Hugh O'Hara 🎸🎼🚲 Ya me da lo mismo la hueá/

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@el_kaluga

Nací, crecí y vivo. Mucha Guitarra poco piano. Y canto. Soy ingeniero e ingenioso. Amo a los Beatles pero soy anti Imperialista.

Ñuñoa, Santiago, Chile Katılım Ekim 2010
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luisinlandaes.
luisinlandaes.@luisingermanico·
@thecliniccl Suele pasar en las sociedad que personas que no merecen algo lo obtienen igual, como Kast llegando a la presidencia.
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Jorge Baradit Morales
Señores del @ChilePDGcl Van a aparecer en la historia como cómplices de esta masacre social, sólo por el IVA a los pañales? Really? Piénsenla bien.
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Diputado Carlos Cuadrado Prats
NO PASARÁN. Ahora el Ministro Quiroz quiere recortar: 1.-Pensión Garantizada Universal (PGU); 2.-Subsidio Único Familiar (SUF); 3.-Pensión Básica Solidaria de Invalidez; 4.-Aporte Previsional Solidario de Vejez; 5.-Bono Invierno; 6.-Bono por Hijo; 7.-Bono Bodas de Oro, etc
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Sebastián Gray
Sebastián Gray@sebastian_gray·
Pago mis contribuciones con la absoluta convicción de que es mi deber hacerlo, por el bien de mi comuna (los servicios que recibo a cambio) y por el de las comunas más necesitadas del país. Es increíble que haya gente tan mezquina que FINJA no comprender de qué se trata esto.
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Rodrigo Medel
Rodrigo Medel@medel2026·
Aquí, repasando teorías de verdad. Que temazo Dioh meo
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Rojita 🙈
Rojita 🙈@Gatablanca87·
Cómo se podría destituir a Kast ?? 🤔🤔🤔
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ReneX
ReneX@Eneatipo7·
CARTA ABIERTA A LA MINISTRA DE CIENCIA, TECNOLOGÍA CONOCIMIENTO E INNOVACIÓN. Ximena Lincolao. @Ximenatech Señora Ministra: Hay frases que, por su ligereza, se desvanecen en el aire. Y hay otras —como la suya— que, por su torpeza, merecen ser detenidas, observadas y, si es necesario, desarmadas pieza por pieza. Usted ha señalado que: “uno de los mejores regalos que recibió en su vida fue haber sido pobre”. Permítame decirle, con toda franqueza y respeto, que no es una frase inspiradora; es una afirmación profundamente equivocada y absolutamente errada. La pobreza no es un regalo. No lo ha sido nunca. No lo es en la literatura, ni en la estadística, ni en la experiencia concreta de millones de personas que no pueden darse el lujo de reinterpretarla como una metáfora edificante. La pobreza es carencia: de oportunidades, de acceso, de tiempo, de dignidad. Es restricción acumulativa, no una escuela de virtudes. Cuando una autoridad pública decide romantizarla, lo que hace no es dignificar la adversidad, sino trivializarla. Transforma una condición estructural que el Estado debe combatir en una suerte de anécdota formativa, casi pedagógica. Como si la escasez fuera un curso intensivo de carácter. Como si el hambre tuviera valor didáctico. Como si la precariedad fuese, en el fondo, una bendición mal comprendida. ¿Se da cuenta de la paradoja que encierra su afirmación? Si la pobreza fuese realmente un “regalo”, entonces el esfuerzo institucional por erradicarla carecería de sentido. Bastaría con distribuirla. Convertirla en política pública. Democratizar ese supuesto beneficio. Pero no lo hacemos —y usted lo sabe— porque la pobreza no fortalece: limita y condiciona, en definitiva, reduce horizontes. Hay, además, un error de razonamiento que resulta particularmente inquietante en alguien que encabeza una cartera vinculada al conocimiento. Haber desarrollado resiliencia o disciplina a pesar de la pobreza, no convierte a la pobreza en una causa virtuosa. Confundir ambas cosas es caer en una trampa elemental: atribuirle al obstáculo el mérito del que logra superarlo. Es como elogiar la enfermedad por haber producido un sobreviviente. Pero quizá lo más delicado de su frase no es su debilidad lógica, sino su trasfondo moral. Porque en ella se percibe una forma sutil de autocelebración: una narrativa donde la biografía personal se eleva a categoría de ejemplo universal. Usted salió adelante, y eso es valioso. Pero de ahí a concluir que la condición que es en sí misma una limitante, fue en realidad, un “regalo”, es una conjetura que no resiste el menor análisis. Mientras usted resignifica su pasado, hay miles —millones— que no pueden hacerlo. Que no encuentran en la pobreza ni épica ni redención. Que no la recuerdan como un peldaño, sino como un peso. Y para ellos, escuchar a una ministra hablar de “regalos” en medio de la carencia no es inspirador, es, francamente, ofensivo. Señora ministra, el lenguaje importa. Y más aún cuando se ejerce desde el poder. No se trata de censurar su historia personal, sino de exigirle rigor al momento de interpretarla en público. Si su intención era destacar la resiliencia, bastaba con decirlo. Si quería subrayar el valor del esfuerzo, había caminos mucho más precisos. Pero elegir la pobreza como metáfora positiva no es valentía discursiva, es un descuido intelectual imperdonable. Porque, al final, lo que está en juego no es una frase aislada, sino la manera en que entendemos los problemas que decimos querer resolver. Y en eso, conviene ser precisos y categóricos: la pobreza no es un regalo. Es un problema. Y tratarla como lo primero es olvidar —o peor aún, ignorar— la urgencia de lo segundo. Atentamente, Un ciudadano que espera más rigor, y bastante más lucidez, de sus autoridades. @MisColumnas
