Natalia Sampériz

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@nsamperiz

Me dedico a marketing digital: #SEM #PPC #WA. CEO & founder @semmantica Largoplacista aferrada a la amplia escala de grises. La felicidad como camino es mi meta

Zaragoza, Spain Katılım Ekim 2009
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Natalia Sampériz
Natalia Sampériz@nsamperiz·
@paulaloparte Jolin me ha salido en el timeline y al entrar a leerlo me salía vacío, me interesaba mucho :(
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Paula
Paula@paulaloparte·
He borrado el tweet de las diferencias generacionales en mi sector, la gente tiene la piel muy fina y se ofende fácil.
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Vincent
Vincent@Vincentt1987·
GERENTE DE CONTRATACIÓN: “Usted está sobrecualificado para este puesto.” La mayoría de los candidatos dicen: “Estoy conforme con este nivel de puesto.” “No me importa dar un paso atrás en mi carrera.” LA RESPUESTA GANADORA:
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Thomas Frank
Thomas Frank@TomFrankly·
Currently 892 hours into automating a 30-second task I do 4 times a year It's gonna be so worth it once I get everything working
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Pau
Pau@paumrch·
LARENTA .es es ahora open source. Una webapp con Astro 6, React 19 y Tailwind v4. SSG en Vercel, OG dinámicas con Satori, informes en PDF. Si te interesa contribuir datos o código: → github.com/paumrch/larenta Y de antemano, GRACIAS ☺️
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Sahil Bloom
Sahil Bloom@SahilBloom·
A mentor once told me this: Confidence is less about knowing you’ll win and more about knowing you’ll bounce back even if you don’t. Real confidence is built on resilience. Adaptability. Tolerance for uncertainty. Fear loses when you embrace that failure is never final.
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Codie Sanchez
Codie Sanchez@Codie_Sanchez·
You eventually start to realize, no job is safe.
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Natalia Sampériz
Natalia Sampériz@nsamperiz·
@javilop aquí pariendo durante miles de años sin protocolos ni sanitarios al lado, por algo será. Enhorabuena a los dos, mis dieces a la Leona y a disfrutar de Alisa ¡es una preciosidad!
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Natalia Sampériz
Natalia Sampériz@nsamperiz·
@javilop Me ha encantado leerte. Hace falta hablar más de todo esto, me alegra doblemente viniendo de un hombre. En mi opinión tras dos partos pienso que los protocolos son un tanto absurdos y que se debería escuchar a la madre, la naturaleza es poderosa. Si la humanidad ha llegado hasta
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Javi López ⛩️
Javi López ⛩️@javilop·
🐣 Un parto desde el punto de vista de un hombre / O cómo mi hija casi nace en un taxi porque en la Arrixaca (Murcia) nos mandaron a casa / O primera entrada del Diario de Alisa ¡Elige el título que prefieras! Yo no consigo decidirme. Esto debería haberlo escrito mi mujer, que es la que realmente ha parido, y ojalá se anime a hacerlo. Así, más allá de lo que hemos hablado entre nosotros, podríamos comparar nuestras versiones con la profundidad que da poner las cosas por escrito. Pero oye: a mí, como hombre, me habría encantado leer la experiencia de otro hombre. Así que, si piensas que antes o después serás padre, o si ya lo has sido y quieres echarte unas risas, aquí va la historia de cómo nació Alisa. Eso sí: ten por seguro que tu parto será COMPLETAMENTE DIFERENTE, porque, obviamente, NO HAY DOS PARTOS IGUALES. [23 de diciembre] Mi mujer, Anna, está de 41 semanas exactas y con inducción programada para el 26 (spoiler: no llegamos). Ese día por la mañana tiene, por primera vez, algunas contracciones diferentes a las típicas de Braxton Hicks (con las que el útero se pone a practicar él solito y que no le pille flojo de tono muscular en el gran día). "Bueno, pues mira qué bien que hoy justo tenemos cita con la ginecóloga, así le preguntamos", dice mi mujer. [18:00] Efectivamente, tenemos cita con Paqui, nuestra simpatiquísima ginecóloga en Casillas, Murcia. Una profesional como la copa de un pino que siempre nos explica todo con una paciencia y un cariño infinitos. "Tú ve a ella y luego, cuando tengas tu primera revisión en la pública, comparas y me comentas", me dijo con sorna hace nueve meses mi amigo Emilio, que ha sido padre hace poco. Y bueno, sí: las comparaciones son odiosas, confirmo. Aunque aprovecho para decir: la doctora Alicia, en la pública, también nos trató con mucho cariño, igual que la mayoría de enfermeras y profesionales. Pero tengo unos muñecos vudú preparados para otras que conocerás en esta historia :) En fin, Paqui, con su habitual tacto y buen hacer, la explora esa tarde y nos comenta que el cuello del útero está poco dilatado y que no se ha "borrado" todavía, tan solo un poquito. Y que todo lo demás, estupendo. "Pero ojo, el parto puede comenzar en cualquier momento. De hecho, yo creo que no vais a llegar al día de la inducción", dice sonriendo. "Yo creo que tampoco", pienso. "Lo siento en el agua. Lo siento en la tierra. Lo huelo en el aire... mi tesooooooro está en