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La detención por motivos políticos en Venezuela no termina en el arresto de una persona; es un fenómeno expansivo que utiliza los roles de género para trasladar el peso del castigo al hogar. En este escenario, las mujeres —madres, esposas, hijas y hermanas— emergen como víctimas secundarias. Aunque no están tras las rejas, cargan en sus cuerpos y vidas con la sobrevivencia de sus familias y la búsqueda de una justicia que el Estado les niega sistemáticamente.
La falta de información oficial sobre el paradero o estado de salud de las personas detenidas no es un vacío administrativo, es uno de los mecanismos más crueles de la represión política que va dirigido hacia las familias.
Esta opacidad obliga a las mujeres a peregrinar por instituciones sin obtener respuestas, enfrentándose a la estigmatización y, en muchos casos, a extorsiones para garantizar derechos mínimos de sus familiares.
En este contexto, se produce una feminización de la carga represiva. El Estado vulnera derechos económicos y sociales por la pérdida de ingresos y la precarización forzada; y el derecho a la igualdad y no discriminación, ya que el Estado se apoya en roles de género preexistentes para externalizar el costo del castigo. A ello se suma la violación sistemática del derecho a la defensa privada y, en general, de todas las garantías que integran el debido proceso.
La lucha por la libertad de los presos políticos debe ir acompañada de una protección efectiva para las mujeres que, desde afuera, mantienen viva la esperanza y la exigencia de justicia. El Estado es responsable no solo de quienes están adentro, sino de las vidas que se apagan afuera esperando un reencuentro.

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