Pedro Torrijos@Pedro_Torrijos
¿POR QUÉ NUESTRAS CIUDADES SE HAN LLENADO DE EDIFICIOS-CEBRA?
Seguro que os habéis fijado en un fantasma arquitectónico que recorre las ciudades españolas: los edificios-cebra. Aparecen en manada, porque esto nunca viene de uno en uno: primero tres, luego seis, luego diez, todos con el mismo uniforme, como un ejército de pandas —o cebras, claro— de hormigón. Fachadas en franjas de blanco inmaculado (bueno, inmaculado al principio, luego ya veremos el mantenimiento), bandas negras unificando ventanas, ritmos horizontales como de impresora láser con poco tóner. Están por todas partes, sobre todo en los PAUs, pero también brotando como setas donde antes había una nave industrial o un descampado.
Para entender el fenómeno, lo importante es darse cuenta de que esto no es una decisión arquitectónica, porque la arquitectura residencial nunca ha ido de hacer las mejores viviendas posibles, ni en los 70, cuando todo era ladrillo visto, ni ahora. Una vivienda es un producto de mercado. Como el champú o las zapatillas de running, solo que con hipoteca, IVA y notario.
Efectivamente, durante décadas, el rey de la fachada residencial española fue el ladrillo visto. Aguantaba el clima, cumplía los códigos, permitía una cámara de aire y transmitía una respetable sensación de solidez. El promotor enseñaba una maqueta color teja y decía: “Esto es serio, esto no pasa de moda”. Y el comprador medio, que de arquitectura sabía lo justo, asentía convencido. El ladrillo era el material de fachada por defecto y los españoles acabamos pensando que era el *único* material posible.
Ahora, sin embargo, el Código Técnico de la Edificación, exige un aislamiento termoacústico más exigente, y resulta que el ladrillo visto ya no sirve. O, mejor dicho, serviría si se gastase mucho más en las fachadas. Así que nos encontramos con el advenimiento del SATE —Sistema de Aislamiento Térmico por el Exterior—, que es mucho más eficaz, y a menor coste, para cumplir los requerimientos de asilamiento. ¿Y qué es el SATE? Pues, en su mayor parte, paneles aislantes colocados por fuera del muro y cubiertos con un enfoscado pintado.
¿Pintado de qué color? Ahí está la vaina. En teoría, cualquier tono del pantone es válido: verde menta, azul piscina, fucsia discoteca, incluso estampado de leopardo, si nos ponemos joteros. Pero claro, los promotores son conservadores, y no conservadores en plan misa de doce, sino en plan "No me la juego a que el cliente se asuste y no firme". Así que nada de verdes ni de leopardos. ¿Qué queda? Blanco y negro, franjas y chimpún. Nació el edificio-cebra.
Y desde entonces, como pasa con toda moda de bajo riesgo, los demás han copiado el patrón. Si funcionó en Alcorcón, ¿por qué no en Valencia o en Málaga o en Sant Vicenç dels Horts? Veinte edificios aquí, treinta allá, y en cinco años ya tenéis media España convencida de que eso es lo normal. Lo único. Como antes pasó con el ladrillo visto, el edificio-cebra se convierte en el edificio de viviendas por defecto.
Y así estamos, con los PAUs de los extrarradios que parecen barrios vestidos de uniforme para un —aburridísimo— carnaval colectivo. Sobrios, impersonales. Intercambiables a todos los efectos. Hoy en Madrid, mañana en Bilbao, pasado en Badajoz. Nadie los pidió y nadie los soñó, pero ahí están, como fondo inevitable de la vida urbana.