camino". [19:00] De vuelta a casa en coche: Anna comienza con contracciones como cada 10-15 minutos aproximadamente. "Vaya, parece que Alisa se ha activado con la revisión", dice Anna. "Igual es la oxitocina porque Paqui me ha dejado muy tranquila". [20:00] En casa cenamos tranquilamente y las contracciones, que Anna va midiendo diligentemente con una aplicación, pasan a cada 8 minutos. "Bueno, pero todo bien, hasta que no sean regulares, cada 4-5 minutos, y dure cada contracción aproximadamente un minuto, no hay que ir al hospital", me recuerda Anna. "Vale, ¿y qué te apetece hacer para pasar el rato?" "Saca el Carcassonne y nos echamos una partida :)" Y eso hacemos: nos echamos, tranquilamente (que no se vaya a jorobar el flujo de oxitocina), una partida al Carcassonne mientras cenamos comida mexicana, a ver si el picante afloja el tema. Nos reímos un montón. Y, mientras tanto, Anna sigue monitorizando todo con su app. [21:00] Las contracciones pasan a una cada siete minutos, más o menos, y empiezan a doler de verdad. Pero, según Anna, que todavía puede hablar con normalidad, siguen siendo tolerables. Así que escribo a mi hermana, que quiere ser la que nos lleve al hospital cuando esto arranque de verdad: "Creo que se acerca la hora de salir. Todavía no estamos, pero quizás se acerque ya" "¡Oooooh! Tú ve diciéndome", me responde. [22:12] Bueno, ahora sí... ¡llega la hora! "Qué bien lo hemos hecho", pienso. Vamos de libro, hemos esperado a estar exactamente como marcan los libros. Llamo a mi hermana: "Ven cuando quieras, ya estamos con contracciones bastante regulares cada 4-5 min aprox y unos 40-50 segundos de duración, con dolor". Y así es, y si no le preguntáis a Anna, que ya le había cambiado algo la cara con el dolor. Ya no es "algo muy tolerable". [22:30] Poco después, en tiempo récord: "Ya estamos, baja", me escribe mi sobrina, que se apunta a la fiesta, por WhatsApp. "Estamos esperando a que pase su siguiente contracción y bajamos :)", le escribo, mientras miro cómo mi mujer se sujeta a una cómoda, concentrada, pasando una contracción especialmente dolorosa. Eso sí, ni un solo gemido sale por su boca... todavía. Ya de camino, noto que mi mujer ya no está tan risueña como antes. Le cuesta hablar y comienza a abstraerse, concentrándose en cada contracción con la mano pegada a la aplicación del móvil para ir contándolas. Pero, oye, vamos muy bien, todo bajo control. [23:00] Llegamos al hospital. Con tanta película, uno se imagina que parir es entrar por la puerta grande, directo al paritorio, y que suenan trompetas y aplausos. Bueno, eso será luego, no adelantemos. De momento entramos por Urgencias de Maternidad y empieza un proceso que, en total, duró un par de horas. Las Puertas de Oro del Paritorio están cerradas: primero tienes que sortear LOS CANCERBEROS. 1/ Admisión: "¿A qué venís?" "Pues yo creo que a parir, digo, a que pare mi mujer, o que para... o cómo se diga... mire, tiene contracciones cada bla bla bla". "Ay, qué bien, igual te toca el 25, como el niño Jesús. OK, pilla este número e id a la sala de espera. ¡Siguiente!". Así que nada: sentados y a esperar. Aquí, por primera vez, empiezo a ponerme algo nervioso. Las contracciones siguen, el dolor también, mi mujer cada vez habla menos, y esa sensación de "¿pero cuánto vamos a tener que esperar?" se te mete dentro y no hay manera de sacársela. Desconsuela. [23:20] 2/ Triaje Tras una espera de unos veinte minutos, nos meten en una salita con dos mujeres. Otra vez las preguntas. A la más mayor le cuento toda la película, le enseñamos la app y se lo explicamos todo con detalle. "OK, siéntate ahí que te vamos a explorar", dice la otra chica, una muy, muy joven. Recuerdo que pensé alguna tontería como: "¿se habrá escapado un bebé rodando del paritorio y le han puesto un traje de enfermera?". Y sin más dilación, procede a explorarla. Por cierto, no lo conté antes, pero la exploración básicamente es meterte dos dedos por el chichi y palparte y, por la cara de Anna, parece bastante dolorosa. Pero esto tiene un problema: como puedes imaginar, es muy inexacto y depende mucho de la habilidad y la experiencia de la persona que lo hace. Y aun así, con esta exploración miden un montón de cosas: dilatación, borramiento, consistencia, posición del cuello, presentación y estación. Ahí es nada. "Bueeeeeeno, se ha borrado casi entero el cuello del útero, pero no del todo", dice la chica. "Y apenas 1 cm de dilatación". "¿Qué pongo entonces?", pregunta la otra, la más mayor. "Pues... intermedio", dice la jovencísima. Y nos explican: "A ver, todavía no se ha borrado el cuello del útero y está poco dilatada. Y esto, por tanto, puede tardar incluso días. Ahora la mandaremos a monitores y vamos viendo". "OK, pero vamos, la evolución que lleva parece una cuenta atrás", respondo, que ya me empiezo a oler la tostada. "Bueno, en monitores veremos". [23:30] 3/ Monitores Volvemos a salir por breve tiempo y enseguida nos llaman para el siguiente nivel del videojuego. Aquí no me dejan ir de acompañante y mi mujer permanece dentro aproximadamente una hora ("con una mujer tranquila y simpática", me contó luego), tumbada en una cama, monitorizándole las contracciones y las constantes vitales del bebé. Según me comentó días más tarde, ya le costaba muchísimo estar tumbada, porque de esa forma el dolor de cada contracción se amplifica, al contrario que estar a cuatro patas sobre una cama o botando sobre una pelota. [24 de diciembre] [00:30] Sale de monitores, y veo en su cara que está cansada y algo dolorida. "¿Qué tal cariño?", le pregunto. "Bueno...", dice con cara de "¿pero por qué sigo aquí y no en el paritorio?". "Me van a volver a llamar ahora en un rato". Así que nada, vuelta a esperar, pero poquito. [00:35 aprox] Nos llaman enseguida para entrar al "Box" (se llama así literalmente), el FINAL BOSS que no conseguimos pasar. 