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Katılım Kasım 2021
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Ignacio Mujica A.
Ignacio Mujica A.@negromujica·
@Panchoundurraga no llegó a administrar cultura. Llegó a redefinirla. Su vocabulario lo delata: “unidad”, “tradiciones”, “alianza público-privada”, “auditoría” a los sitios de memoria. Cada palabra es una política. Cada eufemismo, una exclusión. La ley del ministerio habla de diversidad, pluralidad, reconocimiento indígena. Undurraga habla de cueca, rodeo y reuniones con la Sofofa. No es un énfasis distinto. Es una doctrina opuesta. El mecanismo es clásico: no se censura con decretos, se censura con presupuesto. Lo que no une, no se financia. Lo que incomoda, se audita. La memoria histórica, subordinada a la “seguridad”. El arte experimental, a la “donabilidad” empresarial. Una democracia cultural protege lo que incomoda al poder. Undurraga propone lo contrario: cultura funcional al gobierno, al mercado y a la narrativa oficial. No es gestión. Es hegemonía conservadora con cara de eficiencia.
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Racoon Alado
Racoon Alado@Racoonala2·
@Eneatipo7 Bonita invitación a sumergirse en los óceanos del lenguajear* (*homenaje). Gracias y buen fds para ud.
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ReneX
ReneX@Eneatipo7·
LA INVITACIÓN El privilegio de ser pensado. La palabra invitación proviene del latín invitatio, -ōnis, que se refiere a la acción y efecto de llamar, convocar o estimular a alguien para asistir a un acto o celebración. Deriva del verbo invitare (invitar), el cual originalmente significaba animar, estimular o acoger con benevolencia.  Porque, “Invitar no es incluir: es preferir”. Hay gestos que, por su aparente sencillez, corren el riesgo de volverse invisibles. Invitar es uno de ellos. Y sin embargo, pocos actos condensan con tanta precisión la arquitectura íntima de lo humano: reconocer al otro, otorgarle un lugar y, en ese mismo gesto, declarar que su presencia no es neutra, sino significativa. Invitar no es sólo convocar; es seleccionar. Es, en rigor, una forma delicada de preferencia. Entre la vasta multitud de rostros posibles, alguien decide detenerse en uno —el tuyo— y extender un puente. Ese puente puede ser una mesa, un café, una conversación o incluso un silencio compartido. Pero siempre implica lo mismo: una apertura. Invitar es abrir un espacio —físico o simbólico— para que otro lo habite. La etimología no se equivoca cuando asocia la invitación con el acto de llamar y estimular. Hay en ella una doble dimensión: por un lado, la llamada que convoca; por otro, el impulso que legitima la respuesta libre. Nadie es obligado a aceptar una invitación sin que esta pierda su esencia. En su núcleo, la invitación es una propuesta de libertad compartida: te considero, te ofrezco, decides. Pero lo verdaderamente notable es lo que subyace al gesto. Invitar supone haber pensado en el otro en su ausencia. Es un acto previo, silencioso, que ocurre antes de cualquier palabra. En ese instante invisible, alguien evalúa —a veces sin saberlo— que tu presencia agregará valor, que tu existencia mejora el escenario propuesto. Invitar es, en ese sentido, una forma implícita de elogio: no hacia lo que haces, sino hacia lo que eres cuando estás. Por eso la invitación tiene algo de riesgo. No en su forma más evidente —el rechazo posible—, sino en su dimensión más íntima: exponerse. Quien invita revela una necesidad, una expectativa, una esperanza. Incluso las invitaciones más protocolares, aquellas dictadas por la costumbre o el compromiso, conservan un residuo de esta vulnerabilidad. Porque aun en la obligación, hay reconocimiento de vínculo. Nadie invita a quien le es completamente indiferente. En tiempos donde la eficiencia ha colonizado buena parte de nuestras relaciones, la invitación resiste como un acto improductivo en el mejor sentido del término. No busca optimizar, ni maximizar, ni rentabilizar. Invitar no es una transacción: es una afirmación. Dice, sin decirlo, que el tiempo compartido tiene valor por sí mismo. Que la presencia del otro no necesita justificación