

Racoon Alado
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LA INVITACIÓN El privilegio de ser pensado. La palabra invitación proviene del latín invitatio, -ōnis, que se refiere a la acción y efecto de llamar, convocar o estimular a alguien para asistir a un acto o celebración. Deriva del verbo invitare (invitar), el cual originalmente significaba animar, estimular o acoger con benevolencia. Porque, “Invitar no es incluir: es preferir”. Hay gestos que, por su aparente sencillez, corren el riesgo de volverse invisibles. Invitar es uno de ellos. Y sin embargo, pocos actos condensan con tanta precisión la arquitectura íntima de lo humano: reconocer al otro, otorgarle un lugar y, en ese mismo gesto, declarar que su presencia no es neutra, sino significativa. Invitar no es sólo convocar; es seleccionar. Es, en rigor, una forma delicada de preferencia. Entre la vasta multitud de rostros posibles, alguien decide detenerse en uno —el tuyo— y extender un puente. Ese puente puede ser una mesa, un café, una conversación o incluso un silencio compartido. Pero siempre implica lo mismo: una apertura. Invitar es abrir un espacio —físico o simbólico— para que otro lo habite. La etimología no se equivoca cuando asocia la invitación con el acto de llamar y estimular. Hay en ella una doble dimensión: por un lado, la llamada que convoca; por otro, el impulso que legitima la respuesta libre. Nadie es obligado a aceptar una invitación sin que esta pierda su esencia. En su núcleo, la invitación es una propuesta de libertad compartida: te considero, te ofrezco, decides. Pero lo verdaderamente notable es lo que subyace al gesto. Invitar supone haber pensado en el otro en su ausencia. Es un acto previo, silencioso, que ocurre antes de cualquier palabra. En ese instante invisible, alguien evalúa —a veces sin saberlo— que tu presencia agregará valor, que tu existencia mejora el escenario propuesto. Invitar es, en ese sentido, una forma implícita de elogio: no hacia lo que haces, sino hacia lo que eres cuando estás. Por eso la invitación tiene algo de riesgo. No en su forma más evidente —el rechazo posible—, sino en su dimensión más íntima: exponerse. Quien invita revela una necesidad, una expectativa, una esperanza. Incluso las invitaciones más protocolares, aquellas dictadas por la costumbre o el compromiso, conservan un residuo de esta vulnerabilidad. Porque aun en la obligación, hay reconocimiento de vínculo. Nadie invita a quien le es completamente indiferente. En tiempos donde la eficiencia ha colonizado buena parte de nuestras relaciones, la invitación resiste como un acto improductivo en el mejor sentido del término. No busca optimizar, ni maximizar, ni rentabilizar. Invitar no es una transacción: es una afirmación. Dice, sin decirlo, que el tiempo compartido tiene valor por sí mismo. Que la presencia del otro no necesita justificación adicional. Quizá por eso hemos aprendido a subestimar la respuesta. Aceptar o rechazar una invitación parece un trámite menor, cuando en realidad es una forma de corresponder —o declinar— ese reconocimiento inicial. Agradecer se vuelve entonces un acto de lucidez: comprender que, detrás de la simple propuesta, hubo un gesto de consideración que no es automático ni trivial. Invitar, en última instancia, es un modo de construir mundo. Cada invitación traza una pequeña geografía afectiva, un territorio donde ciertas presencias importan más que otras. Y en ese mapa, ser invitado es ocupar un lugar. No cualquiera, sino uno deliberadamente asignado. La próxima vez que alguien te invite —a lo que sea— conviene detenerse un segundo más de lo habitual. No sólo para decidir si asistir, sino para leer lo que está en juego. Porque en ese gesto, tan cotidiano que casi no se ve, alguien ya ha tomado una decisión silenciosa pero contundente: que el lugar será mejor contigo dentro. @MisColumnas




Apablaza debe pagar por el asesinato de Jaime Guzmán. Ya basta de impunidad para terroristas cobardes que arrancan de la justicia. Chile no puede seguir tolerando que un crimen político brutal quede sin castigo. ex-ante.cl/perfil-aplabaz…





¡Buenos días! Isaac Asimov en “La mente errabunda” describe magistralmente a los líderes ignorantes: “Imaginen a las personas que creen en tales cosas y que no se avergüenzan de ignorar por completo los pacientes descubrimientos de mentes pensantes a lo largo de los siglos, desde que se escribió la Biblia. Y son estas personas ignorantes, las más incultas, las más faltas de imaginación, las más irreflexivas entre nosotros, quienes se convertirían en guías y líderes de todos nosotros; quienes nos impondrían sus débiles e infantiles creencias; quienes invadirían nuestras escuelas, bibliotecas y hogares. Personalmente, lo resiento profundamente.” Les deseo un #FelizMiércoles 😉 📷 Mariposa Cacatúa, se observa desde la Región de Atacama y Coquimbo hasta Parque Nacional Llanos de Challe.