4/ El Box Andamos por el pasillo y mi mujer se queda atrás. Yo me adelanto rápido y les aviso de que ya vamos, que a mi mujer le cuesta mucho caminar. Vuelvo por ella y llegamos, por fin, renqueantes a la salita. Entramos y vemos a cuatro chicas: tres de ellas sentadas a una mesa (la sargento en medio) y otra cerca de un ecógrafo. Y digo la sargento porque así la apodé: "La Sargento de Hierro". Una chica joven que entiendo que es doctora, supongo que residente (pero igual me equivoco, realmente da igual). Mi mujer se sienta delante de ellas, y yo, permanezco de pie. Parece el Tribunal Calificador de una oposición... aunque en el trato, las formas y la premura del "juicio", lo sentimos en nuestras carnes más como la Sagrada Inquisición. "A ver, pues el cuello del útero no se ha borrado todavía y aunque tiene algunas contracciones no está de parto... bla bla bla... pródromos... bla bla bla... esto puede durar días... bla bla bla. Así que... PARA CASA" Nos quedamos en silencio. No quiero hablar por mi mujer, así que la miro para ver qué dice ella. Está blanca y como en una dimensión paralela, concentrada en sus contracciones. Creo que no se entera de lo que le acaban de decir (ella es rusa y su nivel de español es bilingüe, pero en una situación así puede, lógicamente, costarte entender las cosas). Como no atina a articular palabra, le pregunto: "Cariño, pero tú tienes contracciones cada 3-7 minutos (como mucho) y se han ido incrementando con el tiempo y también el dolor, ¿no?" "Sí", es todo lo que consigue decir. "Eso no es lo que dice la máquina", dice la sargento y me muestra un papel, parecido a un sismógrafo, en el que solo se ven tres picos. "La máquina dice que solo ha tenido tres contracciones en una hora" Vuelvo a mirar a mi mujer. Ella, a su vez, está mirando su app en la que, incluso en monitores, siguió marcando sus contracciones diligentemente. "Pero tú las has sentido más, ¿no?", le pregunto. "Sí", dice Anna. "Muchas más". De nuevo le cuesta hablar. "A ver, no estoy diciendo que no las haya sentido, pero la máquina no las muestra", dice la sargento. Su voz es fría como el acero. Y yo pienso: "¿qué sentido tiene sentirlas y que no las muestre la máquina?" "Pero...", comienzo a decir. "Además, el cuello del útero no está borrado del todo y está muy poco dilatada", me recuerda la sargento. "Pero... Pero... Pero si la única forma que tenemos de saber cuándo venir al hospital es que haya contracciones cada 3-5 minutos, regulares y dolorosas, que duren al menos un minuto... y ya estamos EXACTAMENTE AHÍ, si volvemos a casa, ¿cómo vamos a saber cuándo volver al hospital?", digo apretando los dientes por la frustración. "¡Oh! Créeme, lo vais a saber, van a ser mucho más dolorosas. Mírala, si yo la veo a la cara y sé que no está de parto", dice con osadía. Miro de nuevo a mi mujer: está blanca como el papel. Por supuesto, no conocen a mi mujer, y yo no conozco a persona más sufrida y que se queje menos. Ya no es que sea algo puro de idiosincrasia rusa, es que encima ella, dentro de las rusas, es todavía más dura. Mi mujer mastica Chuck Norris por la mañana. Con todo el respeto del mundo, estas mujeres pienso que están confundiendo el "no quejarse" con el "estar bien". "Por favor, entendedlo, no me quedo nada tranquilo volviéndonos a casa. ¡Nosotros en casa no tenemos forma de medir el cuello del útero!" "No os hace falta eso, solo venir cuando toca", dice otra chica, la más joven. "Perdón que me repita: pero es que según los parámetros 'de libro', YA TOCA estar aquí", insisto. "Pues no, no es cada 5, si acaso cada 2-3 minutos las contracciones", comenta otra, esta ya, creo sentir, con tono casi de enfado. "Lo que pasa muchas veces es que las contracciones se paran y que no eran indicativas de que estuviera comenzando el parto", asegura. Vuelvo a mirar a mi mujer, tiene "cara de contracción número ciento veinte", creo que todavía no ha asimilado que nos mandan para casa. Así que insisto: "Pues no es lo que aprendimos en el curso de Gema, la matrona, que por cierto es compañera vuestra del hospital (inciso: estupendísima profesional que nos ayudó un montón a prepararnos, nota mental, mandarle un jamón)... ¡ni lo que dice cualquier guía!". Y aquí noto que las he perdido, igual es mi imaginación pero siento que se ponen absolutamente a la defensiva. El comité ha dictaminado su juicio y ahora serían capaces de poner la mano en el fuego por lo que están diciendo y que nada que nosotros digamos les va ya a hacer cambiar de opinión. "Entendemos que seáis padres primerizos (es el primer embarazo) y que tengáis