Antonio Ferro@FerroAnton
A los 10 años, arruinó su propio matrimonio concertado masticando berenjena cruda hasta dejarse los dientes completamente negros.
A los 6 años, la sujetaron en el suelo y la mutilaron.
A los 49 años, la metieron en prisión.
Y desde su celda, usando un lápiz de cejas sobre papel higiénico, escribió unas memorias que alimentarían un movimiento feminista que sacudiría al mundo árabe.
Su nombre era Nawal El Saadawi.
Nació el 27 de octubre de 1931 en el pequeño pueblo egipcio de Kafr Tahla, la segunda de nueve hermanos. En una cultura que a menudo veía a las niñas como una carga, su abuela decía en voz alta una verdad cruel: “Un niño vale al menos 15 niñas. Las niñas son una desgracia”.
Nawal lo escuchó. Nunca lo olvidó. Y pasó el resto de su vida negándose a aceptarlo.
Cuando tenía seis años, las mujeres de su familia la sujetaron en el suelo y le practicaron la mutilación genital femenina. El dolor fue insoportable, imborrable. Cargaría con ese recuerdo —y con la determinación de acabar con esa práctica— durante las décadas siguientes.
Pero incluso en aquel momento de violencia, algo dentro de aquella niña se negó a romperse.
A los diez años, su familia intentó casarla. Ya habían elegido marido. Los pretendientes iban a ir a verla.
Nawal tenía otros planes.
Se coló en la cocina, encontró una berenjena cruda y la mordió con fuerza, masticándola hasta que el jugo oscuro le tiñó los dientes de negro. Cuando llegó la familia del posible novio, les sonrió todo lo que pudo.
Bastó una mirada a sus dientes ennegrecidos para que se marcharan sin cerrar el trato.
El matrimonio infantil había sido saboteado. Nawal había ganado tiempo.
Y usó ese tiempo con ferocidad. Su padre —más progresista que muchos hombres de su época— creía que sus hijas merecían estudiar. Nawal leía todo lo que caía en sus manos. Escribió su primera novela a los trece años. Y decidió que sería médica.
En 1955, a los 23 años, se graduó en la Facultad de Medicina de la Universidad de El Cairo.
Regresó al Egipto rural como médica y vio de cerca el precio devastador del patriarcado sobre los cuerpos de las mujeres: complicaciones por mutilación genital, muertes en el parto, mujeres atrapadas en matrimonios violentos sin salida.
No pudo callarse.
En 1972 publicó Mujeres y sexo, un libro que atacaba abiertamente la mutilación genital femenina y el control sistemático de los cuerpos y la sexualidad de las mujeres. La reacción fue rápida y brutal. Fue destituida de su cargo en Salud Pública. La revista que dirigía fue clausurada. Sus escritos fueron prohibidos.
Las autoridades egipcias querían apagar su voz.
Nawal siguió escribiendo.
En 1975 publicó Mujer en punto cero, una novela poderosa basada en una mujer real a la que había conocido en prisión mientras trabajaba como psiquiatra: una mujer condenada a muerte por haber matado a un hombre que la explotaba. El libro se convirtió en un hito de la literatura feminista árabe.
Para 1981, se había vuelto demasiado incómoda para el poder.
Bajo el presidente Anwar el Sadat —que afirmaba que Egipto era una democracia abierta a la crítica— Nawal fue detenida en la gran ola represiva contra intelectuales y opositores. Su verdadero delito era decir la verdad frente al poder.
En septiembre de 1981, a los 49 años, fue enviada a la prisión de mujeres de Qanatir.
Le negaron papel y bolígrafo.
Así que improvisó.
Otra presa le consiguió un lápiz de cejas. Nawal escribió sobre papel higiénico: cada pensamiento, cada historia de las mujeres que la rodeaban, cada observación sobre la prisión política y el control patriarcal.
Aquellas notas sacadas de contrabando se convertirían después en Memorias de la cárcel de mujeres.
Pero hizo algo igual de radical tras aquella experiencia.
En 1982, Nawal El Saadawi fundó la Asociación de Solidaridad de las Mujeres Árabes, la primera organización feminista independiente y legal de Egipto.
Ayudó a construir un movimiento después de la cárcel.