
Como profesional de las ciencias del ejercicio, abordo con rigor científico el caso de la niña de nueve años que corrió 5K, 10K y medio maratón (13.1 millas/21K) en tres días consecutivos.
La evidencia científica es inequívoca: A los nueve años, las placas de crecimiento están abiertas, los sistemas termorregulador y cardiovascular aún maduran, y la capacidad de recuperación difiere sustancialmente de la de adultos. Acumular 36 kilómetros en tres días bajo fatiga progresiva viola los principios fundamentales de la periodización pediátrica y aumenta exponencialmente el riesgo de lesiones por sobreuso, fatiga crónica y compromiso del desarrollo óptimo.
Por otro lado, el contexto puertorriqueño es crítico e imperativo de atender. La obesidad infantil en Puerto Rico alcanzó 46% en niños de cinco a once años tras la pandemia. Siete de cada diez puertorriqueños tienen sobrepeso u obesidad. El 30% de los estudiantes no realiza 60 minutos de actividad física semanal.
La solución no es la sobrecarga, es la ciencia aplicada. Nuestros niños necesitan desarrollo motor fundamental, variedad de estímulos, juego estructurado y competencias apropiadas para su edad. Es es lo necesario para combatir efectivamente la obesidad infantil y desarrolla atletas saludables a largo plazo.
Mi postura es profesional, y no punitiva. Aprovecho este momento para educar, no para atacar familias. La comunidad deportiva que respeto, y que me respeta entiende que el deporte infantil debe priorizar el desarrollo integral sobre los resultados inmediatos.
El ejercicio es medicina poderosa contra nuestra epidemia de obesidad infantil, pero requiere dosificación basada en evidencia, no en expectativas adultas proyectadas sobre cuerpos en formación.
Ese es nuestro compromiso profesional con la próxima generación de Puerto Rico.
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