estos miedos", ahora sí, claramente la sargento muestra algo de enfado, o al menos su ceño está fruncido. "Es más, mira, ya es la cuarta mujer que mandamos para casa esta noche". Y ahora, el que se enfada (por dentro), soy yo: porque, ¿qué más da cuántas mujeres hayan enviado a casa hoy? ¿Qué tendrá eso que ver con si mi mujer está cerca de dar a luz o no? "OK, de acuerdo. Nos vamos. Pero no nos quedamos en absoluto tranquilos... Y si volvemos a casa y mi mujer se pone de parto allí, ¿entonces qué?". (Sonrisas) "Sería la primera vez que vemos algo así", dice la más joven. Pues hija mía, estás a puntico de verlo. O más bien de verlo nosotros, porque a estas chicas ya no las volvimos a ver: cuando regresamos corriendo, apenas cuatro horas después, el "Box" ya estaba desierto y solo quedaban las de Triaje... pero no adelantemos acontecimientos. [01:10] Salimos del hospital de vuelta. A mi mujer le cuesta ya mucho estar sentada y lo pasa mal en el coche. Su único consuelo es ir marcando en la app sus contracciones, está muy callada pero atina a decir: "Esas mujeres me han estresado mucho" Y entonces, mientras la miro con preocupación, se me mete en el cerebro una de esas ideas insidiosas que no quieres ni pensar, pero que se incrustan como alquitrán. Le pregunto a mi mujer: "Anna, antes de salir, ¿te volvieron a explorar el cuello del útero? Tras los monitores, me refiero" "No" "Es decir, que nos dicen que nos vayamos porque todavía no ha dilatado lo suficiente, pero midieron HACE DOS HORAS, así que igual ha cambiado en ese tiempo", prudentemente, pienso esto en vez de decirlo. Prefiero no comentárselo a mi mujer, que bastante tiene. Pero si ya estoy intranquilo, ahora estoy doblemente intranquilo: no la exploran antes de enviarnos a casa, aún con nuestros miedos, algo que les habría llevado cinco minutos, ¡aunque han pasado dos horas desde la anterior exploración! Y otra pregunta me llega a la mente: "Sin duda estas personas estarán siguiendo 'EL PROTOCOLO TM', sea el que sea, pero... ¿hubieran enviado a una amiga o familiar a casa de la misma forma que a mi mujer en su estado o le hubieran dejado ingresar en planta para estar monitorizada?". [01:30] Llegamos a casa. Yo todavía rumiando casi en estado de negación el que nos hubieran enviado de vuelta. Anna sigue con contracciones cada 5-7 minutos que, lejos de parar, se hacen más intensas. Y aquí comienza lo que siempre recordaré como la fase de... LA LEONA Anna entró en un estado casi de trance. No me dejaba tocarla. No me dejaba hablarle. El mundo se estrechó. Tan solo estaban ella, sus movimientos, su dolor y sus contracciones. Cada vez que llegaba una, escapaba de sus labios un gemido leve y bajo, no tanto una queja como un hilo de aire soltado muy despacio, sostenido durante casi un minuto. Se colocaba a cuatro patas sobre la cama y se mecía con lentitud, tanteando a ciegas, por puro instinto, la postura en la que doliera menos. A ratos se refugiaba en la pelota, como si allí pudiera repartir el peso del dolor. Entre una y otra esperaba el siguiente golpe, cada vez más intenso, y cuando por fin llegaba lo atravesaba casi en silencio, concentrada. Y siempre, sin fallar ni una vez, casi como si de un tic maniático se tratara, marcando cada contracción en su app con precisión mecánica. "Vete a dormir", me decía. "Vete a la otra habitación". Creo que es todo lo que dijo en 4 horas. "Pero...", yo ya no sabía ni qué decir. Ella necesitaba su trance. Todo lo que habíamos practicado juntos en el curso de preparación al parto con Gema, los ejercicios a dúo, las respiraciones, las posturas... a la basura. Ella necesitaba quedarse sola con su cuerpo, con el dolor y con el siguiente minuto. Así que me fui a otra habitación. Me tumbé. Me levanté. Volví. Seguía la leona, rugiendo. Volví, me tumbé. Me levanté. Volví. Anduve por el pasillo, arriba y abajo. Y al final me tumbé en la habitación con la leona. De vez en cuando me incorporaba y decía: "Cariño, ¿vamos ya al hospital?" Si la pillaba en plena contracción, no había respuesta, solo un gemido quedo. Y al rato: "No... todavía son cada 4-5 minutos. Si volvemos, nos van a echar otra vez". Me tumbaba de nuevo. Y así durante cuatro larguísimas horas. Creo que di una cabezada. Recuerdo despertarme con esa sensación absurda de pesadilla: como si fuera el día en que tenía todos los exámenes de mi vida concentrados en uno solo, y encima llegaba tarde a clase. Esa era la sensación. Y, otra vez: "Cariño, tenemos que ir ya... ¡llevamos más de tres horas así! ¿Cada cuánto son ahora?" Sin respuesta. Concentrada. Me acerco y miro su app: contracciones cada 2-4 minutos. "A tomar por culo", pensé. "Como nos quedemos aquí hasta los 2-3 minutos que nos dijeron, parimos en casa". "Nos vamos. Voy a llamar un taxi para que nos lleve directísimos a la puerta de urgencias otra vez", le digo. Un gemido por respuesta. Empieza a moverse, a cámara lenta. Intenta ponerse el abrigo, no se ha quitado ni la ropa. Y cada tres minutos tiene que parar, agarrarse o apoyarse en la pared, gemir y aguantar su contracción. Suya, de nadie más. [05:30] Llamo al taxi. Me pasa por la cabeza la idea de que, gracias a la providencia, es el 24, pero por la mañana, no por la