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ReneX
ReneX@Eneatipo7·
LA GRAMÁTICA DEL PODER Y EL PODER DE LA GRAMÁTICA Los reiterados errores comunicacionales del gobierno y de sus autoridades, obligan a entender la molestia social, y sobre todo, ponen énfasis en algo que pocas veces está en el centro del debate: La importancia de hablar y comunicar correctamente. Parece algo obvio, pero hemos sido permisivos en este ítem, y creo necesario no sólo abrir el debate, sino, ser implacables, pues el rigor lingüístico debe ser la base intelectual de la sociedad. Hay errores que no sólo se oyen: se sienten. Irritan, desgastan, erosionan. No porque el oído del público se haya vuelto exquisito de pronto, sino porque el lenguaje —ese instrumento invisible que sostiene la convivencia— deja de cumplir su función cuando se usa con descuido. Y cuando eso ocurre desde el poder, el problema deja de ser estético para convertirse en político. El lenguaje no es un adorno ni un lujo académico; es una herramienta de precisión. En él se codifican las ideas, se negocian significados y se construye realidad. Una conjugación verbal incorrecta no es un simple desliz: altera la temporalidad de los hechos, confunde la acción, diluye la responsabilidad. Decir “hubieron problemas” en lugar de “hubo problemas” no es una nimiedad: es una grieta en la estructura misma del discurso. La ortografía, por su parte, cumple una función de orden. No se trata de una obsesión normativa, sino de una convención que permite la inteligibilidad. Una tilde mal puesta puede cambiar el sentido completo de una frase; la ausencia de puntuación convierte el texto en una masa informe donde el lector debe adivinar, no comprender. Y cuando el lector adivina, el emisor ha fracasado. Pero el problema es más profundo. La pobreza de vocabulario empobrece el pensamiento. Quien dispone de pocas palabras dispone de pocos matices; y quien carece de matices, simplifica la realidad hasta volverla caricatura. La repetición excesiva no es sólo una torpeza estilística: es la evidencia de un pensamiento que gira en círculos, incapaz de avanzar. La retórica, en su sentido noble, no es manipulación, sino arquitectura del discurso. Es saber ordenar, jerarquizar, enfatizar. Un exordio mal construido no sólo aburre: desorienta. Las pausas —tan olvidadas en la comunicación contemporánea— son también parte del lenguaje. No son vacíos, sino espacios de sentido. Una pausa bien ubicada permite procesar, anticipar, reflexionar. Su ausencia genera ansiedad y ruido; su abuso, dispersión. Hablar sin pausas es como escribir sin puntos: una fuga interminable que agota al receptor. La semántica, ese territorio donde las palabras adquieren significado en contexto, exige rigor. No basta con decir: hay que decir con propiedad. Palabras como “crisis”, “urgente” o “quiebra” han sido tan abusadas que han perdido densidad. La inflación semántica es tan peligrosa como la económica: cuando todo es urgente, nada lo es. Incluso la etimología, a menudo relegada a la curiosidad erudita, ofrece una brújula. Conocer el origen de las palabras permite entender su alcance, su carga, su límite. “Comunicar” proviene de communicare: poner en común. Si no hay algo que realmente se comparte —una idea clara, un mensaje coherente—, no hay comunicación, solo emisión de ruido. Lo que hoy se observa no es sólo una seguidilla de errores formales, sino una falla sistémica en la concepción del lenguaje. Se lo ha reducido a vehículo, cuando en realidad es estructura. Se lo trata como accesorio, cuando es fundamento. Y la ciudadanía, lejos de ser indulgente, percibe esa fragilidad. Porque en el fondo, lo que se juzga no es la ortografía de una frase, sino la solidez de quien la emite. Cuidar el lenguaje no es pedantería; es responsabilidad. Es reconocer que cada palabra tiene peso, dirección y consecuencia. En tiempos donde la confianza es escasa, la precisión lingüística se vuelve un acto de respeto. Y quizás también, en medio de tanto ruido, una forma de dignidad. @MisColumnas
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@Luv_Xcuses·
Be brutally honest, what's one thing Americans are simply better at than the rest of the world??
