José Mario@JoseMarioMX
Hoy, Día de la Abogacía, no deberíamos felicitarnos tan rápido. En un país atravesado por la impunidad, la violencia, la corrupción y la desconfianza en la justicia, la pregunta no es cuántos abogados somos, sino para qué hemos servido. La abogacía mexicana que conocimos, la del trámite eterno, el lenguaje incomprensible, la hora facturable, el expediente que duerme años y el privilegio de saber lo que otros no pueden entender, está agotada.
La inteligencia artificial no vino a destruir una profesión sana; vino a exhibir sus vicios. Ya puede investigar, comparar precedentes, revisar contratos, ordenar expedientes y redactar borradores en minutos. Si nuestro valor estaba sólo en eso, entonces el problema no es la máquina: éramos nosotros. La nueva abogacía tendrá que dejar de vivir de la complejidad, dejar de administrar conflictos y empezar a prevenirlos, explicar el derecho con claridad, abrir el conocimiento y convertir las normas en protección real.
México no necesita más abogados que aprendan a litigar más rápido la misma injusticia. Necesita abogados capaces de usar la tecnología para descubrir patrones de impunidad, vigilar al poder, defender a las víctimas, hacer visibles las omisiones del Estado y construir soluciones donde hoy sólo hay expedientes. El futuro de la profesión no dependerá de sobrevivir a la inteligencia artificial, sino de demostrar que todavía somos necesarios para algo que ninguna máquina puede asumir por nosotros: responder por la justicia que no llega.