diegompriv
167 posts

diegompriv
@diegomartindsd
/1,95mt/ BIG BOY VERS /contenido +18 | NSFW //Fantasías reales, sin anestesia https://t.co/U8WFne6pnH
Macul, Chile Katılım Nisan 2020
3.4K Takip Edilen2.6K Takipçiler
diegompriv retweetledi

🔴 AHORA | Gobierno acentúa que Chile registra el peor PIB para un primer trimestre desde la crisis subprime y que en ese periodo gobernaba Gabriel Boric biobiochile.cl/noticias/econo…
Español
diegompriv retweetledi

LA VERDADERA EMERGENCIA
ES EL LENGUAJE
Gobernar en gerundio, pensar en borrador. Cuando el poder conjuga mal los verbos, la realidad termina mal escrita.
Hay gobiernos que tropiezan en la gestión, otros en la estrategia, algunos en la ética. Este, en cambio, tropieza —y con estrépito— en algo más primario: el lenguaje. Y cuando la palabra falla, no solo se erosiona la forma; se desnuda el fondo.
Desde la irrupción de José Antonio Kast y su cohorte ministerial, hemos asistido a un fenómeno curioso: la progresiva degradación del discurso público. No se trata de una cuestión estética ni de elitismo retórico, como apresuradamente podrían caricaturizar algunos, sino de un problema funcional. Gobernar es, en esencia, comunicar. Y aquí, la comunicación no alcanza siquiera el umbral de lo aceptable.
Lo que en un inicio pudo interpretarse como inexperiencia, hoy se revela como una constante estructural. Ministros con posgrados —al menos en el papel— que balbucean ideas inconexas; subsecretarios que convierten el exordio en un campo minado de muletillas; vocerías que parecen improvisaciones de sobremesa mal iluminada. La pobreza léxica es apenas la superficie de un problema más profundo: la incapacidad de articular pensamiento con claridad.
Porque el lenguaje no es un adorno: es pensamiento en voz alta. Y cuando la sintaxis se desmorona, lo que cae no es sólo la frase, sino la idea misma. Escuchar a ciertas autoridades es asistir a una suerte de naufragio semántico, donde las palabras flotan sin dirección, sin ritmo, sin jerarquía. No hay cadencia, no hay intención, no hay estructura. Sólo ruido.
En columnas anteriores —pienso particularmente en aquella dedicada a la vocera Mara Sedini— ya advertíamos esta tendencia: una retórica que abdica de toda aspiración a la precisión y se refugia en una falsa cercanía, como si la informalidad fuese sinónimo de autenticidad. Pero no lo es. Es, más bien, la coartada de la mediocridad.
El caso del propio presidente Kast no es mejor, un exordio plano, simplón, facilista, un discurso poco elaborado y pobre en su contenido y técnica, en las antípodas de un estadista de verdad. No hay profundidad, no hay precisión ni conocimiento, menos agudeza ni exactitud.
El caso del hoy diputado Orrego es patético, verbaliza mal, no modula y lo peor, no logra salir del mismo lugar común cada vez que habla. Hasta para insultar se requiere cierta lucidez diría el gran Schopenhauer.
El problema no es que hablen “como la gente”. Es que hablan peor que la gente cuando la gente intenta hablar bien. Hay en ello una paradoja inquietante: quienes detentan el poder parecen haber renunciado a la responsabilidad de elevar el estándar del discurso público, optando en cambio por mimetizarse con su versión más precaria.
Se dirá —y con algo de razón— que la gestión importa más que la elocuencia. Pero esta es una falsa dicotomía. La buena gestión necesita ser explicada, defendida, persuadida. Sin lenguaje, no hay política, hay administración muda. Y un gobierno que no sabe decir lo que hace, termina no sabiendo qué hacer.
Lo más preocupante, sin embargo, no es el diagnóstico, sino el pronóstico. No hay señales de corrección. No hay autoconciencia. No hay, siquiera, incomodidad. Se habla mal con la tranquilidad de quien no percibe el error, de quien ha vivido siempre en un ecosistema donde la precariedad lingüística es norma y no excepción.
Así, el problema deja de ser individual y se vuelve cultural. No estamos ante ministros que hablan mal, sino ante una élite que ha naturalizado hablar mal. Y cuando eso ocurre, la política pierde una de sus herramientas más nobles: la palabra como instrumento de construcción común.
En definitiva, este gobierno no solo desafina: ha olvidado que existe una partitura. Y en ese olvido, cada intervención pública se convierte en una disonancia, en un ejercicio involuntario de descomposición. Porque cuando el lenguaje se empobrece, la política no tarda en seguirle el paso.
@MisColumnas
Español
diegompriv retweetledi
diegompriv retweetledi
diegompriv retweetledi
diegompriv retweetledi