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ReneX
ReneX@Eneatipo7·
CARTA ABIERTA A LA MINISTRA DE SEGURIDAD. Trinidad Steinert. @MinSteinert Presente: Señora Ministra, He leído con atención —y no sin cierta perplejidad— su reciente declaración en la prensa, en la que afirma que tiene una ambiciosa misión: “La de recuperar el Estado de Derecho”. La frase, de apariencia solemne, tiene sin embargo un inconveniente mayor: presupone la pérdida de aquello que, en rigor, no se ha extraviado. Resulta inquietante que una autoridad encargada precisamente de resguardar el orden institucional sugiera, siquiera retóricamente, que Chile ha dejado de ser un Estado de Derecho. Porque si tal premisa fuese cierta, no estaríamos ante un problema comunicacional, sino ante una ruptura estructural de la República. Y, como usted bien sabe —o debiera saber—, las palabras en política no son inocuas: configuran realidad, orientan percepciones y, en no pocos casos, erosionan confianzas. Conviene entonces precisar conceptos, no por pedantería académica, sino por responsabilidad institucional. El Estado de Derecho no es una consigna aspiracional ni un eslogan de campaña; es un principio estructural de organización del poder. Supone, entre otras cosas, que la ley es superior a la voluntad de quienes gobiernan, que los poderes del Estado se encuentran separados y equilibrados, que los derechos fundamentales son exigibles y que las autoridades actúan dentro de marcos jurídicos previamente establecidos. Si Chile no viviera bajo estas condiciones, usted no estaría ejerciendo su cargo en virtud de normas vigentes, los tribunales no fallarían conforme a derecho, y la oposición —incluyendo a quienes discrepan de usted— no podría expresarse libremente sin temor a represalias institucionales. La evidencia empírica, señora Ministra, desmiente su afirmación con una contundencia que no requiere mayor elocuencia. Es cierto que existen desafíos en materia de seguridad, cumplimiento de la ley y eficacia del sistema. Nadie razonable lo discute. Pero confundir deficiencias operativas con ausencia de Estado de Derecho es, en el mejor de los casos, una imprecisión conceptual; en el peor, una estrategia discursiva que tensiona innecesariamente la legitimidad institucional. Porque decir que se “recuperará” el Estado de Derecho implica insinuar que actualmente impera la arbitrariedad, que la ley ha dejado de regir o que los derechos fundamentales se encuentran suspendidos. Y esa descripción, además de inexacta, es peligrosamente cercana a los diagnósticos que, en otras épocas y latitudes, han servido de antesala para justificar excesos que luego todos lamentan. Los chilenos tenemos 17 años de nuestra historia reciente fragmentada por una ruptura institucional que eliminó el estado de derecho, luego, ni en broma. Chile, con todas sus imperfecciones, mantiene vigentes sus instituciones, sus tribunales, su marco constitucional y su sistema de garantías. El Estado de Derecho no es perfecto —nunca lo es—, pero existe. Y precisamente por existir, puede y debe perfeccionarse, fortalecerse y hacerse más eficaz. Esa es una tarea legítima. Pero no requiere ser dramatizada como una reconstrucción desde las ruinas. Cabe entonces preguntarse: ¿se trata de una confusión conceptual o de una licencia retórica? Si es lo primero, le convendría revisar las definiciones. Si es lo segundo, quizás valga la pena recordar que la sobreactuación institucional suele tener costos más altos que beneficios políticos. La ciudadanía espera de sus autoridades claridad, rigor y prudencia. Sobre todo cuando se habla de los pilares que sostienen la convivencia democrática. El Estado de Derecho no se invoca como una promesa de campaña ni se ofrece como si fuese un bien perdido en una vitrina vacía. Se ejerce, se respeta y, en todo caso, se fortalece. Afortunadamente, señora Ministra, en Chile no hay nada que “recuperar” en ese sentido. Lo que sí hay —y con urgencia— es mucho que mejorar. Atte., Un ciudadano que aún confía en que las palabras importan. @MisColumnas
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ReneX
ReneX@Eneatipo7·