adicional. Quizá por eso hemos aprendido a subestimar la respuesta. Aceptar o rechazar una invitación parece un trámite menor, cuando en realidad es una forma de corresponder —o declinar— ese reconocimiento inicial. Agradecer se vuelve entonces un acto de lucidez: comprender que, detrás de la simple propuesta, hubo un gesto de consideración que no es automático ni trivial. Invitar, en última instancia, es un modo de construir mundo. Cada invitación traza una pequeña geografía afectiva, un territorio donde ciertas presencias importan más que otras. Y en ese mapa, ser invitado es ocupar un lugar. No cualquiera, sino uno deliberadamente asignado. La próxima vez que alguien te invite —a lo que sea— conviene detenerse un segundo más de lo habitual. No sólo para decidir si asistir, sino para leer lo que está en juego. Porque en ese gesto, tan cotidiano que casi no se ve, alguien ya ha tomado una decisión silenciosa pero contundente: que el lugar será mejor contigo dentro. @MisColumnas
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Racoon Alado
Racoon Alado@Racoonala2·
Inmensidad del lenguaje. Infinitud del Sentir
ReneX@Eneatipo7

LA INVITACIÓN El privilegio de ser pensado. La palabra invitación proviene del latín invitatio, -ōnis, que se refiere a la acción y efecto de llamar, convocar o estimular a alguien para asistir a un acto o celebración. Deriva del verbo invitare (invitar), el cual originalmente significaba animar, estimular o acoger con benevolencia.  Porque, “Invitar no es incluir: es preferir”. Hay gestos que, por su aparente sencillez, corren el riesgo de volverse invisibles. Invitar es uno de ellos. Y sin embargo, pocos actos condensan con tanta precisión la arquitectura íntima de lo humano: reconocer al otro, otorgarle un lugar y, en ese mismo gesto, declarar que su presencia no es neutra, sino significativa. Invitar no es sólo convocar; es seleccionar. Es, en rigor, una forma delicada de preferencia. Entre la vasta multitud de rostros posibles, alguien decide detenerse en uno —el tuyo— y extender un puente. Ese puente puede ser una mesa, un café, una conversación o incluso un silencio compartido. Pero siempre implica lo mismo: una apertura. Invitar es abrir un espacio —físico o simbólico— para que otro lo habite. La etimología no se equivoca cuando asocia la invitación con el acto de llamar y estimular. Hay en ella una doble dimensión: por un lado, la llamada que convoca; por otro, el impulso que legitima la respuesta libre. Nadie es obligado a aceptar una invitación sin que esta pierda su esencia. En su núcleo, la invitación es una propuesta de libertad compartida: te considero, te ofrezco, decides. Pero lo verdaderamente notable es lo que subyace al gesto. Invitar supone haber pensado en el otro en su ausencia. Es un acto previo, silencioso, que ocurre antes de cualquier palabra. En ese instante invisible, alguien evalúa —a veces sin saberlo— que tu presencia agregará valor, que tu existencia mejora el escenario propuesto. Invitar es, en ese sentido, una forma implícita de elogio: no hacia lo que haces, sino hacia lo que eres cuando estás. Por eso la invitación tiene algo de riesgo. No en su forma más evidente —el rechazo posible—, sino en su dimensión más íntima: exponerse. Quien invita revela una necesidad, una expectativa, una esperanza. Incluso las invitaciones más protocolares, aquellas dictadas por la costumbre o el compromiso, conservan un residuo de esta vulnerabilidad. Porque aun en la obligación, hay reconocimiento de vínculo. Nadie invita a quien le es completamente indiferente. En tiempos donde la eficiencia ha colonizado buena parte de nuestras relaciones, la invitación resiste como un acto improductivo en el mejor sentido del término. No busca optimizar, ni maximizar, ni rentabilizar. Invitar no es una transacción: es una afirmación. Dice, sin decirlo, que el tiempo compartido tiene valor por sí mismo. Que la presencia del otro no necesita justificación adicional. Quizá por eso hemos aprendido a subestimar la respuesta. Aceptar o rechazar una invitación parece un trámite menor, cuando en realidad es una forma de corresponder —o declinar— ese reconocimiento inicial. Agradecer