
Leonel22
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Hay algo casi cíclico, y por momentos inquietante, en esa tentación de algunos exaltados de ambos lados de los Andes que imaginan que los desacuerdos entre Chile y la Argentina podrían resolverse por la vía de las armas. No es un desvarío reciente, ni tampoco una extravagancia limitada a la crisis de 1978, cuando sectores del gobierno militar argentino acariciaron la fantasía de un ataque. Esa pulsión viene de mucho más atrás. A fines del siglo XIX, cuando la superioridad naval chilena comenzaba a erosionarse rápidamente, el clima era igualmente febril. En Chile, no pocos creyeron que era el momento de zanjar definitivamente la cuestión con la Argentina por la fuerza, antes de que el equilibrio se inclinara del otro lado. Y entre los más vehementes no se encontraba un militar, sino el propio embajador de Chile en Buenos Aires, Joaquín Walker Martínez. Como recuerda el historiador estadounidense George von Rauch, Walker Martínez, en su correspondencia privada con el canciller La Torre y el subsecretario Phillips, dejaba traslucir una impaciencia casi febril. Se indignaba ante lo que percibía como maniobras dilatorias de la diplomacia argentina, pero también se desesperaba frente a un gobierno chileno que consideraba débil y excesivamente prudente. El tiempo, para él, corría en contra. En pocas semanas, advertía, la llegada de nuevos buques argentinos alteraría de manera irreversible la relación de fuerzas en el mar. Y entonces, ¿qué sería de Chile? Su conclusión era tajante, casi brutal en su simplicidad: sólo una guerra inmediata podía evitar ese desenlace. «Una campaña marítima terminaría la contienda», escribía. «En tres meses más, las posibilidades en el mar nos serán contrarias». En cierto modo, no se equivocaba en el diagnóstico. Entre 1896 y 1898, la incorporación por parte de la Argentina de cuatro cruceros acorazados puso fin a la supremacía naval chilena. Cuando Santiago intentó reaccionar, buscando créditos en Londres para recomponer su flota, se encontró con una realidad implacable: el financiamiento estaba cerrado. La carrera armamentista había llegado a su límite. Y fue precisamente esa imposibilidad de seguir escalando lo que empujó finalmente a ambos países hacia un entendimiento, completando y consolidando los acuerdos vigentes. Décadas más tarde, en los años 70 del siglo XX, la tentación volvió a aparecer, esta vez del lado argentino. También entonces hubo quienes creyeron en la ilusión de una guerra rápida, decisiva, casi quirúrgica. Sabemos cómo terminó esa historia: no en combate, sino en una mediación que evitó una tragedia. Por eso sorprende, o tal vez no tanto, escuchar hoy a algunos que, con liviandad alarmante, evocan escenarios de confrontación como si se tratara de una partida de ajedrez. Cualquiera con un mínimo de sentido común entiende que una guerra entre Chile y la Argentina no sería un episodio breve ni controlado. Sería el comienzo de una cadena de conflictos, de pérdidas irreparables, de generaciones marcadas por el duelo. Nuestros países ya han recorrido ese camino de tensiones, de recelos y de equilibrios inestables. Y también han sabido encontrar, no sin esfuerzo, la senda del acuerdo. Esa es la verdadera enseñanza de la historia. La única vía razonable es la del entendimiento, la cooperación y, por qué no decirlo, una cierta fraternidad rioplatense y andina. No es casual que en Santiago se haya erigido un monumento para honrar a quienes defendieron la patria frente a las invasiones inglesas de comienzos del siglo XIX. Ese recuerdo remite a un tiempo en que, antes de las fracturas, existía una comunidad más amplia, un destino compartido en el extremo austral del mundo. Conviene no olvidarlo. Porque, más allá de las fronteras actuales, hay hilos históricos y culturales que vuelven a tensarse en los momentos decisivos. Y porque, frente a la tentación siempre renovada del conflicto, la verdadera inteligencia política consiste en preservar la paz entre naciones que, en el fondo, nunca han dejado de ser vecinas, y en cierto modo, hermanas. @HoplitaPluma @glafferriere @jpberlinger