MONO CON NAVAJA La mitomanía del segundo piso. Hay asesores que diseñan estrategias. Otros, más discretos, ordenan ideas, moderan impulsos y corrigen excesos. Y luego está Cristian Valenzuela, una suerte de alquimista del eslogan vacío, un fabricante prolífico de frases que no aspiran a describir la realidad, sino a deformarla hasta volverla irreconocible. Su talento —si se le puede conceder tal categoría— no reside en la comprensión de lo público, ni en la sutileza política, sino en la producción industrial de consignas. Frases cortas, ruidosas, inflamables. Frases que no explican, sino que intoxican. Como si gobernar fuera una competencia de titulares y no una tarea de responsabilidad histórica. Valenzuela fue quien dijo: "Me encantaría hacer más deporte, pero no puedo porque si salgo me asaltan". Fue quien se refirió a los empleados públicos como: “Parásitos del estado”. Fue quien le dijo a Kast que debía repetir que: “El país se cae a pedazos”. y que estamos en: “Un gobierno de emergencia”. y también dueño de la frase que la ministra de seguridad hizo suya: “Que venía a recuperar el estado de derecho”. Ahora, aparece con la incendiaria frase: “El estado en quiebra”. Parafernalia retórica, una bomba de racimo de frases envenenadas contra la propia ciudadanía. No son diagnósticos. Son artefactos. Y como todo artefacto mal diseñado, explota en las manos de quien los utiliza. Valenzuela no asesora: contamina. Ha convertido la comunicación política en un ejercicio de pirotecnia verbal donde cada declaración busca incendiar el debate, erosionar la confianza y sembrar una sospecha permanente. No importa si la frase es cierta —de hecho, es mejor si no lo es—, lo relevante es su capacidad de propagación, su potencia viral, su utilidad como arma arrojadiza. Pero incluso en ese terreno, hay límites. Y el problema no es sólo la mentira; es la estupidez estratégica. Porque afirmar que un país está en quiebra desde el propio gobierno no es oposición: es autoboicot. No es crítica: es sabotaje reputacional. Es dinamitar la credibilidad con la que se negocia, se invierte y se construye futuro. Es, en términos simples, dispararse en ambos pies y luego culpar al suelo. El daño no es retórico. Es real. Se erosiona la confianza de los mercados, se tensiona la institucionalidad, se intoxica el clima interno y se instala una narrativa de colapso que no resiste el más mínimo contraste con los indicadores objetivos. Chile, con todas sus tensiones, sigue siendo un país funcional, solvente y predecible en el contexto regional. Pero bajo la pluma, o la lengua de Valenzuela, se transforma en una caricatura apocalíptica. Y lo más inquietante no es su torpeza, sino la libertad con que la ejerce. Porque un asesor así no es peligroso por lo que dice, sino por la ausencia de contrapesos que lo contengan. En cualquier administración mínimamente seria, alguien con este nivel de irresponsabilidad comunicacional sería apartado de inmediato. No por un error puntual —que los hay en todos los gobiernos—, sino por la reiteración sistemática de un patrón: exagerar, distorsionar y, finalmente, dañar. Valenzuela, sin embargo, no sólo permanece. Opera. Y en esa operación constante, va dejando un rastro de deterioro: en la calidad del debate, en la confianza pública, en la imagen internacional. Ha logrado algo notable en su mediocridad: transformar la comunicación gubernamental en una fuente de incertidumbre. Lo irónico y trágico, es que ni siquiera parece haber plena conciencia del daño. Como si el país fuera un tablero de ensayo y error, y no una estructura compleja donde cada palabra pesa, cada señal importa y cada exceso se paga. Un mitómano puede ser inofensivo en la sobremesa. En el 2º piso de un gobierno, es otra cosa: es un riesgo sistémico. Porque cuando la estrategia comunicacional queda en manos de quien confunde propaganda con realidad, lo que se erosiona no es solo un relato. Es la credibilidad misma del Estado. @MisColumnas
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ReneX
ReneX@Eneatipo7·