noche. Todas las calles están desiertas, así que llega rapidísimo. Lo difícil es bajar. Tardamos varios minutos, con pausas largas tras cada contracción. Esperamos a que pase una antes de salir, pero le pilla otra justo antes de entrar en el taxi. Abro la puerta, la ayudo a subir. Y ahí me veo con un trozo de tostada en la mano. ¿Por qué llevo un trozo de tostada en la mano? No recuerdo haberla cogido, no recuerdo haberla tostado. Le pego un mordisco y tiro el resto con prisas. Entramos y las cosas se aceleran. Se aceleran mucho. [05:45] A Anna le cuesta horrores estar sentada en el taxi. Sentarse para ella es igual a aumentar su dolor y tener la sensación de que el parto es inminente. No puede ni hablar. Pienso en lo bien que lo habíamos gestionado cuatro horas antes y en lo distinto que se siente ahora: volver a toda velocidad, con el miedo ya sin filtro. La cara del taxista es un poema, se hace cargo de la situación. Estoy seguro de que le cruzan por la cabeza escenas de película de mujeres aguerridas pariendo en el asiento de atrás. [06:00] Llegamos a la misma puerta por la que habíamos salido cuatro horas antes. "Por mis hue... morenos que esta vez no nos echan", atino a pensar. Anna sale del taxi sola, pero le cae otra contracción y se agarra al asa de la maleta de mano. Yo entro corriendo para pedir ayuda. ¿Pagué el taxi? Espero que sí, no lo recuerdo. La sala de espera está desierta. Solo hay un guardia de seguridad, sentado, mirando el móvil. "Hola. ¿Podrías ayudarme, por favor? A mi mujer le cuesta mucho andar". "¿No están los celadores?", pregunta. Miramos hacia la salita de los celadores: vacía. "Claro, claro, te ayudo". Entre los dos ayudamos a Anna a entrar y, justo entonces, aparece un celador que también nos echa un cable. La llevamos a la misma habitación de Triaje donde la habían explorado antes. Y entonces asoma por el pasillo la mujer de Triaje (no confundir con la sargento, a esa ya no la volvimos a ver nunca más): "Anda, ¿estáis de vuelta?" "Grrrr", respondo. Aparece otra mujer más que yo no recordaba. La jovencísima de antes se habrá ido a dormir. "A ver, siéntate aquí", le dicen a Anna, que entra a trompicones en la habitación. A Anna se le escapa un gemido. "Ay, me cuesta mucho sentarme". El tema es que sentarse, para ella, es ver las estrellas. Con cada contracción sentada le duele muchísimo más y, además, tiene esa sensación de que todo se precipita. Al final consigue sentarse. "A ver, que voy a tomarte una muestra". Nosotros estamos estresadísimos. Ellas, tranquilísimas, como si fuera imposible que mi mujer estuviera realmente de parto. Aunque bueno, supongo que mejor que estuvieran tranquilas que lo contrario. "Vamos a hacerle una prueba a ver si se ha roto la bolsa", lo dice con un tono como si estuviera segura de que iba a dar negativo. Y proceden a meterle a mi mujer un bastoncillo tamaño familiar. Lo sacan y ponen la muestra en una máquina. "Anda, pues ha dado positivo". "¿Positivo de qué?", pregunto. "Pues que ha roto aguas". Y de pronto, como si decirlo hubiera apretado un botón, mi mujer rompe aguas de verdad: cae un chorro por la silla hasta el suelo. "Bueno... si ha roto aguas tendrá que quedarse". "Gracias al cielo", pienso. "A ver, voy a explorarla". Una vez más, dedos en el chichi. Mi mujer gime de dolor. Y entonces me doy cuenta de que lleva un peine en cada mano: durante cada contracción los está apretando contra las palmas para aliviar el dolor. Me quedo flipado. ¿De dónde ha sacado los peines? "Hace tres horas y pico nos dijeron que estaba de 1 cm", le recuerdo. "Pues ahora está de ocho", dice la mujer, con cara de sorpresa. "La próxima vez tenéis que venir antes", me suelta. Le lanzo una mirada asesina. "¿Pero qué me estás contando? Si nos envió vuestra compañera a casa hace menos de tres horas, aunque le imploramos que nos dejara aquí", espeto. Mi mujer se levanta, se apoya en la silla y vuelve a gemir con otra contracción. "Por Dios, ¿le podéis poner la epidural para que deje de sufrir?", pregunto, recordando que mi mujer quería epidural durante su parto, pero antes no nos dieron ni la hora. "Pues no sé si ya va a dar tiempo..." "Es que no entiendo por qué nos enviasteis antes a casa", digo, frustrado. "Es que antes no estaba de parto", responde la mujer. "Ya, claro. Vale. OK. Lo que sea. ¿Ahora qué? Vamos adelante, por favor. Siguiente paso", imploro. "¡Dejadlo ya!", gime mi mujer. Se incorpora, se acerca a la otra mesa donde había dejado el móvil y marca la contracción en la app. Como si fuera lo más importante del mundo, como si no marcarla fuera a interrumpir el siguiente tic del universo. Y pum: ahí mismo, apoyada en la mesa, suelta más agua mezclada con sangre que se precipita al suelo. Por fin, la mujer se levanta y descuelga un teléfono. "Os enviamos una. Y quiere epidural sí o sí", dice. [06:20] El celador se acerca con la silla de ruedas. "Ahhh, no puedo, de verdad que no puedo sentarme", gime mi mujer. Pero lo hace, o más bien lo intenta. "Aaah, ¡se me sale! ¡siento que se me sale!", grita mi mujer. Y se agarra con las dos manos "ahí", como empujando para dentro. Yo estoy en shock, me muevo como un autómata hacia ella, no quiero mirar "ahí abajo". Conseguimos sentarla. Recojo