Adrián Ramírez@_adrianramirez_
🇦🇷🏴 | EL FÚTBOL ES POLÍTICO
Escindir el fútbol de la política tiene dos justificantes: la ingenuidad o el cinismo. Porque el fútbol ha nacido de la disputa entre clases y ha sobrevivido como el terreno donde las asimetrías y las injusticias pueden ser simbólicamente revertidas:
De suyo, la semifinal entre Argentina e Inglaterra ante los ojos de los argentinos, no suspenderá la condición de entretenimiento que tanto usaron los gobiernos de turno, pero sí suspenderá la exclusividad de esa virtud para abrazar la historia que mantuvieron vivas las canciones hasta hoy.
1/ El territorio de las ausencias
Es físicamente imposible para un pueblo ocupado mirar el césped de manera aséptica.
El fútbol, en su dimensión de fenómeno de masas es un catalizador afectivo de los duelos colectivos.
Cuando los cuerpos saltan a la cancha bajo sus himnos, la pantalla no transmite un juego de once contra once; proyecta la memoria viva y colectiva de la desposesión.
La política no se "introduce" de forma artificial en el estadio; está presente en el peso específico de cada bandera y en la conciencia de la soberanía mutilada que define la identidad nacional.
2/ La trampa de la diplomacia cosmética
El discurso biempensante de las federaciones internacionales, incluida la de la patria invadida, intenta imponer una asepsia técnica que penaliza de antemano la manifestación política para proteger el juego sin conciencia y el negocio sin escrúpulos.
Sin embargo, este purismo es el mejor aliado del statu quo. Exigirle al agredido que olvide la ocupación durante noventa minutos es una forma sofisticada de disciplinamiento.
El poder colonial siempre prefiere la paz del silencio y el olvido; el fútbol de alta competencia, por el contrario, se convierte en la única trinchera donde el despojo puede ser nombrado y disputado ante los ojos del mundo. Y solo por eso merece tener un halo de revancha.
3/ La épica del desquite
Bajo las reglas de la geopolítica realista, el Sur Global enfrenta una disparidad económica y militar crónica ante las potencias del Norte, cuyo fuego más de una vez conoció.
El campo de juego es el único espacio "regulado" donde las armas, el presupuesto de defensa y el veto en el Consejo de Seguridad no sirven para ganar en el territorio.
La victoria deportiva se construye entonces como una justicia poética y transitoria, pero también el instante exacto donde el desposeído puede vencer al ocupacionista utilizando el talento y la picardía de la periferia ante el clamor popular.
4/ El mito de la distracción vacía
Los críticos (me incluyo) suelen y solemos catalogar estos partidos como la cortina de humo perfecta para el adormecimiento o la distracción social, y, de facto, eso es lo que ocurre.
Sin embargo, el cruce con el rival erigido así por cuestiones políticas, no anestesia. Al contrario, despierta la matriz de la comunidad, sobre todo para el ocupado.
Más aún cuando el presidente actual del país ocupado es admirador de quien los invadió entonces.
5/ La reparación simbólica de la irreparabilidad
De suyo, el gol no borra la ocupación y no recupera el territorio físico ocupado por Inglaterra; tampoco devolverá a los caídos argentinos.
Pero no por eso deja de ser un acto de resistencia que rearma la dignidad colectiva, mientras demuestra que la memoria de un pueblo es incomputable para los manuales de la resignación y la tibieza.
6/ La resistencia controlada
La resistencia frente a la promoción de despolitización del deporte exige comprender que la supuesta "neutralidad" es una narrativa programada por los vencedores para congelar la historia y evitar que el conflicto y el entretenimiento se contaminen entre sí.
Los dueños de la pelota lo último que quieren es que la memoria latente se filtre en los flujos del consumo global; lo anteúltimo es que esto ocurra a la inversa, pero lo antepenúltimo que quieren es perder el control de los hitos y sus interpretaciones.
Porque que no vaya uno a pensar que el hecho de que Rusia no participe, que Israel ponga la tecnología, que los iraníes no hayan podido pernoctar en EEUU o que no se puedan ondear banderas palestinas, corresponde a un asunto político. Jamás.
7/ De qué se trata
Disputar el porvenir implica desnaturalizar la comodidad del entretenimiento vacío y entender que un partido de fútbol de esta densidad es, en el fondo, un hecho político total: una puesta en escena de la memoria social donde el pueblo se niega a ser un sujeto pasivo de la historia.
Las élites globales han descubierto que el control del siglo XXI exige vaciar los estadios de consignas y transformar la pasión en un activo financiero previsible. Pero cuando la pelota rueda entre una nación ocupada y su ocupante, la física del sentimiento popular hackea la interfaz del espectáculo.
El fútbol no olvida y a veces tiene la manía de recordar a través de sus pueblos. Al fin y al cabo sigue siendo una disputa de clases entre clases y naciones, fuertes y débiles, que luchan por llegar a levantar un trofeo y a veces esa es la única posibilidad de victoria ante el invasor.
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