QUIEN NADA SABE, NADA TEME Pocas frases describen con tanta precisión —y tan involuntaria ironía— el temple y arrojo exhibido por la ministra vocera de gobierno, Mara Sedini. Porque no se trata aquí de una valentía nacida del conocimiento, ni de esa serenidad que otorga el dominio de los hechos, sino de una audacia más rudimentaria: aquella que brota cuando la conciencia no alcanza a dimensionar la magnitud del error. Decir que el barril de petróleo en España cuesta dos euros no es simplemente un desliz. Es, en rigor, una afirmación que se desploma por su propio peso, una de esas frases que no requieren expertise técnico para ser refutadas, sino apenas un mínimo sentido de realidad. Pero lo verdaderamente inquietante no es el error en sí —todos pueden equivocarse—, sino la absoluta falta de alarma interna frente a lo que acababa de pronunciar. No hubo duda, no hubo corrección, no hubo siquiera un atisbo de sospecha. Y ese es el verdadero problema. Porque hay errores que se corrigen con datos, y otros que se desnudan con lógica. Este último pertenece a la segunda categoría. Bastaba una pausa, un segundo de reflexión, para advertir que algo no cuadraba. Pero no ocurrió. Y cuando el error no encuentra resistencia ni siquiera en quien lo emite, lo que queda al descubierto no es un lapsus, sino una precariedad más estructural. No es un episodio aislado. Ya le hemos escuchado frases que oscilan entre lo contradictorio y lo incomprensible: “razones felices” que producen “noticias tristes”, y compromisos de “cumplir promesas cumplidas”, entre otros muchos bizarros comentarios. A ello se suma una retórica vacilante, un léxico limitado y una construcción argumental que parece avanzar a tropiezos, como si cada idea llegara tarde a su propia formulación. Pero reducir esto a una crítica personal sería un error de diagnóstico. La vocería de gobierno no es un rol ornamental ni un ejercicio de improvisación verbal: es la traducción política del poder, la arquitectura discursiva de una administración. Es el lugar donde el gobierno se piensa en voz alta. Y cuando esa voz titubea, se contradice o simplemente se extravía, lo que se pone en cuestión no es sólo a quien habla, sino a aquello que representa. Lo que se observa no es únicamente una ministra errática, sino el síntoma visible de un gobierno tensionado, inexperto y, por momentos, desorientado. Un gobierno que parece confundir volumen con contenido, y que apuesta a que la abundancia de palabras catastrofistas pueda suplir la escasez de ideas. Sin embargo, la opinión pública tiene una tolerancia limitada a ese tipo de artificios. Puede perdonar errores, incluso torpezas, pero difícilmente perdona la sensación persistente de estar siendo subestimada. La vocería exige algo más que presencia mediática: exige densidad, precisión, criterio. Debe transmitir control cuando hay incertidumbre, claridad cuando hay ruido, y solvencia cuando todo lo demás tambalea. Es el termómetro emocional de un gobierno, el indicador más visible de su estado interno. Y hoy, ese termómetro marca fiebre. No sería extraño que, en los pasillos del poder, ya se evalúen alternativas. Cambiar a la vocera temprano puede parecer precipitado, pero sostenerla en medio de errores reiterados puede resultar más costoso aún. El dilema no es menor: corregir a tiempo o administrar un deterioro progresivo. Si esto fuera un partido de fútbol, apenas han transcurrido los primeros 48 segundos. Pero ya hay descoordinación, pases erráticos y jugadores que aún no tocan el balón. Y aunque los cambios siempre son posibles, hay algo que no se sustituye con facilidad: la credibilidad. Gobernar no es un panel de televisión donde la improvisación puede disfrazarse de estilo. Gobernar es, entre otras cosas, entender el peso de cada palabra. Porque cuando el lenguaje se vacía de sentido, el poder comienza a vaciarse de legitimidad. Y en ese terreno, la ignorancia no es sólo un defecto: es un riesgo político de proporciones. @MisColumnas
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Manuel Luis Rodríguez U.
Manuel Luis Rodríguez U.@RodriguezManuel·
Punta Arenas, en el paralelo 53° sur, es la única ciudad de Chile donde el sol nace desde el mar -desde el Este- y se pone tras las montañas, en el Oeste. Ha terminado la clase de Geografía por hoy: pueden salir a recreo.
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Sebastián Gray
Sebastián Gray@sebastian_gray·
Por favor, no perdamos de vista que el terrible accidente de Renca ¡fue causado por exceso de velocidad! Los videos muestran al camión volando por la rampa.
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Tokyo
Tokyo@otokyo__·
We're looking for a name for this amazing Renaissance painting. 😂 What would you call it?
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bluesharp
bluesharp@bluezharp·
Cascade 'Chapman Stick'🎸🎶'Little Wing'
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