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Lo que está pasando con los venezolanos en Estados Unidos no es un regreso voluntario y hay que decirlo con claridad, porque el relato que se está construyendo alrededor de este fenómeno no está siendo honesto. No están volviendo porque Venezuela mejoró. No están volviendo porque extrañan su tierra o porque la transición les da esperanza. Están volviendo porque la administración Trump les cerró todas las puertas al mismo tiempo y muchos simplemente ya no tienen donde más ir y les da más miedo quedarse en EEUU que volver a Venezuela.
Durante años, el TPS fue el mecanismo que permitió a cientos de miles de venezolanos mantenerse en Estados Unidos con una protección mínima pero real. No era la situación ideal, pero era suficiente para trabajar, para construir algo, para vivir sin el miedo constante a ser deportado. Eso desapareció. Y con ello desapareció también la única red de seguridad que tenía una parte enorme de la diáspora venezolana en ese país. Las deportaciones dejaron de ser una amenaza abstracta para convertirse en una realidad cotidiana que está afectando a familias concretas, a personas con años de vida construida allá, a gente que en muchos casos lleva más tiempo en Estados Unidos que en Venezuela, a jóvenes que tienen como primer idioma el inglés, muchos llegaron allí de niños o bebés, otros nacieron en ese país.
El problema es que regresar a Venezuela no es para la mayoría de ellos una primera opción sino la única que les queda. Algunos tienen la posibilidad de mirar hacia España, que aunque también está cerrando sus propias puertas, todavía ofrece algunas vías para venezolanos con vínculos familiares o con opciones para un visado de nómada digital o de estudiante. Pero no todos tienen los recursos para reubicarse en otro país, para esperar dos años sin papeles por una residencia, algunos tampoco tienen la energía para empezar de cero por tercera o cuarta vez en un lugar diferente. Y entonces Venezuela, con todo lo que eso implica, se convierte en el destino por descarte.
Lo que hace especialmente duro todo esto es que muchos de los que están regresando son personas que salieron de Venezuela precisamente porque allá no había futuro, que construyeron una vida en Estados Unidos con un esfuerzo enorme, y que ahora tienen que deshacer todo eso sin haber tomado esa decisión libremente. No es un regreso con maleta llena de experiencia y ganas de aportar. Es un regreso forzado, quizás más forzado que su salida, con la frustración de quien siente que el mundo le cerró todas las puertas al mismo tiempo.
Y mientras esto ocurre, el debate público sigue hablando de cifras de retorno y de gente que está volviendo como si fueran una señal de que Venezuela está mejorando. No confundamos las dos cosas. Que la gente regrese no significa que haya algo mejor esperándola. A veces significa simplemente que ya no había ningún otro lugar dispuesto a recibirla. Y esa es una distinción que le debemos a quienes están viviendo esto.
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