Andrea Aguilera retweetledi

JOSÉ ANTONIO KAST
Un presidente sin palabras.
Lo que revela la pobreza dialéctica de Kast no es torpeza verbal, sino una alarmante carencia intelectual.
Aquí no hay un problema de gustos literarios ni de nostalgia por los grandes discursos que se citan en ceremonias académicas. Nadie está pidiendo trompetas retóricas ni párrafos para el bronce. Lo que queda al descubierto al escuchar a José Antonio Kast es algo más elemental y, por lo mismo, más inquietante: una pobreza retórica que no es estética, sino estructural. No es que no “hable bonito”; es que no piensa hondo, y eso se nota.
La retórica —conviene recordarlo— no es maquillaje. Es arquitectura del pensamiento. Un exordio deficiente no es solo un mal inicio: es la señal temprana de una mente que no ordena ideas, que no jerarquiza conceptos, que no distingue matices. Cuando el vocabulario es corto, el mundo también lo es. Cuando las frases son planas, las ideas suelen serlo aún más. El lenguaje no adorna el pensamiento: lo hace posible.
El discurso de Kast en El Salvador no fue pobre por falta de carisma, sino por falta de densidad. Vago, predecible, sin abstracción ni tensión conceptual. Una seguidilla de lugares comunes que no dialogan con la complejidad del cargo ni con la gravedad del momento histórico. No hubo tesis, no hubo desarrollo, no hubo riesgo intelectual. Hubo consignas. Y las consignas son el refugio natural de quienes no saben —o no quieren— pensar en voz alta.
Sus defensores reaccionan como era esperable. No con argumentos, sino con insultos. Que los zurdos, que les arde, que lloren, que el ají. El folclor del ingenio básico, esa pirotecnia verbal que no busca responder, sino descalificar. Nadie —literalmente nadie— se hace cargo de la crítica central: la precariedad del discurso revela una precariedad más profunda. Porque refutar exigiría comprender, y comprender exige un mínimo de pensamiento crítico.
Otros, más sofisticados en la forma pero igual de endebles en el fondo, apelan al comodín clásico: “no importa cómo hable, importa lo que haga”. Falso dilema. Como si pensar y hacer fueran compartimentos estancos, como dos cajones diferentes de un mismo mueble. Como si la acción no fuera, antes que nada, pensamiento aplicado. Como si un presidente pudiera gobernar bien con ideas mal formuladas, conceptos pobres y un lenguaje incapaz de nombrar la complejidad del poder.
No se trata de pedir a Neruda ni a Churchill ni a Martín Luther King. Se trata de exigir claridad, precisión, elegancia acorde al cargo y una cultura mínima que permita comprender el mundo que se pretende dirigir. Un presidente no puede expresarse como quien improvisa en una sobremesa larga. La palabra presidencial no es decorativa: orienta, delimita, construye realidad. Cuando esa palabra es débil, la realidad que se anuncia también lo es.
Lo más preocupante no es Kast. Es el aplauso que recibe esa pobreza. El fanático se reconoce en el discurso simple porque no lo desafía. El mediocre se siente cómodo entre mediocres, y hasta lo celebra. La crítica les resulta ofensiva no porque sea injusta, sino porque es incómodamente precisa. Señala una carencia que no quieren ver, quizá porque verla implicaría mirarse al espejo.
La pobreza retórica no es un defecto menor: es el síntoma de una pobreza intelectual más amplia. Y cuando esa pobreza se instala en La Moneda, el problema ya no es estilístico. Es político, cultural y, en última instancia, profundamente preocupante. Porque un país mal hablado termina, casi siempre, mal pensado. Y lo que se piensa mal, se gobierna peor. @MisColumnas
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