Hay algo casi cíclico, y por momentos inquietante, en esa tentación de algunos exaltados de ambos lados de los Andes que imaginan que los desacuerdos entre Chile y la Argentina podrían resolverse por la vía de las armas. No es un desvarío reciente, ni tampoco una extravagancia limitada a la crisis de 1978, cuando sectores del gobierno militar argentino acariciaron la fantasía de un ataque. Esa pulsión viene de mucho más atrás. A fines del siglo XIX, cuando la superioridad naval chilena comenzaba a erosionarse rápidamente, el clima era igualmente febril. En Chile, no pocos creyeron que era el momento de zanjar definitivamente la cuestión con la Argentina por la fuerza, antes de que el equilibrio se inclinara del otro lado. Y entre los más vehementes no se encontraba un militar, sino el propio embajador de Chile en Buenos Aires, Joaquín Walker Martínez. Como recuerda el historiador estadounidense George von Rauch, Walker Martínez, en su correspondencia privada con el canciller La Torre y el subsecretario Phillips, dejaba traslucir una impaciencia casi febril. Se indignaba ante lo que percibía como maniobras dilatorias de la diplomacia argentina, pero también se desesperaba frente a un gobierno chileno que consideraba débil y excesivamente prudente. El tiempo, para él, corría en contra. En pocas semanas, advertía, la llegada de nuevos buques argentinos alteraría de manera irreversible la relación de fuerzas en el mar. Y entonces, ¿qué sería de Chile? Su conclusión era tajante, casi brutal en su simplicidad: sólo una guerra inmediata podía evitar ese desenlace. «Una campaña marítima terminaría la contienda», escribía. «En tres meses más, las posibilidades en el mar nos serán contrarias». En cierto modo, no se equivocaba en el diagnóstico. Entre 1896 y 1898, la incorporación por parte de la Argentina de cuatro cruceros acorazados puso fin a la supremacía naval chilena. Cuando Santiago intentó reaccionar, buscando créditos en Londres para recomponer su flota, se encontró con una realidad implacable: el financiamiento estaba cerrado. La carrera armamentista había llegado a su límite. Y fue precisamente esa imposibilidad de seguir escalando lo que empujó finalmente a ambos países hacia un entendimiento, completando y consolidando los acuerdos vigentes. Décadas más tarde, en los años 70 del siglo XX, la tentación volvió a aparecer, esta vez del lado argentino. También entonces hubo quienes creyeron en la ilusión de una guerra rápida, decisiva, casi quirúrgica. Sabemos cómo terminó esa historia: no en combate, sino en una mediación que evitó una tragedia. Por eso sorprende, o tal vez no tanto, escuchar hoy a algunos que, con liviandad alarmante, evocan escenarios de confrontación como si se tratara de una partida de ajedrez. Cualquiera con un mínimo de sentido común entiende que una guerra entre Chile y la Argentina no sería un episodio breve ni controlado. Sería el comienzo de una cadena de conflictos, de pérdidas irreparables, de generaciones marcadas por el duelo. Nuestros países ya han recorrido ese camino de tensiones, de recelos y de equilibrios inestables. Y también han sabido encontrar, no sin esfuerzo, la senda del acuerdo. Esa es la verdadera enseñanza de la historia. La única vía razonable es la del entendimiento, la cooperación y, por qué no decirlo, una cierta fraternidad rioplatense y andina. No es casual que en Santiago se haya erigido un monumento para honrar a quienes defendieron la patria frente a las invasiones inglesas de comienzos del siglo XIX. Ese recuerdo remite a un tiempo en que, antes de las fracturas, existía una comunidad más amplia, un destino compartido en el extremo austral del mundo. Conviene no olvidarlo. Porque, más allá de las fronteras actuales, hay hilos históricos y culturales que vuelven a tensarse en los momentos decisivos. Y porque, frente a la tentación siempre renovada del conflicto, la verdadera inteligencia política consiste en preservar la paz entre naciones que, en el fondo, nunca han dejado de ser vecinas, y en cierto modo, hermanas. @HoplitaPluma @glafferriere @jpberlinger









Terminado el cuarto libro de José María Rosa (Periodo 1820-1838). Rivadavia es de lo peor que dejó el país. Los asesinatos de Dorrego y Quiroga fueron traiciones cobardes. Viva la santa federación, muerte a los salvajes unitarios y fuera las opresoras potencias extranjeras.



Argentinian young professional: I voted for Milei and now I can't afford rent anywhere. I'll probably migrate out of the country, but I'll still never vote for the left.













US CONSIDERS $20 BILLION CASH-FOR-URANIUM DEAL WITH IRAN: AXIOS




El transporte del AMBA está dividido entre Nación (170 líneas y 700 km ferroviarios), Ciudad (subte y 31 líneas) y Provincia (casi 300 líneas). Un rompecabezas inconexo que no existe en ningún lugar del mundo. Leé a @FedericoConditi. cenital.com/transporte-pub…






Seguramente los universitarios estatales van a conseguir mucha empatía psicopateando a los estudiantes 👍🏻