JOSÉ ANTONIO KAST
Un presidente sin palabras.
Lo que revela la pobreza dialéctica de Kast no es torpeza verbal, sino una alarmante carencia intelectual.
Aquí no hay un problema de gustos literarios ni de nostalgia por los grandes discursos que se citan en ceremonias académicas. Nadie está pidiendo trompetas retóricas ni párrafos para el bronce. Lo que queda al descubierto al escuchar a José Antonio Kast es algo más elemental y, por lo mismo, más inquietante: una pobreza retórica que no es estética, sino estructural. No es que no “hable bonito”; es que no piensa hondo, y eso se nota.
La retórica —conviene recordarlo— no es maquillaje. Es arquitectura del pensamiento. Un exordio deficiente no es solo un mal inicio: es la señal temprana de una mente que no ordena ideas, que no jerarquiza conceptos, que no distingue matices. Cuando el vocabulario es corto, el mundo también lo es. Cuando las frases son planas, las ideas suelen serlo aún más. El lenguaje no adorna el pensamiento: lo hace posible.
El discurso de Kast en El Salvador no fue pobre por falta de carisma, sino por falta de densidad. Vago, predecible, sin abstracción ni tensión conceptual. Una seguidilla de lugares comunes que no dialogan con la complejidad del cargo ni con la gravedad del momento histórico. No hubo tesis, no hubo desarrollo, no hubo riesgo intelectual. Hubo consignas. Y las consignas son el refugio natural de quienes no saben —o no quieren— pensar en voz alta.
Sus defensores reaccionan como era esperable. No con argumentos, sino con insultos. Que los zurdos, que les arde, que lloren, que el ají. El folclor del ingenio básico, esa pirotecnia verbal que no busca responder, sino descalificar. Nadie —literalmente nadie— se hace cargo de la crítica central: la precariedad del discurso revela una precariedad más profunda. Porque refutar exigiría comprender, y comprender exige un mínimo de pensamiento crítico.
Otros, más sofisticados en la forma pero igual de endebles en el fondo, apelan al comodín clásico: “no importa cómo hable, importa lo que haga”. Falso dilema. Como si pensar y hacer fueran compartimentos estancos, como dos cajones diferentes de un mismo mueble. Como si la acción no fuera, antes que nada, pensamiento aplicado. Como si un presidente pudiera gobernar bien con ideas mal formuladas, conceptos pobres y un lenguaje incapaz de nombrar la complejidad del poder.
No se trata de pedir a Neruda ni a Churchill ni a Martín Luther King. Se trata de exigir claridad, precisión, elegancia acorde al cargo y una cultura mínima que permita comprender el mundo que se pretende dirigir. Un presidente no puede expresarse como quien improvisa en una sobremesa larga. La palabra presidencial no es decorativa: orienta, delimita, construye realidad. Cuando esa palabra es débil, la realidad que se anuncia también lo es.
Lo más preocupante no es Kast. Es el aplauso que recibe esa pobreza. El fanático se reconoce en el discurso simple porque no lo desafía. El mediocre se siente cómodo entre mediocres, y hasta lo celebra. La crítica les resulta ofensiva no porque sea injusta, sino porque es incómodamente precisa. Señala una carencia que no quieren ver, quizá porque verla implicaría mirarse al espejo.
La pobreza retórica no es un defecto menor: es el síntoma de una pobreza intelectual más amplia. Y cuando esa pobreza se instala en La Moneda, el problema ya no es estilístico. Es político, cultural y, en última instancia, profundamente preocupante. Porque un país mal hablado termina, casi siempre, mal pensado. Y lo que se piensa mal, se gobierna peor. @MisColumnas
Español
diegompriv retweetledi

This is disgusting. She is disgusting, and anyone who defends her is defending a neo-Nazi.
FUCK TRUMP. FUCK ICE. FUCK FAR RIGHT.
Pop Fusion HQ@PopFusionHQ
Nicki Minaj officially meets Donald Trump at the Presidential Summit.
English
diegompriv retweetledi
diegompriv retweetledi
diegompriv retweetledi
diegompriv retweetledi



















