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EL SIMIO NO ERA NEGRO, ERA NARANJO
Hay personas que creen que la civilización consiste en usar cubiertos correctos, saber pronunciar “sommelier” y tener una tarjeta corporativa con un cargo rimbombante bajo el nombre. Creen que la educación es usar corbata y que la sofisticación moral se obtiene acumulando millas LATAM y reuniones por Zoom.
Hasta que un día aparece un teléfono grabando.
Y entonces el barniz se derrite.
Eso fue precisamente lo interesante y profundamente revelador del episodio protagonizado por —Germán Naranjo Maldini—, ejecutivo chileno de una pesquera, que decidió convertir un conflicto circunstancial con un tripulante brasileño, en una exhibición pública de racismo de cloaca, homofobia de cantina y vulgaridad tribal. El repertorio incluyó insultos raciales explícitos, referencias al color de piel y, como toque final de una ópera moralmente miserable, imitaciones simiescas con onomatopeyas vocales dirigidas a un trabajador afrodescendiente.
Todo esto, en pleno siglo XXI
Lo fascinante del caso no es únicamente la ordinariez del episodio. Vulgaridad existe en todas partes. Lo verdaderamente interesante es la velocidad con que un hombre aparentemente integrado al mundo profesional descendió desde la estética del ejecutivo corporativo hacia la emocionalidad de un energúmeno prehistórico.
Porque ese es el punto incómodo de esta historia: el problema no es la falta de educación formal. El problema es exactamente lo contrario. El sujeto no proviene de la marginalidad cultural, sino del universo empresarial, de las reuniones estratégicas, de los PowerPoint con palabras como “Networking”, “Engagement” y “Benchmarking”.
Y sin embargo, bastó una situación adversa para que emergiera algo mucho más antiguo y primitivo.
Hay quienes intentaron explicar el episodio apelando al alcohol o a psicotrópicos. Una explicación tranquilizadora, casi terapéutica. Como si el racismo fuese una especie de alergia química pasajera y no una convicción degradante alojada en algún rincón profundo de la estructura mental.
Pero el alcohol no redacta pensamientos nuevos. El alcohol desinhibe. Abre compuertas. Reduce filtros. No inventa repertorios morales; simplemente deja al descubierto los existentes.
Nadie improvisa una secuencia coherente de insultos raciales en segundos si esas asociaciones no viven previamente dentro de él.
Y aquí aparece una verdad desagradable para ciertas élites latinoamericanas: hay personas que jamás dejaron realmente atrás la lógica colonial. Sólo aprendieron a maquillarla con LinkedIn, inglés funcional y camisas a medida.
El incidente además destruye otro mito bastante chileno: la idea de que el éxito económico equivale automáticamente a refinamiento humano. No. Existen individuos altamente competentes para vender pescado, administrar planillas Excel o dirigir equipos comerciales y que, simultáneamente, poseen una pobreza espiritual francamente devastadora.
La historia universal está llena de profesionales exitosos con una estructura ética miserable.
Pero quizá el detalle más brutal de este caso fue la absoluta incapacidad de comprender el tiempo histórico en que vivimos. En 2026, creer que uno puede desatar una descarga de racismo explícito en un espacio público sin consecuencias es una mezcla extraordinaria de arrogancia y estupidez estratégica.
Hoy las redes sociales funcionan como una plaza pública romana con almacenamiento infinito. Todo queda. Todo circula. Todo escala.
En apenas horas, el ejecutivo dejó de ser una persona relativamente anónima para transformarse en símbolo nacional de una forma particularmente vulgar de decadencia moral.
En su intento de degradar a otro ser humano tratándolo como un simio, terminó ofreciendo al país una demostración involuntaria de quién era realmente el espécimen primitivo que había perdido el control de sus impulsos más básicos.
El problema nunca fue el color de piel del tripulante brasileño. Al final el simio no era negro, era naranjo.
@MisColumnas

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