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El concepto de lo político de Carl Schmitt. En las páginas finales de la edición de 1932 (la más influyente y completa), Schmitt cierra su argumento con una reflexión dura, realista y antiutópica sobre la persistencia inevitable de lo político en la historia humana. No ofrece una "conclusión moral" ni un final optimista, sino una afirmación ontológica: lo político no desaparece, aunque se intente neutralizarlo o despolitizarlo. Mientras existan agrupaciones humanas diversas (pueblos, religiones, clases, culturas), la posibilidad real de conflicto existencial (es decir, de hostilidad que pueda llegar a la lucha física colectiva) permanece. Negar esta distinción no la elimina; solo la desplaza o la oculta bajo otros nombres (moral humanitaria, economía global, progreso técnico). Schmitt advierte que pretender un mundo sin enemigos —mediante la "paz perpetua", el consenso universal o la "humanidad" como categoría política— es ilusorio. Invocar la "humanidad" para combatir a un enemigo concreto no es despolitizar el conflicto, sino politizarlo al máximo: quien dice "humanidad" suele querer excluir al adversario de la categoría humana (y así justificar su destrucción). Schmitt cita una frase modificada de Proudhon: "Quien dice humanidad, quiere engañar" (wer Menschheit sagt, will betrügen). Es una herramienta ideológica del imperialismo, especialmente del económico disfrazado de ético. El Estado (o cualquier entidad política) existe en tanto mantenga la capacidad de decidir sobre el amigo y el enemigo, y de asumir el riesgo de la guerra. Si un pueblo pierde esa fuerza o voluntad, no elimina lo político del mundo; simplemente lo deja en manos de otros (otro Estado, otra agrupación). La política no se disuelve en economía, derecho o moral; al contrario, estas esferas pueden politizarse si alcanzan intensidad existencial. Schmitt no glorifica la guerra ni la ve como "buena", pero la considera inherente a la pluralidad humana. Un mundo sin política implicaría una humanidad homogénea sin diferencias existenciales —un estado que él ve como imposible o, peor, como una ficción peligrosa que enmascara nuevos conflictos. La humanidad como tal no puede tener enemigos (porque todos son humanos), pero precisamente por eso no puede librar guerras "en nombre de la humanidad" sin caer en hipocresía política. En el texto de 1932, Schmitt termina enfatizando que la distinción de amigo y enemigo no es una elección arbitraria ni un residuo atávico, sino una realidad existencial. Quien la rechace por principio (por pacifismo, liberalismo o utopía) no suprime lo político; solo lo entrega a otros que sí lo asumen. El corolario implícito: solo quienes reconocen la posibilidad del enemigo pueden entender realmente la política. Schmitt no propone soluciones normativas ni programas; diagnostica una verdad incómoda. Lo político es ineliminable mientras los hombres sean plurales y mortales. Intentar abolirlo equivale a desarmarse ante quienes sí lo practican. Es una visión cruda, decisionista y anti-idealista que ha influido enormemente en el realismo político, el agonismo (Mouffe), el populismo y las críticas posliberales.







