
Hay una discusión ya conocida sobre la IA. Es el gráfico de Anthropic mostrando trabajos que van a desaparecer. Es la discusión schumpeteriana de siempre: la innovación destruye y construye. Algunos miran lo que se pierde y sienten miedo. Otros miran la historia y recuerdan que el progreso creó más prosperidad de la que eliminó. La visión de cada uno depende de cuánto peso le dé a una u otra. Hay otra pregunta más inquietante: ¿Cómo se va a adaptar la sociedad global a que cada vez hará falta menos trabajo humano para producir? Esa es, en el fondo, la dirección de la historia moderna. Haciendo abstracción de lo concreto —qué sube, cuál baja— aparece una regularidad histórica clara: desde el comienzo de la revolución industrial la humanidad no solo produce más, sino que también trabaja menos. Hace un siglo y medio, en las economías industrializadas - para las cuales hay datos - era normal trabajar más de 3.000 horas al año, o unas 60–70 horas por semana. Hoy el promedio está más cerca de 1.500–1.700 horas anuales, la mitad. En la Francia de las sobremesas eternas, las horas trabajadas pasaron de 3.100/año en el siglo XIX a alrededor de 1.400. Con menos datos, las tendencias del mundo en desarrollo son parecidas. Detrás de estos números aparecen instituciones que damos por obvias: jornada de 8 horas, semana de 5 días, vacaciones pagas o jubilaciones. Ese proceso vino acompañado de cambios sociales igualmente profundos. La educación se generalizó y los jóvenes entran al mercado laboral cada vez más tarde. La esperanza de vida creció y la jubilación es una etapa más larga de la vida. Visto en perspectiva, la historia del progreso humano es la conquista del tiempo no trabajado. Ese tiempo se transformó en educación, descanso, ocio, vida familiar y actividades históricamente reservadas para una élite. Si esa tendencia continúa —y la AI parece apuntar precisamente en esa dirección—, la pregunta central para nuestras sociedades ya no será cuánto debemos trabajar para producir lo suficiente. Será que hacemos con el tiempo que logramos liberar. No tengo la menor idea de cómo será esta transición. La historia tecnológica no es lineal ni necesariamente benigna. La misma revolución tecnológica del siglo XIX que ayudó a crear la prosperidad hizo posibles los totalitarismos del siglo XX. La IA puede expandir el acceso al conocimiento y liberar tiempo, pero también ampliar de forma inédita la capacidad de vigilancia y control. La tecnología amplifica capacidades, pero no trae consigo una brújula moral. Por eso tal vez la pregunta central no sea si la IA va a destruir o crear trabajo. Seguramente hará ambas cosas. La cuestión más importante es si vamos a ser capaces de construir instituciones y acuerdos sociales a la altura de una nueva abundancia.