el móvil de la mesa, la maleta, abrigos y hasta los peines (no lo recuerdo, pero tuve que hacerlo) y salimos corriendo por el pasillo. El celador, mi mujer en silla de ruedas y yo con todos los bártulos. ¡A toda hostia por el pasillo! Pasamos por delante del "Box" donde apenas cuatro horas antes nos habían despachado para casa, está desierto, ni sargento ni sargenta. Avanzamos por un pasillo, mi mujer gime con cada contracción, pero siguen sin ser gritos, control absoluto... pero yo no la he visto así en la vida. Atravesamos una puerta con un código de seguridad y... [06:25] Y por fin, ¡las Puertas de Oro del Paritorio se abren ante nosotros! Suenan trompetas. Angelitos tocan el arpa. ¡Estamos dentro! Can't believe it!!! Entramos en una salita entera para nosotros. Casi al instante aparece una matrona (¿o se dice matrón? Es un chico, Manu) y una mujer (¿enfermera?). "Hola, venga, sube a la camilla, que te vamos a mirar", dice el matrón. Transmite un buen rollo increíble: simpatía, seguridad, calma. ¡Qué gusto! Casi consigue sosegarme, pero no estoy yo para sosiegos. Mi mujer, menos. (Inciso: máquina absoluto este matrón, nota mental, mandarle un jamón) Anna gime e intenta subirse a la cama. Le cuesta incluso con ayuda (y eso que es delgada). Le duele tanto que no sabe ni cómo colocarse, así que primero se pone a cuatro patas. 👇👇👇
Javi López ⛩️ tweet mediaJavi López ⛩️ tweet media
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Mihura
Mihura@XMihura·
Mientras llegan las bravas, deja que te siga contando. La muerte de los barrios no es solo cosa de que estén llenos de "panchitos". Hay algo más profundo, algo que empezó a moverse mucho antes, como una corriente subterránea que iba erosionando los cimientos de la sociedad sin que nos diéramos cuenta. Y es que, cuando la mujer entró al mercado laboral, no hubo relevo para eso que dejaba atrás. La crianza de los niños, el calor del hogar, las relaciones con los vecinos. Todo eso se daba por hecho, como si creciera solo, como si no costara nada. Pero costaba, y mucho. Antes, en cada casa, casi siempre había alguien. Una madre. Alguien que sabía de la vida de los vecinos. Alguien con tiempo para un café y una charla con la vecina en el descansillo, para bajar al mercado de abastos a por el pan del día y costillas para el estofado, para coserle un siete al pantalón del chándal del crío y repasar con él las tablas de multiplicar. Las mujeres ejercían un trabajo a jornada completa, sin nómina ni reconocimiento en las estadísticas del Ministerio de Trabajo, pero era el aceite que engrasaba la maquinaria de los barrios y de los pueblos. Su labor tejía la vida en común, aportaba ese calor de hogar que no se pagaba con pesetas. Cuando esa figura femenina colgó el delantal para fichar en la oficina, el ayuntamiento o el supermercado, ese tejido empezó a deshilvanarse. Nos vendieron la moto de la liberación, de la igualdad y la emancipación. Y ojo, nadie duda de que la moto hacía falta: muchas mujeres vivían atrapadas en vidas que no eran suyas, aguantando situaciones insostenibles, sin poder tomar las riendas porque dependían económicamente y legalmente de un hombre. El problema es que la "moto" que nos vendieron venía sin gasolina. "La mujer ya no dependerá del sueldo del marido, tendrá su propio dinero, su independencia. Irá a la universidad." Sonaba bien, ¿quién iba a oponerse a eso? Solo cretinos y retrógrados. La trampa, claro, estaba en la letra pequeña. Porque lo que importa no es cuánto ganas, sino cuánto ganas respecto a los demás. La vivienda, la cesta de la compra: son recursos limitados por los que hay que competir, y si en la familia de al lado trabajan dos, pueden pujar más alto por el piso en el barrio bueno. Para no quedarte atrás, tú también necesitas dos sueldos. Y cuando todas las familias hacen lo mismo, nadie gana ventaja, pero ya nadie puede dejar de hacerlo. Es la tragedia de los comunes aplicada a la vida familiar: una carrera en la que todos corren el doble para quedarse en el mismo sitio. Simplemente es el capitalismo funcionando como debe. Y como hacen falta dos sueldos para que los números cuadren a fin de mes, el tiempo se esfuma. Ya no hay tiempo para hacer la cena, para charlar con los vecinos, para cuidar de los mayores, para criar a los hijos, en general, ya no hay tiempo para hacer vida. Ante la falta de tiempo, el mercado y la tecnología, acuden con "soluciones" prácticas, listas para consumir. ¿Que no tienes un rato para pararte en la carnicería de Manolo, para charlar con él mientras te corta la carne como a ti te gusta? No importa, ahí tienes la carne en un blister de plástico, directa del supermercado a tu nevera y sin intercambiar palabra con nadie. ¿Que llegar a casa después de una jornada maratoniana y ponerse a cocinar parece una misión imposible? No pasa nada, un par de clics en el móvil y Glovo te manda a Wilson Javier con un par de smash burgers recalentadas. ¿Y el abuelo, que ya no puede valerse por sí mismo y necesita atención constante? Para eso está la residencia "Los Geranios Felices", donde hay geranios, pero no parecen felices. "No queda otra", nos decimos para consolar la conciencia o justificar la impotencia. Y sin tiempo y