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Martin Scheuch
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Martin Scheuch
@ScheuchMartin
Sobreviviente del Sodalicio. Católico creyente por convicción personal, sin sumisión de conciencia y con actitud crítica. Cinéfilo de siempre. Espíritu libre.
Alemania Katılım Temmuz 2013
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Brillante reflexión para cristianos comprometidos con la realidad y que no viven en su burbuja.
Religión Digital@ReligionDigit
El secuestro del Santísimo Sacramento dlvr.it/TRfXvx
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📚Agradecemos a @ScheuchMartin por la donación de ejemplares de su libro Las líneas torcidas: 30 años en el Sodalicio de Vida Cristiana, en el que narra su experiencia dentro de este grupo religioso, posteriormente disuelto por Papa Francisco tras graves denuncias de abuso sexual y psicológico. ⚠️
Estos libros serán compartidos con nuestras organizaciones para contribuir a la memoria y la reflexión crítica frente a los abusos cometidos en contextos de poder. 📖🏛️
Invitamos a todas y todos a leer este valioso testimonio.
#MemoriaYJusticia #Sodalicio #DDHH

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"Pienso que es necesario educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota. En manejarse en ella. En la humanidad que de ella emerge. En construir una identidad capaz de advertir una comunidad de destino, en la que se pueda fracasar y volver a empezar sin que el valor y la dignidad se vean afectados. En no ser un trepador social, en no pasar sobre el cuerpo de los otros para llegar el primero. Ante este mundo de ganadores vulgares y deshonestos, de prevaricadores falsos y oportunistas, de gente importante, que ocupa el poder, que escamotea el presente, ni qué decir el futuro, de todos los neuróticos del éxito, del figurar, del llegar a ser. Ante esta antropología del ganador de lejos prefiero al que pierde. Es un ejercicio que me parece bueno y que me reconcilia conmigo mismo. Soy un hombre que prefiere perder más que ganar con maneras injustas y crueles. Grave culpa mía, lo sé. Lo mejor es que tengo la insolencia de defender esta culpa, y considerarla casi una virtud". Pier Paolo Pasolini

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El Vaticano encubrió sistemáticamente casos de abusos durante décadas, según una investigación internacional religiondigital.org/vaticano/vatic… vía @ReligionDigit
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🎬 Sales de ver One Battle After Another pensando que has visto algo brillante… y lo es. Pero también te deja una sensación incómoda: todo está mal, sí, pero cualquier intento de cambiarlo parece condenado al desastre. Sin organización, sin colectivo y sin alternativa real. Solo individuos frente al caos. Y así, la resignación empieza a sonar razonable.
🧠 Lo más peligroso no es lo que muestra, sino lo que borra. En la película desaparecen las estructuras, el poder y las causas. Todo se reduce a errores individuales, como si el problema fueras tú y no el sistema. Y ahí está la trampa: si no hay responsables, tampoco hay salida. Pero la historia siempre fue otra: nada cambió sin lucha, sin organización y sin insistir... siempre una batalla tras otra.
youtube.com/shorts/0GIwLpT…

