Aníbal Martín@anibal_mb
Algún día entenderán que, por ejemplo, yo, dentro de Extremadura, nunca hablé con mi abuela paterna hurdana en castellano; que a mi madre, también extremeña pero de otra zona, le teníamos que traducir mi padre, mi hermana o yo parte de lo que decía porque no se enteraba cuando hablaba (y no se rompió mi familia). Que tengo una amiga, también extremeña, que siempre me escribe en a fala —y yo a ella en estremeñu-hurdanu—, sin cambiar ninguno de lengua; para aprender, para reconocernos en nuestra diversidad, para darle una patadita, aunque sea pequeña, al esencialismo lingüístico. Que a muchos niños y niñas extremeños rayanos sus abuelas les contaban los cuentos en portugués. Que este país no es un monolito lingüístico, por mucho que se haya deseado que así sea, por mucho que se haya trabajado para que así sea. Que las lenguas son mucho más que una herramienta de comunicación, que no son una suma de significados, y que no flotan en el aire, las atesoran personas a las que podemos dar paso, invitar a hablar, o excluir, callar. Y que a medida que nos sacudimos los prejuicios y las imposiciones lingüísticas descubrimos un mundo rico, con muchos más matices. Yo he heredado dos lenguas (castellano/español de Extremadura, la materna, y estremeñu-hurdanu, la paterna); en las dos me expreso con la misma soltura, pero en la segunda me cuesta aún hoy escribir con comodidad porque no conocí su ortografía hasta hace unos pocos años, porque no recibí ningún tipo de escolarización en ella. Es lo que hay, lo cambiaremos. Ellos a lo mejor descubrirán algún día la empatía lingüística y, antes de opinar, pensarán en el difícil camino de algunas lenguas hasta lograr abrirse paso. Quién sabe, quizá dejen de publicar sandeces que solo ponen de manifiesto su odio e ignorancia. Mientras tanto, quienes nos respetamos en el plano lingüístico, seguiremos escuchándonos, leyéndonos, aprendiendo, y los dejaremos atrás, en su aburrido mundo de pragmatismo, imposición y desmemoria.