con el presupuesto justo, ¿cómo van a venir los hijos? Algunos resabidos hablan de que ahora mismo la juventud no tiene hijos por el "coste de oportunidad", y puede que tengan parte de razón. La gente de ahora quizá no esté dispuesta a renunciar a ciertas cosas que antes no había. Pero también hay realidad en las quejas de los jóvenes. El parque inmobiliario, el coste de la vida y hasta la cesta de la compra están optimizados para exprimir dos sueldos. Y si tú no pasas por el aro, otro pasará. Y si no, tranquilo que ya buscarán al pringado fuera. Entonces, traer críos al mundo se hace cada vez más complicado. Ante esta sequía de nacimientos, la inmigración es solo la siguiente ficha del dominó. Lo demanda el sistema. Exige crecimiento económico, es una máquina que por diseño no puede detenerse. Sin crecimiento económico no se pagan las pensiones y no te vota nadie, ni siquiera Txapote. Esa es la democracia que nos hemos dado. La inmigración simplemente es el parche que necesita el sistema para seguir rodando. Es la consecuencia directa de esa falta de manos, de esa falta de tiempo. Pero este parche, mal implementado, crea un bucle perverso: más inmigración significa más presión sobre las viviendas, lo que sube los alquileres; más oferta de mano de obra barata, lo que baja los sueldos; y en general, más competencia por los recursos limitados de las ciudades. Esto hace que la vida sea aún más difícil para las familias jóvenes que intentan establecerse. Y así el ciclo continúa: menos nacimientos locales, más necesidad de inmigración, más presión sobre el sistema. Y lo más triste de todo es que este sacrificio colectivo hubiera merecido la pena si al menos las mujeres estuvieran contentas con el cambio, pero solo hace falta escucharlas: "Estoy agotada", "No llego a todo", "Me he pedido reducción de jornada pero aun así...", mientras en el bolso llevan la cajita de Lexatín que les recetó el médico de cabecera, o ese comentario que sueltan después de la tercera copa de vino: "Me gustaría haber tenido hijos, pero no pudo ser." La ansiedad, la culpa y el agotamiento se han convertido en la banda sonora de una generación que, en teoría, lo tenía todo para ser feliz. Nunca hubo tantas bajas por depresión, nunca se consumieron tantos ansiolíticos, nunca hubo tanta sensación de soledad y de fracaso. La promesa de la emancipación se ha convertido, para muchas, en una carga doble: la de tener que ser excelentes en el trabajo y en casa, sin renunciar a nada, pero sin tiempo ni energía para disfrutar de ese todo que intentan abarcar. Esto ha creado una sociedad de soledad estructural. Sin hijos, desaparece la excusas que nos obligaban a tejer comunidad; sin vida de barrio, el espacio público se reduce a zonas de tránsito donde nadie se detiene. Y la tecnología, que prometía conectarnos, ha terminado de aislarnos. Ahora cada uno lleva su propio mundo en el bolsillo. Es el resultado lógico de haber priorizado la comodidad individual sobre todo lo demás: estamos solos porque hemos optimizado el contacto humano hasta eliminarlo. Así que aquí estamos, en un bar que ya no es lo que era, hablando de un barrio que ya no es lo que fue, en una ciudad que ya no reconocemos del todo. No es que todo tiempo pasado fuera mejor, ni mucho menos, pero sí que había algo en aquella forma de vivir que se ha perdido y que, quizá, merecía la pena conservar. No se trata de volver a "los años 60", ni de mandar a las mujeres a la cocina y a todos los inmigrantes "a su puto país". Pero hay que reconocer que hemos perdido algo valioso en el camino y que quizá deberíamos preguntarnos si hay forma de recuperarlo. ¿La solución? La desconozco, aunque solo escucho recetas fallidas: -Comunistas y "degrowthers" abogan por decrecer y redistribuir, ignorando que en un mercado global eso solo conduce a la extinción. Es selección natural, quien no crece es absorbido por el que sí. El tecnocapital es un tren en el que te subes o te arrolla. -Feministas insisten en que todo es una construcción social moldeable a voluntad. Pero antes que personas somos humanos, y la evolución no se borra a golpe de ley orgánica. Hay que ser honestos, también con la realidad. -Fascistas y nostálgicos ignoran que el totalitarismo es un callejón que no tiene salida en el mundo al que nos dirigimos. La dirección no debe imponerse: las preferencias deben nacer de la gente. Hay que contar con todos, también con las mujeres. -Los libertarios exigen libertad, acelerando el mismo mecanismo que nos ha llevado hasta aquí. Confiar en la evolución descontrolada del tecnocapitalismo es una apuesta muy arriesgada que puede llevarnos a lugares muy oscuros. Mi opinión es que la automatización y la inteligencia artificial están cambiando el tablero y ahora sería el momento de sentarnos todos a discutir cuales son las nuevas reglas del juego. Pero mientras discutimos, los barrios siguen transformándose, los pueblos muriendo y las ciudades creciendo sin rumbo. Y la vida sigue haciéndose cada vez más difícil para la gente normal. No es culpa de nadie en particular y es culpa de todos a la vez. Es el resultado de una visión del mundo que ha olvidado que el progreso solo tiene significado si mejora la vida de las personas.