se vuelve entonces un acto de lucidez: comprender que, detrás de la simple propuesta, hubo un gesto de consideración que no es automático ni trivial. Invitar, en última instancia, es un modo de construir mundo. Cada invitación traza una pequeña geografía afectiva, un territorio donde ciertas presencias importan más que otras. Y en ese mapa, ser invitado es ocupar un lugar. No cualquiera, sino uno deliberadamente asignado. La próxima vez que alguien te invite —a lo que sea— conviene detenerse un segundo más de lo habitual. No sólo para decidir si asistir, sino para leer lo que está en juego. Porque en ese gesto, tan cotidiano que casi no se ve, alguien ya ha tomado una decisión silenciosa pero contundente: que el lugar será mejor contigo dentro. @MisColumnas

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ReneX
ReneX@Eneatipo7·
LA REPÚBLICA Y EL EXTRAVÍO DEL LENGUAJE La Real Academia Española (RAE), a través del Diccionario de la lengua, incluye: más de 93.000 palabras (entradas principales), más de 195.000 acepciones (significados). Si ampliamos el criterio a todo el léxico efectivo del idioma: Se estima que el español tiene entre 300.000 y 500.000 palabras. Si incluimos tecnicismos científicos, jergas profesionales y regionalismos, la cifra puede ser mucho mayor. Que la lengua española —con un acervo tan profuso de palabras— conviva con ciudadanos que operan con apenas 1.500 o 2.000 términos activos, o menos de la mitad en caso de la juventud, no es una anécdota lingüística; es un síntoma cultural. Y como todo síntoma persistente, termina revelando una patología más profunda: la renuncia progresiva al pensamiento complejo. Porque el lenguaje no es un adorno: es una herramienta de precisión. “Quien tiene pocas palabras no sólo dice menos; piensa menos”. O, peor aún, piensa de manera rudimentaria. La pobreza léxica no es inocua: limita la capacidad de matizar, de distinguir, de argumentar. Reduce el mundo a un puñado de conceptos toscos, donde todo es “bueno”, “malo”, “terrible” o “increíble”. Un universo binario, infantil, peligrosamente manipulable. En ese contexto, el analfabetismo funcional aparece como el gran elefante en la habitación. No hablamos de quienes no saben leer, sino de quienes leen sin comprender; de quienes descifran palabras pero no construyen sentido. En Chile, más de medio millón de personas aún no dominan la lectoescritura básica, pero muchos más —silenciosamente— habitan ese territorio gris donde la comprensión es superficial y la expresión, precaria. Son alfabetizados nominales, pero analfabetos operativos. Y aquí es donde la ironía se vuelve tragedia. Porque mientras el sistema educativo celebra —con razón— la expansión de la cobertura, el debate público parece haber decidido abdicar de la exigencia. Se ha normalizado la mediocridad expresiva como si fuese una forma de autenticidad. Como si la torpeza verbal fuese una virtud democrática y no una carencia formativa. El caso de la vocera de gobierno, Mara Sedini, no es entonces un accidente: es un síntoma institucionalizado. En un cargo cuya esencia es articular discursos, ordenar ideas y representar la voz del Ejecutivo, encontramos una retórica vacilante, reiterativa, casi monocorde. La repetición sistemática de términos, más allá de toda economía del lenguaje, roza la ecolalia; la construcción de frases evidencia una pobreza estructural que no puede maquillarse con gestos ni con énfasis. No se trata de elitismo lingüístico, sino de idoneidad funcional. Así como no se le pediría a un cirujano que improvise con el bisturí, tampoco debiera tolerarse que quien comunica políticas públicas lo haga con un instrumental verbal defectuoso. Porque en política, las palabras no sólo describen la realidad: la construyen. La degradación del lenguaje público tiene consecuencias concretas. Empobrece el debate, simplifica los problemas, polariza las posiciones. Donde faltan palabras, sobran eslóganes. Donde no hay matices, florecen los extremos. Y en ese terreno, la ciudadanía —ya afectada por brechas educativas y culturales— queda aún más expuesta a la confusión y a la manipulación. Lo verdaderamente inquietante no es que