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@dalo_12_5 Quién está acostumbrado a los estándares de Hollywood difícilmente podrá comparar con otras cinematografías, que lucen mejor en festivales internacionales de cine.
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Una batalla tras otra y Sueños de tren sí son buenísimas.
Martin Scheuch@ScheuchMartin
No me interesan los premios Oscar. Cada año salen mucho mejores películas, al lado de las cuales las ganadoras del Oscar son una mierda. Y éste año no parece que vaya a ser una excepción.
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@alucinayvo Ciertamente no me hace especial. Pero tampoco por eso esos filmes dejan de ser una mierda comparados con otros del mismo año.
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@ScheuchMartin No son una mierda, son una industria que impulsa su propia industria. Que la insultes no te hace especial.
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💣 Los datos son brutales: Estados Unidos tiene unos 250 años de historia y ha pasado alrededor de 229 en guerra. Bombas atómicas sobre población civil, napalm, fósforo blanco, invasiones y golpes de Estado por todo el planeta. Y al mismo tiempo, Hollywood y los grandes medios fabricando el relato contrario.
El imperio que se presenta como salvador mientras siembra destrucción.
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CULTO A LA FANFARRONERÍA
Cómo la pobreza verbal de ciertos líderes terminó convirtiéndose en un estilo político, y en un síntoma de degradación intelectual.
Hay épocas que producen estadistas y otras que producen vociferantes. La nuestra, por desgracia, parece fascinada con el fanfarrón: ese personaje que confunde volumen con inteligencia, grosería con autenticidad y exabrupto con valentía. Ya no se exige a ciertos líderes que piensen bien, sino que peguen fuerte; no que argumenten, sino que humillen; no que eleven la conversación pública, sino que la arrastren al barro con la soltura de quien se siente cómodo en él.
Javier Milei ha hecho del insulto una identidad verbal. Donald Trump convirtió la pobreza expresiva en una marca registrada. Jair Bolsonaro hizo de la vulgaridad una forma de presencia. Santiago Abascal recurre a una retórica bronca, primaria y binaria, donde el matiz es una amenaza. Y José Antonio Kast, con una cadencia más seca y menos histriónica, exhibe también una precariedad retórica que delata estrechez conceptual: frases planas, ritmo pobre, escasa densidad argumental y una alarmante dificultad para llevar el lenguaje más allá del eslogan. Todos, cada uno a su modo, representan una misma miseria: la del pensamiento reducido a consigna y la política rebajada a arrebato.
Schopenhauer desconfiaba de la grandilocuencia hueca y del ruido disfrazado de profundidad. Hannah Arendt insistió en que pensar es indispensable para no abdicar del juicio. Y Jürgen Habermas sostuvo que una democracia sana depende de la fuerza del mejor argumento, no de la fuerza del grito. Esa idea hoy parece arqueología: hemos pasado del argumento mejor al energúmeno más viral.
El problema no es estético. No se trata de pedir mandatarios con dicción de actor shakesperiano. Se trata de algo más grave: “hablar mal, de manera persistente, suele evidenciar pensar mal”. El lenguaje no es un adorno del pensamiento; es su arquitectura. Cuando el vocabulario se achica, también se encoge la capacidad de matizar, distinguir, comparar, inferir y comprender. Y cuando eso ocurre en el poder, la sociedad entera degrada sus estándares. El líder tosco no sólo exhibe su pobreza: la vuelve aspiracional.
Por eso sus adherentes imitan el método. En redes sociales se ve a diario. Frente a una crítica, no aparece una refutación, sino una jauría. No se discute el contenido: se lanza el agravio. No se rebate una idea: se ensaya una descalificación. El troll es el hijo perfecto de esta época: no argumenta porque no puede; insulta porque le basta. Y como la banalidad digital premia la frase breve, la mueca agresiva y el clip instantáneo, las plataformas terminan siendo menos un espacio de deliberación que una pedagogía de la simplificación.
El contraste con los grandes líderes es brutal. Lincoln podía condensar en pocas palabras una visión moral y política del destino común. Churchill comprendía que el idioma también era resistencia, y Mandela no necesitaba rebajarse para convencer, porque su autoridad no provenía del exabrupto, sino de la estatura intelectual. Había en ellos una convicción elemental: gobernar exige pensar, y pensar exige lenguaje.
Hoy, en cambio, hemos normalizado al rústico gritón, al bravucón de léxico mínimo, al caudillo que insulta porque no puede elaborar una frase inteligente, que simplifica porque no puede comprender y que atropella porque no puede persuadir. Y una parte del público, agotada o intelectualmente desentrenada, celebra esa indigencia como si fuera franqueza. Qué época más triste: la estupidez ya no se disimula; se vota, se aplaude y se comparte.
Sin pensamiento no hay deliberación. Sin deliberación no hay comunidad política. Y sin lenguaje digno, lo que queda no es autenticidad, sino retroceso. La fanfarronería no es una anécdota del estilo: es una enfermedad del espíritu público.
Al final, el problema no es que les falte inteligencia, el problema es que les sobra estupidez. @MisColumnas

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Un estudio destapa muchos más casos de abuso en la arquidiócesis de Paderborn dlvr.it/TRTkD6
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