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Todo lo bueno se acaba... El viernes pasado el banco Sabadell anunció que bajará la remuneración de su cuenta online del 2% al 1% TAE. Me jode bastante porque es la cuenta donde tengo depositados mis ahorros, así que pronto tocará valorar otras alternativas. ¿Opciones?
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Adam Grant
Adam Grant@AdamMGrant·
Bingeing TikTok reels may be hazardous to your well-being. 71 studies, >98k people: The more short-form videos teens and adults watched, the more they struggled with attention, self-control, and stress and anxiety. Read a book. Watch a movie. Long live longform.
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Loretta 🍺🎾🎸
Loretta 🍺🎾🎸@FPJ_Loretta·
Sabiduría oriental.
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Natalia Sampériz retweetledi
Sahil Bloom
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I can’t stop thinking about this quote… “To be interested in the changing seasons is a happier state of mind than to be hopelessly in love with spring.” - George Santayana Your life is not a singular, static experience. Your life has seasons. I believe that the worst mistakes in life are made when we try to cling to a prior season that has already passed. They’re made when we are hopelessly in love with spring. And those mistakes are deceptively easy to make… When we close our eyes and think about that spring, all we see is sunshine. When you think about the past, you forget (or at least glaze over) the struggle. This is mostly because it all worked out. You’re here today. You made it. You’re alive. You’re doing fine. Author Morgan Housel once wrote, “It’s hard to remember how you felt when you know how the story ends.” Spring feels certain. The new season feels like a leap of faith. An embrace of the unknown. A step into a future devoid of much of what brought you joy in the past. So, we cling to the old and blind ourselves to the new. But the river never stops flowing. As you fight with everything to swim against the current, you miss the beauty all around you. You may long for the season of your youth. Of young love. The freedom of going wherever and doing whatever you want. But in trying to cling to this season, what beauty might you miss? To grow old with the love of your life. To grow together and experience attraction in all its forms. To dance with your love at your children’s weddings. To experience the immense joy of being grandparents. To know your children as adults. To learn from your children as much as they have learned from you. To struggle and grow in new ways that you never anticipated. To feel the pain of loss, but through it be reminded of just how much you loved. You see, the truth is that each season is beautiful in its own right. But not just because of its sunshine. My grandmother once said, “Never fear sadness, as it tends to sit right next to love.” The real beauty of life is found in the contrasts. It dances on a razor’s edge. Joys and sorrows. Pleasure and pain. Success and struggle. That is life. The friction. The realness. A perpetual spring offers none of that. It wasn’t as perfect as you remember it, and even if it were, you wouldn’t want perfection, because everything would fade to a dull, soulless shade of grey. Let us all choose to be interested in the changing seasons. To give in to the river. To smile as we float along, embracing its current, with all the good and bad that it brings. Spring is wonderful, yes, but have you ever smelled the air after a summer rain? Or felt that rush of an autumn breeze? Or sat by the fire on a cold winter day? Let us choose to fall in love with the seasons.
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Natalia Sampériz
Natalia Sampériz@nsamperiz·
@diegomarino Mal asunto si no queda claro para el usuario. El bueno de Elon lanzando probatinas escatimando recursos 🤭
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Diego Mariño
Diego Mariño@diegomarino·
@nsamperiz Pocos… pero parece la misma UI que un DM… y no sé en qué se diferencian…
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Javier G. Recuenco
Javier G. Recuenco@Recuenco·
@SingularSolving @JoshCableFuture Lo que antes parecía extravagante, hoy se reconoce como inevitable: el futuro pertenece a quienes sepan enfrentarse a lo incierto, a lo no previsto, a lo complejo.
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Natalia Sampériz
Natalia Sampériz@nsamperiz·
@elfarmaceuticoa @quantforall Todo eso lo tienes con el plan premium, las suscripciones y los seguros están. Yo tengo ese. Lo que no está es el 0,5% de la cuenta remunerada
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Elfarmacéuticoactivo
Elfarmacéuticoactivo@elfarmaceuticoa·
@quantforall Yo viajo siempre una vez al año fuera de España con la familia. También me interesa la suscripción a Perplexity Pro de forma indefinida y la de Uber One un año también me parece atractiva. Los seguros sobre el papel me interesan mucho.
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Elfarmacéuticoactivo
Elfarmacéuticoactivo@elfarmaceuticoa·
¿Alguno tiene Revolut Metal? Estoy pensando en subir de estándar a metal. Me interesan: suscripciones gratis que te dan, subir un 0,5% la cuenta remunerada, los revepoints (pago todo con tarjeta) y las condiciones mejoradas cuando viejas. El “peaje”: 150€/año. ¿Opiniones
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DespertarFeroz
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EL MUNDO
EL MUNDO@elmundoes·
El español Juvencio Maeztu será el primer CEO y presidente mundial de IKEA no sueco #Echobox=1755095713" target="_blank" rel="nofollow noopener">elmundo.es/economia/empre…
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