existan figuras públicas con limitaciones discursivas. Siempre las ha habido. Lo alarmante es que ya no sorprenda. Que se haya instalado una suerte de indulgencia colectiva frente a la precariedad expresiva, como si exigir claridad, riqueza léxica y coherencia argumental fuese un exceso aristocrático. Tal vez el problema no sea sólo que algunos hablen mal. Tal vez sea que hemos dejado de escuchar bien. O peor: que hemos olvidado cómo debería sonar un pensamiento bien articulado. Porque cuando el lenguaje se empobrece, la democracia también lo hace. Y eso, a diferencia de una mala frase, no es algo que se pueda corregir con un simple sinónimo. @MisColumnas
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Paulina Veloso
Paulina Veloso@pvelosov·
Por años los familiares buscaban a sus desaparecidos solos, con pocos datos, siendo incluso perseguidas;más tarde comprendidas pero solas. Pdte.Boric creó el programa de Búsqueda. Por fin,el Estado se hacia responsable.Hoy se terminó.Triste.Pero no hay renuncia.Seguimos
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Catalina
Catalina@CatalinaBe_·
Mara Sedini es, sin duda, el ejemplo perfecto de cómo es el gobierno de Kast: confusión, ignorancia, falta de preparación, agresividad y, sobre todo, arrogancia. Que no la saquen nunca de vocera porque será difícil encontrar a alguien que comunique mejor lo que son.
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Ignacio Mujica A.
Ignacio Mujica A.@negromujica·
@biobio Vi la foto y pensé que eran los primeros posibles nombres del “Registro de Vándalos”.
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Jorge Coulon Larrañaga
Un país no es una empresa tampoco era un regimiento o, antes aún, un convento Chile es tu puesto en la mesa El hogar al que regresas tu derecho, tu opinión tu consenso, tu objeción el espacio de tu vida Cuidado que si lo olvidas se transforma en tu prisión El teatro de tus sueños tus amores y tus dramas la tibieza de tu cama el objeto de tu empeño Tu país no tiene dueño ni tu existencia patrón Tu trabajo y tu razón fundan este territorio que no es un reformatorio quiere ser una nación
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Racoon Alado
Racoon Alado@Racoonala2·
@GuerraenlaUni Interesante punto el como llegar a la historia de antecesores con poca o muy leve huella. Lo que lleva a pensar que podría pasar con la enorme huella digital de nuestro período, que podría esfumarse en un clic. Gracias por compartir su trabajo. Salu2
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Guerra en la Universidad
Guerra en la Universidad@GuerraenlaUni·
La historia de los territorios somalíes es compleja. A lo largo de los siglos convivieron comunidades urbanas y pastores nómadas, pueblos de pescadores y puertos de comercio, agricultores, cazadores y recolectores de incienso. La arqueología contribuye a contar esa historia.
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Guerra en la Universidad
Guerra en la Universidad@GuerraenlaUni·
Nuestro trabajo en Somalilandia va llegando a su fin. Pero antes de irnos me gustaría contaros un par de historias que hemos encontrado bajo las dunas. Aquí va una.->
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🖼️MUSEO TUITERO
🖼️MUSEO TUITERO@MuseoTuitero·
🖼️«Que alguien le instale Google Maps al nepo baby dedos crespos» Óleo sobre tela, marzo 2026.
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Gonzandolo
Gonzandolo@GonzaloAMS·
@aldunatefran @MinistroPoduje Da a entender nada. Tus proyecciones son la "mala leche". Fue un altanero Produje, es su forma de ser, su arrogancia y estilo de andar a la defensiva todo el tiempo, se siente atacado, le encanta el papel de víctima. Expulsa del país a un Chileno, solo porque lo cuestionan.
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Álvaro
Álvaro@_alvaromunoz·
Stephany Griffith-Jones, ex consejera el BC, sobre la política económica del gobierno: reducir el gasto y no usar el Mepco son errores ideológicos y basados en un mal diagnóstico. El país estaba bien y se están "creando problemas nuevos". No creo que haga falta agregar más.
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