RoDoBra
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RoDoBra
@rodobra
Profesional asesor/profesor del área economía y negocios. Libre pensador, profundo detractor del neoliberalismo y sus secuaces. Gozador de la vida y los viajes.
Las Condes, Santiago, Chile Katılım Ocak 2012
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Ahora entiendo todo , del porqué el @GobiernodeChile y @PresidenteKast NO pueden expulsar a los inmigrantes. Acá está la explicación 🤔🤔
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@Eneatipo7 Grande "ReneX"! reflejas mucho de lo que pienso al respecto y tu lo expones con magnifica erudiccion.
Gracias además, porque con tus textos -a quienes nos interesa-nos das espacios para analizar, ampliar nuestra visión y porque no decirlo, hasta aprender.He ahí una función social
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LA GRAMÁTICA DEL PODER Y EL PODER DE LA GRAMÁTICA
Los reiterados errores comunicacionales del gobierno y de sus autoridades, obligan a entender la molestia social, y sobre todo, ponen énfasis en algo que pocas veces está en el centro del debate: La importancia de hablar y comunicar correctamente.
Parece algo obvio, pero hemos sido permisivos en este ítem, y creo necesario no sólo abrir el debate, sino, ser implacables, pues el rigor lingüístico debe ser la base intelectual de la sociedad.
Hay errores que no sólo se oyen: se sienten. Irritan, desgastan, erosionan. No porque el oído del público se haya vuelto exquisito de pronto, sino porque el lenguaje —ese instrumento invisible que sostiene la convivencia— deja de cumplir su función cuando se usa con descuido. Y cuando eso ocurre desde el poder, el problema deja de ser estético para convertirse en político.
El lenguaje no es un adorno ni un lujo académico; es una herramienta de precisión. En él se codifican las ideas, se negocian significados y se construye realidad. Una conjugación verbal incorrecta no es un simple desliz: altera la temporalidad de los hechos, confunde la acción, diluye la responsabilidad. Decir “hubieron problemas” en lugar de “hubo problemas” no es una nimiedad: es una grieta en la estructura misma del discurso.
La ortografía, por su parte, cumple una función de orden. No se trata de una obsesión normativa, sino de una convención que permite la inteligibilidad. Una tilde mal puesta puede cambiar el sentido completo de una frase; la ausencia de puntuación convierte el texto en una masa informe donde el lector debe adivinar, no comprender. Y cuando el lector adivina, el emisor ha fracasado.
Pero el problema es más profundo. La pobreza de vocabulario empobrece el pensamiento. Quien dispone de pocas palabras dispone de pocos matices; y quien carece de matices, simplifica la realidad hasta volverla caricatura. La repetición excesiva no es sólo una torpeza estilística: es la evidencia de un pensamiento que gira en círculos, incapaz de avanzar. La retórica, en su sentido noble, no es manipulación, sino arquitectura del discurso. Es saber ordenar, jerarquizar, enfatizar. Un exordio mal construido no sólo aburre: desorienta.
Las pausas —tan olvidadas en la comunicación contemporánea— son también parte del lenguaje. No son vacíos, sino espacios de sentido. Una pausa bien ubicada permite procesar, anticipar, reflexionar. Su ausencia genera ansiedad y ruido; su abuso, dispersión. Hablar sin pausas es como escribir sin puntos: una fuga interminable que agota al receptor.
La semántica, ese territorio donde las palabras adquieren significado en contexto, exige rigor. No basta con decir: hay que decir con propiedad. Palabras como “crisis”, “urgente” o “quiebra” han sido tan abusadas que han perdido densidad. La inflación semántica es tan peligrosa como la económica: cuando todo es urgente, nada lo es.
Incluso la etimología, a menudo relegada a la curiosidad erudita, ofrece una brújula. Conocer el origen de las palabras permite entender su alcance, su carga, su límite. “Comunicar” proviene de communicare: poner en común. Si no hay algo que realmente se comparte —una idea clara, un mensaje coherente—, no hay comunicación, solo emisión de ruido.
Lo que hoy se observa no es sólo una seguidilla de errores formales, sino una falla sistémica en la concepción del lenguaje. Se lo ha reducido a vehículo, cuando en realidad es estructura. Se lo trata como accesorio, cuando es fundamento. Y la ciudadanía, lejos de ser indulgente, percibe esa fragilidad. Porque en el fondo, lo que se juzga no es la ortografía de una frase, sino la solidez de quien la emite.
Cuidar el lenguaje no es pedantería; es responsabilidad. Es reconocer que cada palabra tiene peso, dirección y consecuencia. En tiempos donde la confianza es escasa, la precisión lingüística se vuelve un acto de respeto. Y quizás también, en medio de tanto ruido, una forma de dignidad. @MisColumnas

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UN GOBIERNO MANOS DE HACHA
El problema no es que el gobierno se equivoque, sino que no entiende por qué se equivoca. Ahí radica el verdadero problema.
