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El 26 de junio de 2020, el último coche de gasolina salió de la fábrica de Volkswagen en Zwickau.
Esa planta se convertía en la primera del mundo en pasar de la combustión al 100% eléctrico. 1.200 millones de euros invertidos.
La joya de la apuesta verde alemana.
Seis años después, el mismo día, Zwickau aparece en la lista de fábricas que Volkswagen quiere cerrar.
El plan lo ha adelantado Manager Magazin y es el mayor recorte de la historia del grupo.
Hasta 100.000 empleos fuera, uno de cada seis trabajadores. Cuatro plantas alemanas en la diana: Hannover, Zwickau, Emden y la de Audi en Neckarsulm.
Dos de ellas, Zwickau y Emden, solo fabrican eléctricos.
Pero ojo con una cosa.
Volkswagen tiene la costumbre de filtrar cierres para apretar a los sindicatos y al Land de Baja Sajonia antes de negociar. Igual la cifra final acaba siendo menor.
El problema es que el farol solo es farol a medias, porque el fondo es verdad.
Nada de esto es un accidente: es la factura de una política.
La del Pacto Verde Europeo, el plan con el que la UE prometió liderar la descarbonización del planeta.
Una fábrica no vive de objetivos climáticos. Vive de energía barata y de que alguien compre los coches.
En Europa, todo se ha ido encareciendo.
La electricidad industrial alemana cuesta cuatro o cinco veces más que la de Estados Unidos y unas cuatro veces más que la china.
Emitir una tonelada de CO2 en una fábrica europea cuesta unos 80 euros. En una china, menos de 10.
Y encima Bruselas decretó que en 2035 no se vendería un coche que emitiera, obligando a todos a jugárselo todo a un producto que aquí no sabemos hacer barato.
¿Y China? También apostó fuerte por el eléctrico. La diferencia es para qué.
Aquí la transición fue una penitencia que nos autoimpusimos a base de impuestos, normas y prohibiciones absurdas.
Allí fue una estrategia para quedarse el sector: energía barata, subvenciones, escala y un precio del carbono casi simbólico.
Con esa ventaja, el coche chino ya no se queda en China.
Las marcas del país exportan más de 130.000 enchufables al mes a Europa, muchos a precios un 15% por debajo del equivalente europeo.
Y cuando les ponemos aranceles, montan fábrica en Hungría, en Polonia o en España y a correr. Entran sin problema.
A Volkswagen, mientras tanto, China dejó de darle el 40% del beneficio que llegó a darle. Por eso se desangra aún más.
Y ojo, que para China lo verde no es penitencia, es puro business.
China es el líder mundial en solar, eólica, baterías y coche eléctrico.
Pero a la vez sigue abriendo centrales de carbón a ritmo récord y emite más del triple que toda la UE.
No se ata las manos. Y las emisiones son las mismas, se produzcan donde se produzcan.
Europa pierde la industria y ni siquiera rebaja el problema global que quiere resolver.
Lo mejor es que la propia Comisión ya lo admite a medias. Pero ya es tarde.
En diciembre rebajó el veto de 2035 del 100% al 90%, al ver que las ventas no acompañaban.
¿Y en España?
En enero Sánchez se hacía la foto con el CEO de Volkswagen y le trasladaba "nuestro apoyo al vehículo eléctrico".
Fuimos, además, el país que más presionó en Bruselas para no tocar el veto. La automoción son 600.000 empleos y el 10% del PIB.
Cinco meses después, ese mismo CEO pone en la lista de cierre dos fábricas que solo hacen coches eléctricos.
Para una cosa que sabíamos hacer en Europa, y nos la hemos cargado.