Mary Elizabeth@MarytaLeon
La última clase de Vladimiro.
Froilan, hijo del gran Vladimiro Mujica, compartió, hoy domingo tres de mayo, este escrito:
El juego del conocimiento
Para Vladimiro, a una semana de la partida del avatar del conocimiento. Gracias por todo y por tanto.
Cuando mi papá me contó que iría a San Luis Potosí invitado a dar una conferencia, como siempre nos pusimos de acuerdo para vernos.
Era un ritual: cada vez que alguno estaba cerca del otro, hacíamos lo imposible por coincidir. Así fue como una vez manejé 20 horas para pasar una tarde con él, un Día del Padre. Una relación de esas que se atesoran, se valoran y se construyen con los años.
Su conferencia quedó pautada para el 24 de abril de 2026.
Decidimos vernos en Zacatecas el 22 de abril, un miércoles. Eso nos daba un par de días para estar juntos antes de que él entrara de lleno en su agenda. Aprovechando ese espacio, le propuse visitar una escuela de la Fundación Educando, en las afueras de San Luis Potosí a tan sólo 2 horas de Zacatecas.
Educando —según sus propias palabras— es “un colegio gratuito que apoya a niños y niñas de comunidades en desventaja económica a desarrollar fortalezas de carácter y adquirir los conocimientos y habilidades necesarias para tener éxito en la universidad y en la vida”.
Es una institución financiada por entes privados, donde los alumnos reciben alimentación dos veces al día y, sobre todo, una oportunidad real de crecer. Como parte de esa visión, a cada niño y niña se le invita a soñar con la universidad: llevan bordado en su camiseta el año en el que asistirán.
Es, sin exagerar, una institución de primera clase, sostenida por gente seria que quiere aportar algo valioso a la sociedad.
Conozco a la directora de la fundación y, tras una breve explicación de quién los visitaría, accedió con gusto. La idea era simple: tener una charla con alumnos de cuarto grado —niños de unos 10 años— sobre el conocimiento.
Cualquiera que haya estado frente a un salón con 60 chamos sabe que eso no es menor.
A mi papá le brillaron los ojos cuando pensaba en que debería hablar con los chicos.
Y entonces, como tantas veces, sacó de la chistera algo inesperado. Lo llamó: El juego del conocimiento.
Hay algo casi invisible en el momento en que empieza el juego. No parece una clase. No hay solemnidad ni grandes definiciones. Solo una pregunta lanzada al aire, como si no pesara:
—¿Cuál es la diferencia entre el hombre y el mono?
Silencio breve. Luego, alguien se anima.
—La cola.
El profesor no corrige. No dice “no”. Apenas inclina la cabeza, como acompañando el pensamiento.
—Hay monos que no tienen cola.
La respuesta no muere, pero queda herida. Otro intenta.
—El pelo.
—Bueno… hay hombres muy peludos y monos casi sin pelo.
Aparecen las risas, pero no hay burla. Hay algo más interesante en juego: la sensación de que cada respuesta, por obvia que parezca, es insuficiente. Y, sin embargo, necesaria. Cada intento abre camino y, al mismo tiempo, lo cierra.
La dinámica continúa. Probar. Ajustar. Volver a intentar. Como si pensar fuera eso: un tanteo constante en la oscuridad.
Hasta que alguien dice:
—El habla.
Y entonces cambia el aire.
El profesor no responde de inmediato. Deja que la frase respire. Porque ahí ya no hay una respuesta fácil de desmontar. Hay una puerta.
—¿Qué implica el habla?
Y la clase, casi sin darse cuenta, entra en otro territorio. Ya no se trata de comparar cuerpos, sino capacidades. Aparecen ideas más grandes: lenguaje, símbolos, pensamiento abstracto, cerebro, evolución. Lo que comenzó como una diferencia superficial se convierte en una exploración profunda sobre lo que significa ser humano.
Nadie dio “la respuesta correcta”. Nadie la tenía desde el inicio.
Se construyó.
Ese es el juego del conocimiento: un espacio donde equivocarse no solo está permitido, sino que es indispensable. Donde el maestro no entrega certezas, sino que afina preguntas. Donde aprender no es acumular respuestas, sino sostenerlas el tiempo suficiente para descubrir en qué fallan… y por qué.
Como en los diálogos de Sócrates, lo importante no es llegar rápido, sino llegar mejor.
Porque, al final, en ese ir y venir de ideas, ocurre algo más profundo que aprender una diferencia entre especies: se aprende a pensar.
Mi papá sostuvo esta dinámica durante una hora. Sus atentos alumnos la disfrutaron, preguntando de todo, sin miedo, con curiosidad intacta. Al final, lo aplaudieron. Y él, de vuelta, los aplaudió a ellos.
—Ustedes me aplauden a mí, y yo los aplaudo a ustedes.
La última clase de un científico de reconocimiento mundial —cuyas disertaciones, en otros contextos, apenas entendería un puñado de personas en el mundo — fue para un grupo de chamos persiguiendo un sueño.
Francamente, no puedo imaginar un mejor cierre para 50 años de docencia y excelencia.
Yo estuve ahí para verlo.
Y para contarlo.
Gracias a todos por sus llamadas, mensajes y homenajes. Se reciben con gratitud enorme.
En México, al 03 de Mayo de 2026.
Wolfie – según mi papa. Lobito para los demás. En mi cédula dice Froilan.
Fundación Educando: educando.mx