

Nuria Esparch
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@nesparch
Mamá orgullosa, abogada renegada, exministra de Defensa/❤️🕊️@miguelondiablo /🇵🇪, playa, @FCBarcelona @chayannemusic @StarWars @lawandordertv @pucp @maxwellSU








CULTO A LA FANFARRONERÍA Cómo la pobreza verbal de ciertos líderes terminó convirtiéndose en un estilo político, y en un síntoma de degradación intelectual. Hay épocas que producen estadistas y otras que producen vociferantes. La nuestra, por desgracia, parece fascinada con el fanfarrón: ese personaje que confunde volumen con inteligencia, grosería con autenticidad y exabrupto con valentía. Ya no se exige a ciertos líderes que piensen bien, sino que peguen fuerte; no que argumenten, sino que humillen; no que eleven la conversación pública, sino que la arrastren al barro con la soltura de quien se siente cómodo en él. Javier Milei ha hecho del insulto una identidad verbal. Donald Trump convirtió la pobreza expresiva en una marca registrada. Jair Bolsonaro hizo de la vulgaridad una forma de presencia. Santiago Abascal recurre a una retórica bronca, primaria y binaria, donde el matiz es una amenaza. Y José Antonio Kast, con una cadencia más seca y menos histriónica, exhibe también una precariedad retórica que delata estrechez conceptual: frases planas, ritmo pobre, escasa densidad argumental y una alarmante dificultad para llevar el lenguaje más allá del eslogan. Todos, cada uno a su modo, representan una misma miseria: la del pensamiento reducido a consigna y la política rebajada a arrebato. Schopenhauer desconfiaba de la grandilocuencia hueca y del ruido disfrazado de profundidad. Hannah Arendt insistió en que pensar es indispensable para no abdicar del juicio. Y Jürgen Habermas sostuvo que una democracia sana depende de la fuerza del mejor argumento, no de la fuerza del grito. Esa idea hoy parece arqueología: hemos pasado del argumento mejor al energúmeno más viral. El problema no es estético. No se trata de pedir mandatarios con dicción de actor shakesperiano. Se trata de algo más grave: “hablar mal, de manera persistente, suele evidenciar pensar mal”. El lenguaje no es un adorno del pensamiento; es su arquitectura. Cuando el vocabulario se achica, también se encoge la capacidad de matizar, distinguir, comparar, inferir y comprender. Y cuando eso ocurre en el poder, la sociedad entera degrada sus estándares. El líder tosco no sólo exhibe su pobreza: la vuelve aspiracional. Por eso sus adherentes imitan el método. En redes sociales se ve a diario. Frente a una crítica, no aparece una refutación, sino una jauría. No se discute el contenido: se lanza el agravio. No se rebate una idea: se ensaya una descalificación. El troll es el hijo perfecto de esta época: no argumenta porque no puede; insulta porque le basta. Y como la banalidad digital premia la frase breve, la mueca agresiva y el clip instantáneo, las plataformas terminan siendo menos un espacio de deliberación que una pedagogía de la simplificación. El contraste con los grandes líderes es brutal. Lincoln podía condensar en pocas palabras una visión moral y política del destino común. Churchill comprendía que el idioma también era resistencia, y Mandela no necesitaba rebajarse para convencer, porque su autoridad no provenía del exabrupto, sino de la estatura intelectual. Había en ellos una convicción elemental: gobernar exige pensar, y pensar exige lenguaje. Hoy, en cambio, hemos normalizado al rústico gritón, al bravucón de léxico mínimo, al caudillo que insulta porque no puede elaborar una frase inteligente, que simplifica porque no puede comprender y que atropella porque no puede persuadir. Y una parte del público, agotada o intelectualmente desentrenada, celebra esa indigencia como si fuera franqueza. Qué época más triste: la estupidez ya no se disimula; se vota, se aplaude y se comparte. Sin pensamiento no hay deliberación. Sin deliberación no hay comunidad política. Y sin lenguaje digno, lo que queda no es autenticidad, sino retroceso. La fanfarronería no es una anécdota del estilo: es una enfermedad del espíritu público. Al final, el problema no es que les falte inteligencia, el problema es que les sobra estupidez. @MisColumnas





