septiembre: EE.UU. solicita la orden de detención provisional con fines de extradición.
•25 de septiembre: la FGR pide a un juez autorización para detenerlo.
•17 de octubre: ejecutan el operativo fallido.
Pasaron 34 días entre la solicitud de EE.UU. y el operativo.
NO pidieron PRUEBAS.
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El chocolate que conocemos hoy no tiene nada que ver con lo que bebían en Tenochtitlan. El xocolatl azteca era una bebida fría, amarga, espesa y espumosa, preparada con cacao molido, agua, chile, vainilla y achiote, sin una sola gota de azúcar porque el azúcar no llegó a América hasta los españoles. Era oscura como el café negro, se servía a temperatura ambiente o fría, y producía una espuma densa que los preparadores trasvasaban la mezcla de una vasija a otra levantando el chorro desde altura para aerar el líquido. Era exclusiva de la élite: guerreros, sacerdotes, nobles y el tlatoani. Las clases populares la probaban solo en bodas y ceremonias. Moctezuma II, según los cronistas, bebía más de veinte vasijas al día y guardaba millones de granos de cacao en sus almacenes como reserva, porque el cacao era simultáneamente bebida y moneda: con cien granos se compraba una guajolota, con uno un tamal. Los pueblos sometidos por el Imperio pagaban su tributo en costales de cacao. Cuando Hernán Cortés lo probó en la corte de Moctezuma, que lo recibió creyendo que era Quetzalcóatl, lo describió en carta a Carlos V como una bebida que daba energía extraordinaria pero cuyo sabor le pareció detestable. Uno de sus capitanes lo llamó directamente "bebida para cerdos." Esos mismos hombres se llevaron el cacao a Europa, le agregaron azúcar, lo calentaron, lo solidificaron dos siglos después, y hoy el mundo consume 4.5 millones de toneladas de chocolate al año. El regalo de Quetzalcóatl a la humanidad lo mejoraron los mismos que destruyeron su civilización.

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