Hvygens@Hvygens
El punto no es que tener recursos naturales condene a un país. Claramente no es el caso. Australia o Noruega son contraejemplos obvios. El argumento, más bien, es que ciertos tipos de renta natural (alta, concentrada, exportable y apropiable por una pequeña élite o por el Estado) amplían mucho el margen para sostener malas instituciones, baja productividad, clientelismo o errores y estupideces de política económica porque reducen la presión competitiva que te obliga a corregirte más rápido. Donde esa renta no existe, el margen es mucho más estrecho.
En ese sentido, los endowments te arman el menú, pero no deciden qué vas a elegir. Ahí influyen los factores culturales, históricos, genéticos, etc.
Respecto a la comparación con Estados Unidos, es obviamente una cuestión sobredeterminada, pero puedo dar unas ideas.
Primero, Estados Unidos no era simplemente un "país de inmigrantes", en abstracto. Hasta bien entrado el siglo XIX fue una sociedad abrumadoramente dominada por poblaciones británicas y noreuropeas y sus descendientes, con una matriz cultural protestante muy fuerte. La Constitución fue redactada por esa élite, y la presidencia siguió perteneciendo al viejo mundo angloprotestante, esencialmente británico, hasta Kennedy. La única anomalía fue Van Buren, de ascendencia y lengua materna neerlandesa. Incluso en 1980, alrededor de un tercio de la población estadounidense era de origen británico. Eso influyó en sus patrones de alfabetización, asociacionismo, autogobierno local, disciplina laboral, familia, moral comercial y la legitimidad de la pequeña propiedad.
El libro Albion's Seed de David Hackett Fischer es muy interesante sobre la influencia duradera de las distintas corrientes migratorias británicas. Las cuatro grandes (puritanos de East Anglia, cavaliers del sur de Inglaterra, cuáqueros de las Midlands, y escoceses-irlandeses de las fronteras) trajeron disposiciones culturales bastante distintas, cuyos efectos son rastreables regionalmente hasta hoy.
Durante el siglo XIX esa base fue reforzada por enormes corrientes migratorias alemanas, neerlandesas y escandinavas, fuertemente protestantes y muy presentes en el Midwest y las Grandes Llanuras. En 1980, alrededor de un tercio de la población declaraba tener alguna ascendencia de este grupo.
Las oleadas inmigratorias posteriores, entonces, se incorporaron a un marco institucional y a normas culturales que ya estaban bastante fijadas, al menos a nivel nacional hasta el New Deal.
(A nivel subnacional, los nuevos grupos de inmigrantes ya eran bastante influyentes en las principales ciudades, como bajo el régimen de Tammany Hall en Nueva York. De hecho, creo que el movimiento progresista de principios del siglo XX puede interpretarse, en gran medida, como una reacción del viejo establishment anglo-protestante contra esa política urbana de máquinas, patronazgo e inmigración masiva.)
Segundo, aunque Estados Unidos tenía una abundancia enorme de recursos naturales, esos recursos no generaban el mismo tipo de renta concentrada y políticamente apropiable. Su población era mucho mayor, su territorio productivo estaba más diversificado y su mercado interno tenía escala continental. En la Argentina, en cambio, una población relativamente chica convivía con una pampa extraordinariamente productiva y con una estructura de propiedad mucho más concentrada. Por eso la renta agraria y pastoril tenía un peso político per cápita mucho más alto.
Podemos decir que la abundancia de tierra apta para cereales en el Midwest fomentó la pequeña propiedad mediante instituciones como el Homestead Act, creando una clase media rural con poder político y un mercado interno para bienes manufacturados. En la Argentina, en cambio, la dotación pampeana favoreció la ganadería extensiva, que tiende naturalmente a la concentración.
Mientras tanto, la estructura de propiedad quedó fijada, mediante la Ley de Enfiteusis de Rivadavia y la Campaña del Desierto, antes de la transición cerealera de fines del siglo XIX. Cuando el cereal llegó, fue absorbido por esa estructura preexistente a través del arrendamiento, en lugar de generar una clase propietaria nueva.
Al ser un país tan grande, los estadounidenses además contaban con un mercado interno enorme y mucho más distribuido geográficamente. Surgieron, entonces, muchos centros económicos: Nueva York, Boston, Chicago, St. Louis, Philadelphia, Nueva Orleans, California. Eso genera niveles de competencia altísimos. Esta ventaja también fue, en buena medida, construida mediante inversión pública en infraestructura, primero el canal de Erie, luego el ferrocarril y en el último siglo, los Interstate Highways.
Los estados del Sur eran bastante distintos, por supuesto, con su economía esclava y siendo muy dependientes del algodón y el tabaco. Tenían rentas altísimas, concentradas, exportables y apropiables por una élite terrateniente. Las instituciones del Norte y del Sur no convergieron pacíficamente mediante la asimilación cultural. Requirió la Guerra Civil, el conflicto más sangriento de la historia estadounidense, para que el modelo industrial del Norte destruyera la estructura más rentista y concentrada del Sur.
Finalmente, a esto hay que sumarle una diferencia fiscal. Estados Unidos logró construir tempranamente un sistema de crédito público mucho más sólido a partir del programa hamiltoniano. Y cuando varios estados incurrieron en defaults masivos en la década de 1840 —Mississippi llegó a repudiar su deuda explícitamente— la Unión no los rescató. Eso impuso una restricción presupuestaria dura a nivel subnacional que disciplinó el gasto de forma duradera.
La Argentina siguió el camino inverso. La dependencia de la Aduana en Buenos Aires (a diferencia de Estados Unidos, cuya Constitución prohibía explícitamente gravar a las exportaciones), la fragmentación política y la resistencia de los grupos con poder económico a ampliar la base tributaria produjeron una capacidad fiscal estructuralmente frágil. Entonces, cuando las potencias extranjeras imponían bloqueos navales (como el bloqueo brasileño durante la Guerra del Brasil, el francés de 1838-40 o el anglo-francés de la década de 1840), los ingresos de Argentina se desplomaban. Todo eso se combinó para empujar repetidamente hacia el impuesto inflacionario como válvula de escape.
El régimen de coparticipación que se consolidó en el siglo XX cristalizó esta dinámica. Al centralizar la recaudación y distribuir el gasto, el gobierno federal absorbió el riesgo fiscal subnacional, habilitó el gasto irresponsable crónico, debilitó los incentivos para que las provincias desarrollaran bases tributarias propias y las convirtió en demandantes netas de transferencias masivas.
El resultado fue exactamente lo contrario al modelo estadounidense.
Es decir, la diferencia no era sólo cuánta riqueza potencial había, sino si esa riqueza podía convertirse en capacidad fiscal, crédito público e instituciones estables y pro-desarrollo, y si la arquitectura del Estado creaba o destruía los incentivos para hacer esa conversión.