Hay una lealtad que en el fútbol resulta entrañable y, en política, peligrosamente indulgente. El hincha sabe cuándo su equipo juega mal: lo pifia, lo critica, lo increpa. Pero no abandona la camiseta. En política, en cambio, el elector suele practicar una gimnasia más compleja: la negación elegante, el silencio cómplice o, en su versión más sofisticada, la justificación creativa.
A poco más de un mes de iniciada la nueva administración, el cuadro es menos un equipo en mala racha que un plantel sin libreto. Lo que se prometía como orden y disciplina ha derivado en una coreografía errática de decisiones mal calibradas, anuncios precipitados y rectificaciones que llegan tarde y mal. No hay aquí un problema de rodaje; hay, más bien, un déficit estructural de criterio.
La seguidilla de nombramientos fallidos —autoridades que duran lo que tarda en circular su currículum— no es una anécdota administrativa: es un síntoma. Se designa primero y se evalúa después, como si el Estado fuera un laboratorio de ensayo y error, pero sin método. El resultado es un gabinete que no transmite ni densidad técnica ni solvencia política, atributos mínimos para gobernar en escenarios complejos.
En paralelo, la comunicación ha sido un catálogo de torpezas: declaraciones imprecisas, vocerías desarticuladas y una narrativa incapaz de sostener coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Gobernar no es solo decidir; es también explicar. Y aquí, ni lo uno ni lo otro parece ejecutarse con rigor. Un gobierno que se autodenomina de emergencia pero que no tiene ninguna competencia para abordar una real emergencia si la hubiere. Un país quebrado decían, y hoy lo único roto es lo que ellos mismos han fracturado. Un gobierno “manos de hacha” decía mi abuela.
El episodio del alza de los combustibles operó como un fusible anunciado. Cualquier análisis básico anticipaba su efecto cascada: presión sobre costos logísticos, traspaso a precios finales y, en consecuencia, un rebrote inflacionario. No era un cisne negro; era un manual. Que sus efectos hayan sorprendido a la autoridad no habla de mala suerte, sino de mala lectura. O peor: de una lectura deliberadamente sesgada en favor de intereses que no resisten demasiada luz.
Porque si algo comienza a perfilarse con nitidez es la orientación de las medidas. Bajo la retórica del orden y la eficiencia, se filtra una arquitectura de políticas que parecen diseñadas con precisión quirúrgica para beneficiar a una minoría muy específica. No es descuido: es diseño. Y cuando el diseño excluye, el costo social se vuelve inevitable.
El aumento de la inflación en el primer mes no es sólo un dato; es una señal. Indica que los equilibrios básicos fueron mal entendidos o, en el mejor de los casos, subestimados. Entre un mal gobierno y uno inepto hay una diferencia crucial: el primero se equivoca; el segundo no alcanza a comprender por qué se equivoca. Las señales, hasta ahora, apuntan con inquietante consistencia hacia lo segundo.
Queda, por supuesto, la esperanza del aprendizaje. Pero aprender exige autocrítica, y la autocrítica requiere una honestidad intelectual que escasea cuando la ideología se vuelve dogma. Aquí no parece haber margen para corregir porque el problema no es de ejecución, sino de concepción. Se gobierna desde una convicción estrecha, para un grupo estrecho, con herramientas estrechas.
Y así, mientras la hinchada política se aferra a su camiseta con fervor casi religioso, el partido avanza sin estrategia, sin conducción y, lo que es más grave, sin conciencia del marcador. Porque cuando el problema es de capacidad, no hay ajuste táctico que alcance. Y cuando el proyecto es para pocos, el resto del país no es equipo: es tribuna. @MisColumnas

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El mejor puesto donde calza Desbordes, no dá para mucho más.
🅿️🅰️🅿️🆄®️®️1️⃣🅿️🅾️🅿️@p4purrip0p
pa esta wea pago internet 🤣😂🤣😂🤣😂🤣😂
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Esa "picante" es la Sedición REAL, ahí mostró por y para qué sirve. Quienes la nombraron está claro que la hiper valoraron! Por eso no calza en el puesto, le falta y mucho! Jamás dará el ancho
Jorge@jorgehsmith
Donde quedó esta agresividad?? esa, elocuencia, esa soltura verbal... se cagó entera cuando la pusieron para que demostrará su capacidad... apretó cachete por las escaleras cuando tenía que poner la cara... simplemente, se meó en los calzones.
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Cono el mundo calla ante estas vejaciones y atropello a los ddhh. Será porque quienes los cometen están al lado del poder económico? Dónde está el mundo "civizado", o ya se "normalizó" este atropello?
MO@Abu_Salah9
يُعتبر هذا المشهد واحد من أكثر الجرائم رُعباً في كل تاريخ الحروب لحظة قيام جندي إسرائيلي بقنص سيدة مُسنة في غزة وهي تُمسك بيد حفيدها رافعين الراية البيضاء وبعد أن قام جيش الاحتلال بإعطائهم الأمان للمرور النسيان جريمة.
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